Autor: Fernández Armesto, Felipe (AUGUSTO ASSÍA). 
 Escribe Augusto Assía. 
 Hay que distinguir entre interlocutor y reconocimiento legal del Partido Comunista     
 
 Ya.    19/02/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

19-II-77

ESCRIBE AUGUSTO ASSIA

Hay que distinguir entre interlocutor y reconocimiento legal del Partido Comunista

La existencia legal del Partido Comunista está reconocida en todos los países democráticos, pero en casi

ninguno se le tiene en cuenta como interlocutor * Es lógica la postura del presidente del Gobierno al

negarse a compartir con Carrillo los consejos, las deliberaciones y los acuerdos sobre el funcionamiento y

las leyes de la Monarquía

"Una cosa es ser partidario de la ley regulando la prostitución y otra cosa acostarse con una prostituta",

aleccionó Churchill a Maxton en la Cámara de los Comunes durante una polémica hace ya no poco

tiempo. Al parecer, aquí aún quedan muchos políticos que aún no comprenden hoy la diferencia

establecida con humor, pero no sin pugnacidad, por el más grande parlamentario de nuestro siglo. Si la

comprendieran no se explicaría el galimatías que han armado entre dos cosas tan distintas como que el

Partido Comunista sea reconocido por la ley y que el presidente del Gobierno de Su Majestad lo acepte

como uno de sus interlocutores.

Algunos de los jefes de la oposición, y no los más lerdos entre ellos, a mí me dejan atónito viendo cómo

confunden los dos términos. El término interlocutor y el término reconocimiento legal.

Después de que ha sido legalizado en la República Federal de Alemania, lo que se dice la existencia legal

del Partido Comunista está reconocida, que yo recuerde en este momento, en todos los países

democráticos, incluyendo los Estados Unidos, donde estuvo incluso perseguido durante el período

llamado de la "guerra fría", en los últimos tiempos del stalinismo.

Excepto en Finlandia y en Islandia, yo no sé que el Partido Comunista haya sido llamado nunca (si se

exceptúan las circunstancias anormales que siguieron en Francia e Italia a la liberación), no ya para

formar parte del Gobierno, sino siquiera para aconsejar a la Corona o al Presidente de la República. Ahora

en Inglaterra los comunistas no tienen representación alguna parlamentaria, pero aun cuando tuvieron tres

diputados, la mayor en la historia británica, el solo pensamiento de que la Reina pudiera llamarles, como

a los otros partidos, para aconsejarse con ellos, no se le ha ocurrido jamás a nadie.

Hasta las últimas elecciones de este .verano, el Gobierno socialista dependía, con frecuencia en Suecia, de

los diecinueve diputados comunistas, pero el propio Palme me dijo a mí, cuando era presidente, que

nunca había negociado para nada con los comunistas. "Si quieren darme sus votos me los dan, y si no allá

ellos", agregó explicando que, en cambio, con quienes, negociaba continuamente era con los liberales, los

cuales, con 34 diputados, podían hacer ociosos los 19 comunistas.

Una cosa es, pues, que el Partido Comunista sea reconocido, evitándole que tenga que actuar

clandestinamente a la fuerza, y otra es que sea admitido en negociaciones para formar gobierno o para

establecer loe procedimientos porque ha de regirse el Gobierno como defienden a capa y espada aquí,

intercambiando los términos, algunos políticos.

DEL LOBO, NI UN PELO

Para quien, como yo, ha vivido tantos años en Inglaterra, donde las relaciones personales pertenecen a

una esfera y las políticas a otra, no sería fácil enjuiciar la oferta de la señorita María del Carmen Díez

Rivera a fin de tomarse un chinchón con don Santiago Carrillo. No hay por qué introducir implicaciones

políticas en el chinchón ni el chinchón hay que tomarlo con tenedor para que entre aquí en juego el aviso

inglés de que puede almorzarse con el diablo, "pero hay que usar un tenedor largo". Sin embargo, aunque

no me atrevo a enjuiciar de prudente o audaz la oferta de la ilustre joven, a mí, con más experiencia que la

señorita Rivera, me parece más prudente la de don Adolfo Suárez cuando se niega a compartir con

Carrillo los consejos, las deliberaciones y los acuerdos sobre el funcionamiento y las leyes de la

Monarquía, pues aunque dice el adagio que "del enemigo, el consejo", también dice que "del lobo, ni un

pelo".

Quizá me diga usted que Santiago Carrillo, si todavía es un lobo, a estas alturas, es un lobo demasiado

apacible para que nadie pueda temerle al pinchazo de sus pelos. Yo, quizá esté de acuerdo, y ya he dicho

antes de ahora que prefiero un jefe del Partido Comunista que va a vivir al Ritz, se quiere tomar con la

señorita María del Carmen un chinchón, que ha renunciado a la lucha de clases, que reniega de la

dictadura del proletariado, que quiere que le admitan a los Consejos de la Corona y que califica a Stalin

de "demencial tirano" a un energúmeno con el cuchillo entre los dientes.

Todo eso lo acepto, y no sólo lo acepto, sino que, en mi opinión, le ha ganado al señor Carrillo el derecho

que le ha concedido el Gobierno liberal de que disfrutamos al reconocimiento legal de sus partidos si los

jueces lo consideran así.

Ahora bien, y, para parodiar a Winston Churchill, una cosa es reconocer la legalidad del Partido

Comunista y otra acostarse con él, pues en lo de que la política hace extraños compañeros de cama

("strange bed fellows"), yo no estoy de total acuerdo con don Manuel Fraga, a pesar de que no sea a los

comunistas a quien don Manuel aplicó el dicho inglés. Una de las cosas que aquí me singularizan, desde

hace mucho tiempo, es que para mi los comunistas no son distintos de los fascistas, y en esto también me

pasa que asi como no me gustaría que, habiendo salido de sus tumbas, vinieran aquí ahora a reunirse en

Madrid los fantasmas de Hitler, Mussolini y Leon Degrelle, por citar sólo tres, tampoco me entusiasma

que Carrillo quiera reunirse en Madrid, antes de que hayamos constituido firmemente nuestra Monarquía

y hayamos consolidado nuestra democracia, con Marcháis y Berlinguer, aunque la reunión tenga lugar,

como es de suponer que tenga, en el Ritz.

Si no fuera porque los franquistas la depravaron tanto, yo, para estas cosas que se refieren al comunismo,

sobre las que aquí hay tanta oscuridad y se sabe tan poco de lo que se hace en Europa, aunque se invoca

mucho, repetiría la distinción de que una cosa es la libertad y otra el libertinaje.

Una cosa, querido lector, es la política y otra es la inocencia, y a mí algunos de estos ilustres bien

intencionados, nobles jefes de la llamada oposición, antes me parecen, en la frase de Mark Twain,

inocentes que políticos, dicho sea en honor de su carácter, aunque no de su eficacia.

 

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