Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   De los complejos en política     
 
 ABC.    16/03/1978.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

DE LOS COMPLEJOS EN POLÍTICA

LA política es una realidad muy compleja, y quien lo probó lo sabe. Pero ahora no vamos a

tratar de eso. Vamos a hacer una excursión por el difícil terreno del psicoanálisis aplicado

a la política, tema que por lo demás está muy de moda, desde las aportaciones de la Escuela

de Francfort y los trabajos del profesor norteamericano Lasswell.

Por supuesto, no es posible abarcar en un artículo todos los delicados problemas de lo que

se ha convertido ya en una de las ramas más florecientes del árbol de la ciencia política

actual, y que, además, ha entrado en el campo de la cultura general, a través de los resonantes

libros de Reich y de Marcuse. Vamos a tratar simplemente, desde un ángulo sumamente práctico

de nuestra vida política, de algunos de los complejos más importantes que gravitan sobre ella.

Uso, naturalmente, la palabra «complejo» en su sentido aceptado, de un conjunto de actitudes

y reflejos, que condicionan de modo profundo nuestra conducta. En la política de hoy hay unos

cuantos complejos que están actuando de modo muy intenso sobre los españoles.

Uno de estos complejos es el de cambio, o, si se quiere, el complejo progresista. Se da por

supuesto (y es verdad) que nuestra sociedad está en un proceso de cambio muy dinámico; se acepta

(y no es cierto) que el cambio es inevitable, y que va en una dirección determinada e

irreversible; se considera (y es peligroso) incluso que vamos con retraso y que hay que

recuperar el tiempo perdido, para ponernos a lo que vagamente se describe como «nivel europeo»;

se concluye que hay que estar «in», que hay que ponerse a la moda, y que da mala imagen y escasas

posibilidades cualquier cosa que se parezca al respeto de la tradición, a la defensa de posiciones

conservadoras y al mantenimiento del principio básico de continuidad. Progresismo se hace así

sinónimo de ruptura, y no de reforma.

El segundo complejo que debemos examinar es el de desplazamiento a la izquierda. Está conectado

con el anterior, y también con la idea de que la ley de las mayorías conduce inexorablemente a la

izquierda, de donde deducen algunos que hay que ponerse al frente de la manifestación. Lo mismo

pensaron algunos aristócratas ante la Revolución francesa y ante la Revolución rusa, con el

resultado que se conoce. Las raíces últimas de este complejo incluyen, a veces, un reconocimiento

de culpabilidad egoísta; otras, la sospecha de que la intelectualidad no puede ser de derechas;

no pocas, una valoración superficial de las razones que explican, en muchas partes del mundo, los

avances revolucionarios. Así, por ejemplo, se olvida que en la mayor parte de los países en que

se ha establecido el comunismo ha sido por la fuerza militar y por el terror.

Complejo no menos importante es el de la superioridad de lo foráneo. Los españoles pasamos sin

transición de fuertes ataques de casticismo (lo nuestro es lo mejor) a epidemias de inferioridad

(lo nuestro es lo peor). España deberá superar este complejo si quiere encontrar un equilibrio

ante la defensa de su ser nacional, y la necesidad de convivir con los demás países europeos, y

con el mundo en general. Ni los Pirineos pueden ser una barrera total, ni podemos olvidar que

nosotros somos una comunidad humana con problemas, intereses y realidades específicas. Esta

cuestión la han resuelto los franceses, los alemanes y hasta los ingleses; no hay razón alguna

para que nosotros no lo hagamos también.

Otro complejo importante (del otro lado) es el de creer que los españoles somos incapaces de

lograr una vida constitucional normal, y que, por lo mismo, estamos condenados a una alternancia

fatal entre períodos de anarquía y de autoritarismo. Detrás de este complejo está la profunda

pereza de enfrentarse con el mayor esfuerzo ciudadano que exige la vida democrática. Es cierto

que nuestro siglo XIX fue un desastre, de alternancia trágica entre lo que Donoso Cortés llamó

la dictadura del sable y la dictadura del puñal. Pero aquella España, de aldeas incomunicadas,

de masas hambrientas y analfabetas, de pasiones volcánicas, no es la de ahora. Se puede y se debe

hacer el esfuerzo del posibilismo. Repito la palabra esfuerzo porque las cosas no andan solas.

Esta es la cuestión definitiva. Hay que ponerse a trabajar. La izquierda ya lo ha hecho, con

importantes ayudas exteriores, con una ideología cerrada (el marxismo), con moral de desquite.

Pero, desde el otro lado, las cosas son diferentes. Si al llamado centro se le quitan los resortes

del Poder, queda poco o nada. Sólo si se organiza una fuerza política de amplio espectro, con

ideas claras y con un montaje propio que pueda funcionar lo mismo en el Gobierno que en la

oposición, se podrá restablecer un equilibrio político, hoy muy precario.

No se puede afirmar, como hacen algunos, que la izquierda ha ganado ya. Pero lo cierto es que sus

organizaciones se tienen solas, y se reforzarían mucho con su paso por el Gobierno, que por eso

buscan ansiosamente. Al otro lado, salvo el hecho real de Alianza Popular, nacida de la base y en

ella recientemente renovada, no puede decirse lo mismo.

El gran complejo de la derecha es que entiende que su fuerza es su debilidad. Me explico. El hombre

que, desde un empleo industrial, pasa a ser candidato sindical, municipal o parlamentario, obtiene

una clara promoción social. En cambio, el empresario, el comerciante, el profesional, temen

«significarse»; piensan que pueden dividir a la clientela; vacilan en ofrecer su nombre o su

persona. No ocurre así en otros países donde todo el mundo es consciente de que el «significarse»

no depende de uno; está dado por la naturaleza de la vida social, y que no caben más que dos

actitudes: o uno defiende lo que es, o no abandona; pero los que están del otro lado no cambian

su actitud por eso. Simplemente se alegran de poder combatir con un adversario que no se defiende.

El objetivo manifiesto de los partidos marxistas es una sociedad totalmente distinta de la actual;

véanse sus programas y los libros de actas de sus congresos. La diferencia con los planteamientos

de los años 30 es que ahora se ofrecen a hacer la operación con anestesia, a practicar el parto

sin dolor. Pero el resultado es el mismo.

Frente a esto hay que organizar una gran fuerza, a la vez conservadora y reformista, que, sin

complejos de ninguna clase, defina la España que quiere defender y también las reformas que está

dispuesta a aceptar; pero como tales reformas y no como entregas a cuenta de lo que se sigue

concibiendo como una revolución total. Lo demás es engaño, por una parte y por otra.

La izquierda tiene menos complejos. O, mejor dicho, son diferentes y menos inhibitorios. También

es verdad que es más fácil destruir que construir y predicar que dar trigo. Nótese que no he

hablado para nada de complejos de superioridad o de inferioridad. Rechacemos el uno y el otro.

Pero recordemos que nada puede hacerse sin moral de victoria.

Manuel FRAGA IRIBARNE 

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