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La colección

Francisco Farreras

Barcelona, 1927
Número 183, 1962Número 183, 1962

Incorporado más tarde que otros a la nómina de nuestros artistas abstractos, el barcelonés Francisco Farreras, uno de los pintores seleccionados por el MoMA para la colectiva de 1960 New Spanish Painting and Sculpture, se formó en Murcia (con Antonio Gómez Cano), Santa Cruz de Tenerife (con Mariano de Cossío) y Madrid (con Daniel Vázquez Díaz en la Escuela de Bellas Artes). Realizó durante los años cincuenta numerosos encargos públicos como frescos, vidrieras y mosaicos, dentro de una figuración a lo Carlos Pascual de Lara. En las notas biográficas de uno de sus catálogos subraya con honradez la dificultad que entrañó para él, formado junto a pintores tan moderadamente modernos, el salto a la abstracción.

En su producción nunca encontraremos el automatismo que subyace en la obra abstracta de los exsurrealistas, ni tampoco la violencia o la pasión noventayochista por la historia. El suyo es un mundo sutil, construido, en el que apenas sucede nada y en el que esa casi-nada es organizada plásticamente. Los "nuevos materiales" no fueron para él sino el trampolín hacia el más equilibrado arte del collage. En 1959 descubrió las posibilidades plásticas del papel de seda, que a partir de ese momento se convirtió en el elemento principal de su obra.

En la propia generación abstracta española, además del de Farreras hay varios casos de artistas que junto a su obra pictórica han realizado collages de un modo habitual: Antoni Tàpies, Gustavo Torner, Albert Ràfols-Casamada y Gerardo Rueda, entre otros.

José María Moreno Galván habla de "mediodía" a propósito del arte del Farreras maduro. La metáfora, como tantas otras a las que recurría el crítico sevillano, es pertinente y explica muy bien las virtudes de este pintor de cámara que arruga papeles de seda y los dispone encolados sobre el lienzo, jugando, por ejemplo en este Número 183, con los pliegues y las transparencias.

Collage rojo, 1966Collage rojo, 1966

De todos los artistas representados en este museo, Francisco Farreras tal vez sea aquel en cuya obra resulta más difícil distinguir "etapas" o "fases". Parece como si este pintor secreto y discreto, poco amigo de lo colectivo y que no prodiga sus exposiciones individuales, se moviera en otro plano más intemporal; como si este tipo de cuestiones históricas, evolutivas, cronológicas, no le preocuparan, como si no fueran con él ni con su silenciosa pintura.

Por ejemplo este Collage rojo no presenta ninguna diferencia sustancial de concepto ni tampoco de realización con respecto a Número 183, realizado cuatro años antes. Todo nos resulta ya familiar. Nos acogen la misma melodía, la misma pequeña música, la misma sutileza, el mismo rigor, el mismo refinamiento en el plegado de los papeles de seda y en la definición, por medio de ese procedimiento, de un espacio plástico.

Si acaso, y puestos a matizar, cierta sorpresa por el lado del color, un color más solemne –la púrpura siempre lo es– y más hondo. Nuevo también en su obra es el uso poético de las posibilidades del papel encontrado: uno de los aquí utilizados lleva impresos unos motivos ornamentales, pálido reflejo de aquellos, francamente pintorescos e incluso kitsch a veces, que pegaban en sus cuadros los primeros cubistas.

Juan Manuel Bonet, en Catálogo Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca, Fundación Juan March, Madrid, 2016



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