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Obras de una colección

Equipo Crónica


Los artistas | Los autores de los textos

La salita

Fernando Huici

Crítico de arte y director de la revista Arte y Parte

El lienzo Las meninas, conocido asimismo como La salita, este lienzo pertenece a la serie "Autopsia de un oficio" que integra los trabajos realizados por el Equipo Crónica entre 1970 y 1971. Ciclo que, junto a los inmediatamente anteriores de "Guernica" (1969) y "La recuperación" (1967-1969), suponen la consolidación de la sintaxis ya plenamente distintiva del colectivo valenciano. En ellas ha quedado articulada esa síntesis iconográfica tan característica que entreteje referencias que apelan por igual a estereotipos asociados a la cultura popular de masas como a los de la alta cultura, centrados, estos últimos, en la memoria de la pintura, ya sean los grandes modelos de la tradición española o los hitos estelares de las vanguardias contemporáneas. Con "Autopsia de un oficio", en todo caso, irrumpe además en el hacer del Equipo Crónica un elemento nuevo, y esencial por añadidura, aquel que sitúa al proceso de creación pictórica como tema central de la obra, motivo éste, el del análisis en torno a la propia práctica, que, de forma más o menos explícita, seguirá siendo desde ese punto una constante básica de todo su trabajo posterior.

Aunque no es el único referente emblemático de la gran tradición pictórica española presente en "Autopsia de un oficio"  -hay, dentro de la serie, obras que remiten a su vez a Goya o a Ribera – Velázquez es, fuera de toda duda, el espectro dominante del ciclo y, muy en particular, el Velázquez de Las meninas, al que aluden de forma inequívoca más de un tercio de las telas realizadas a lo largo de este periodo. No era, de hecho, la primera vez que el Equipo incluía una mención al celebérrimo lienzo velazqueño en su trabajo, pues en una fecha tan temprana como 1965, recién arrancada la andadura del colectivo, éste aparecerá ya citado en un tríptico titulado Invención del petróleo en Castilla. Como volverá a aparecer en etapas posteriores de su trayectoria. Pero sólo en ese arranque de los setenta alcanzará un protagonismo tan enfático y, además, con una estrategia simbólica tan precisa y elocuente. La estancia del Alcázar madrileño, en la que Velázquez se pinta a sí mismo, en compañía de la infanta y sus meninas, mientras pinta a los monarcas, se troca así en irónico escenario simbólico por excelencia donde tiene lugar el ritual del acto creativo.

En ese sentido, el cuadro de La salita tiene algo de atípica excepción dentro del ciclo. El conjunto de personajes ideado por Velázquez, que en otras obras de la serie aparecen ocasionalmente aislados, vistos a partir de la lectura que hizo de ellos Picasso o filtrados a través de la dicción característica de Lichtenstein, se respeta aquí en su disposición original, apenas "solarizados" en una reducción de corte pop. Incluso la incorporación de las efigies de los propios Solbes y Valdés – que, al igual que en otras telas de la serie,  se incluyen también aquí ellos mismos en la escena – les asimila dócilmente, con indumentaria de época, a la ubicación  de Doña Marcela Ulloa y el guardadamas. Lo que desaparece, en cambio, es el aposento del Alcázar, sustituido en este caso por un interior contemporáneo, una coqueta salita de estar de medio pelo, muy sixties toda ella, inequívocamente kitsch. Un recurso que el Equipo Crónica volvería a emplear aquel mismo año en otra composición de menor formato, pero esta vez con la goyesca familia de Carlos IV, posando en la intimidad doméstica de El living room.

Y, de hecho, La salita aparece de nuevo, bajo la fórmula del "cuadro dentro del cuadro", en otra de las composiciones clave de "Autopsia de un oficio". Me refiero, por supuesto, a aquella tela en la que vemos el interior del propio estudio del Equipo Crónica, agobiado por las telas en curso de dicha serie, y a Rafael Solbes y Manolo Valdés en plena faena, el primero de pie mezclando los colores y el segundo, sentado en el suelo, dando precisamente con el pincel los últimos toques al cuadro que hoy alberga el Museu Fundación Juan March, de Palma. En rigor, este segundo lienzo reproduce fielmente una imagen tomada por el fotógrafo valenciano Paco Alberola, amigo y colaborador de los Crónica en ese tiempo. Lo que vemos por tanto, en esa habitación con su ornamentado pavimento de baldosa hidráulica tan propio de tierras levantinas es, al igual que en el espacio de Las meninas, en efecto el enclave donde se oficia, como pregona pomposa y mordazmente el título de la obra, El sublime acto de la creación.

Por el contrario, pese a conservar una estructura análoga a la de la estancia pintada por Velázquez, el escenario planteado por el Equipo Crónica en La salita no es, ni remotamente, de la misma naturaleza. De hecho, se diría que Solbes y Valdés hacen en este caso un guiño que remite, en mención ya algo más oblicua, a otra obra de referencia de la que toma finalmente su origen el término pop al que se asimilan en lo esencial los códigos sintácticos manejados por el tandem valenciano. Se trata, claro está, del tan célebre collage de Richard Hamilton, en el que el artista británico se pregunta explícitamente en el título:¿Qué es lo que hace a los hogares de hoy tan diferentes, tan atractivos? Cierto es que la acerada ironía de Hamilton se hace en La salita, con sus paredes decoradas con efigies de payasos y esa modernidad de pacotilla, algo más agria y esperpéntica. Pero, sobre todo, lo que parece hacer el Equipo Crónica en esa obra es abandonar por un instante la intimidad del estudio y asomarse al exterior o, mejor si se quiere, a otro interior que es externo ya por entero a la especificidad del proceso creativo.

Y, en ese sentido, con relación al contexto general de "Autopsia de un oficio", La salita vuelve a resultar excéntrica y parece enlazar de nuevo, en cuanto al uso estratégico de los referentes de la alta cultura, con las pautas empleadas por el propio Equipo Crónica en una etapa inmediatamente anterior, la del ciclo de "La recuperación", donde la paradoja de toparse con el caballero de la mano en el pecho sentado tras la mesa del conserje o al conde duque de Olivares al mando de una sala de ordenadores remitía, a decir de Valeriano Bozal, al proceso de recontextualización que erosiona el aura de las imágenes de alcurnia y revela su condición de clichés en el seno de la cultura mediática.

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