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Josef Albers: medios mínimos, efecto máximo es la primera retrospectiva dedicada a Josef Albers (1888-1976) en España. Compuesta por más de un centenar de obras y otras piezas ‒ mobiliario, objetos, fotografías y diverso material documental‒ la muestra ha sido concebida y desarrollada durante los últimos años en colaboración con The Josef and Anni Albers Foundation (Bethany, Connecticut).


Homenaje al cuadrado: Protegido, 1952
Josef Albers
Homenaje al cuadrado: Protegido, 1952
© The Josef and Anni Albers Foundation/VEGAP, Madrid, 2014

El hilo conductor de esta exposición no es, a pesar de su carácter de retrospectiva, el simple recorrido cronológico por la obra del artista –un recorrido que ya de por sí sería enormemente enriquecedor e instructivo–, sino la consideración de la obra de Josef Albers como un proyecto tan coherente como peculiarmente dirigido por una decidida voluntad de simplicidad, por el uso productivo de medios y recursos intencionadamente limitados, por el respeto al trabajo manual y por el énfasis en la experimentación con el color, que desemboca en la materialidad de una obra de alto contenido poético y espiritual. La obra de Josef Albers es, decididamente, el resultado de una experimentada administración de recursos artísticos. Su arte es, en su totalidad, el resultado de una verdadera "economía de la forma".


Salvo sus primeros pasos en el lenguaje expresionista típico de la Alemania de principios del siglo XX, la obra de Josef Albers está absolutamente regida por una economía de medios que constituye el auténtico principio rector de su práctica artística. Uno de sus primeros textos, publicado en 1928 bajo el título de "Werklicher Formunterricht", empieza así: "vivimos en una época orientada por la economía"; y añade: "en épocas anteriores era más importante la visión del mundo". Sin embargo, la noción de economía manejada por Josef Albers no es la del intercambio de bienes, no es la limitada economía del mercado. Es economía en un sentido más profundo, más universal, es la economía de las relaciones de los seres humanos entre sí y con los objetos del mundo.


Desde esa perspectiva más amplia, esta exposición explora también el proceso del trabajo artístico y la labor pedagógica, teórica y práctica, de Josef Albers. Pues Albers es, también en este campo, una figura muy especial: alumno y después maestro en la Bauhaus de Weimar y Dessau, docente en Black Mountain College y, por último, en la Universidad de Yale, su vida estuvo unida como la de apenas otro artista del siglo XX a los dos experimentos de enseñanza del arte más atrevidos del último siglo. La exposición intenta hacerse cargo de la fuerte vocación pedagógica de Josef Albers, incluyendo materiales y ejercicios de sus alumnos en la Bauhaus y en Yale (singularmente los de su última etapa universitaria, los trabajos de alumnos de Yale con los que Albers estructuraría su célebre Interaction of Color).


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Con respecto a su labor como escritor (teórico del arte y de la educación, pedagogo, poeta), el catálogo que acompaña a la exposición aporta una amplia sección documental con 57 textos de Josef Albers –26 de ellos absolutamente inéditos– de los que 53 han sido traducidos al castellano por primera vez desde sus originales inéditos o publicados en alemán o en inglés, además de 14 testimonios de colegas, estudiosos, historiadores, ensayistas y escritores, todos ellos salvo uno inéditos hasta ahora en castellano. Y los de su autoría testimonian que la peculiar economía que regula la creación artística de Albers domina también su reflexión teórica y sus ideas en torno a la docencia y la práctica del arte y del diseño: el lector observará cómo en los textos preparados y escritos por Josef Albers entre 1924 y 1966 aparecen por doquier las mismas ideas (o muy parecidas), las mismas convicciones, arraigadas y contrastadas en su visión del mundo y su experiencia de la vida. Pero no hay aquí repetición ni mero aprovechamiento, sino más bien una auténtica "economía de la distribución": en sus textos Albers rentabiliza inteligentemente sus ideas, haciendo con ellas inversiones en campos tan diversos entre sí como la creación artística, la conciencia histórica o de lo contemporáneo, la tipografía, la enseñanza del arte, el arte abstracto, el color, el diseño, la arquitectura o el sentido de la existencia. La lectura más desapasionada de esos textos mostrará a cualquiera que la inversión de Josef Albers al reflexionar sobre lo más teórico y sobre lo más práctico a lo largo de su vida no sólo no está amortizada, sino que sigue rindiendo hoy verdaderos dividendos espirituales.


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Esta ganancia, con todo, no es más que un reflejo de la que significan las obras de Albers. En ellas, la economía "distributiva" que se advierte en sus textos deviene, más bien, una economía de la multiplicación exponencial del valor estético. Y quizá en este punto pueda considerarse a Josef Albers un artista paradigmático en el conjunto del arte moderno y contemporáneo. Pues, en cierto sentido, todo el arte moderno, desde las primeras décadas del siglo XX (e incluso desde el impresionismo), puede explicarse como un proceso de economía de la forma o, mejor, de "economización" de las formas.


Si la corriente central del arte moderno ha sido la abstracción, entonces su recurso maestro ha sido la sustracción, la destrucción, la limitación. La abstracción, el principal recurso del arte del siglo XX –mucho más poderosa y presente que la intermitencia de los realismos– no es otra cosa que un recurso económico de contención y reducción de las partidas de "gasto" heredadas por el arte de su larga tradición: las de lo escolar, lo imitativo, lo manual, lo pictórico, lo figurativo, lo expresivo, lo histórico, lo narrativo, lo literario, lo significativo, lo mimético, lo autoral, lo representacional, lo material, lo retiniano y –desde Duchamp– incluso "lo artístico". La economía que hace explícita Josef Albers es sintomática de un estado que afecta por igual a todos los artistas modernos, sólo que en él es la consciente fuerza motora de su obra. Es la que se podría caracterizar como la ley económica oculta del arte contemporáneo, una ley con orígenes en la conciencia estética moderna, posteriormente refinada por el correctivo que impusieron a la modernidad determinadas estéticas y poéticas del siglo XX, como, entre otras, las de la Bauhaus.


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La vieja definición de la economía como aquella actividad consistente en "la administración de recursos escasos susceptibles de usos alternativos" podría aplicarse sin residuos al hacer artístico de Josef Albers, si no fuera porque los recursos que él y todos los artistas administran no son en absoluto escasos. Precisamente porque los medios del arte son potencialmente interminables, la posibilidad de usos alternativos también lo es, de modo que todo artista se ve abocado a poner en práctica continuamente el acto fundacional de cualquier economía: el de elegir entre lo valioso y lo que no lo es. En las elecciones y decisiones de esa economía productiva que se mueve entre la potencial abundancia de posibilidades y la ineludible limitación real que la propia materialidad (y la "originalidad") de las obras de arte imponen a su realización se configura la economía de la oferta artística, en la que cada artista se juega la significación y la visibilidad de su obra en una segunda economía complementaria a la de la producción del arte: la economía de la demanda, la que ejerce el deseo de consumo estético de las obras de arte y también esta última tiene reglas distintas a la de la economía de mercado, porque consiste en que determinados bienes muy materiales –las obras de arte– no se destruyen ni se agotan (a diferencia de los meros bienes de consumo) al ser consumidos a través de la forma más elevada de consumo: la contemplación.


El arte consigue así, según Albers, el milagro de distribuir posesiones materiales, pero no reduciéndolas, sino multiplicándolas. El arte vendría a producir, como el suceso evangélico, la multiplicación de los panes y de los peces (que están aquí por las posesiones materiales), sólo que su punto de partida no son unos pocos panes y algunos peces que se multiplican para dar de comer a una muchedumbre, sino más bien al revés: miles de posibilidades de formas de panes y peces que, disciplinadamente, son reducidas por cada artista a unas pocas –pero que, casi milagrosamente, acaban alimentando a muchos–. Gran creador de logrados aforismos y agudas sentencias, Josef Albers solía repetir que uno de sus objetivos en el arte y en la vida era conseguir el "máximo efecto" a través del "mínimo de medios". Amante desde su infancia del dominio de los oficios y del trabajo manual, el arte fue para él una ecuación proporcionadamente optimizada entre esfuerzo y efecto. Y aplicó reflexivamente esa especie de austero sentido de la práctica artística a sus ensayos teóricos y escritos pedagógicos, a su enseñanza, al diseño de mobiliario y objetos, a la tipografía, a la fotografía y, por supuesto, a la pintura.


Ese sentido también ha guiado desde el principio esta exposición. Su exigente y contenida selección de obras refleja tanto la evolución homogénea como la continuidad de las convicciones, la visión y el arte de Josef Albers, desde sus primeros años como maestro de escuela en su Westfalia natal hasta su última etapa en Yale. Aparte de sus primeros dibujos figurativos –donde ya es llamativa la eficacia de las líneas "ahorradas"–, la exposición incluye vidrieras ("Glasmalerei", en expresión suya: pintura en cristal), muebles y objetos de diseño de la época de la Bauhaus y tanto la obra gráfica como la pintura de sus años en Norteamérica, en Black Mountain College primero y en Yale después. La selección de pinturas es especialmente relevante y cubre las principales series en las que Albers trabajó: Variant/Adobe [Variante/Adobe], Structural Constellations [Constelaciones estructurales] y la célebre Homage to the Square [Homenaje al cuadrado], realizada en Estados Unidos durante las últimas décadas de su vida y que muestra la refinada gramática de un artista dedicado a experimentar la interacción de los innumerables matices del espectro del color.


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