Su excelencia el jefe del Estado pronuncio anoche el tradicional mensaje de fin de año por radio y televisión española     
 
 ABC.    31/12/1968.  Página: 23-26. Páginas: 4. Párrafos: 45. 

ABC. MARTES 31 DE DICIEMBRE DE 1968. EDICIÓN DE LA MAÑANA. PAG. 23.

SU EXCELENCIA EL JEFE DEL ESTADO PRONUNCIO ANOCHE EL TRADICIONAL MENSAJE

DE FIN DE AÑO POR RADIO NACIONAL Y TELEVISIÓN ESPAÑOLA

Existe la posibilidad de continuar el progreso sin necesidad de hacer uso de los recursos que las propias

leyes nos ofrecen

EL CARÁCTER DE NUESTRO ESFUERZO DE ELEVACIÓN NACIONAL DEBERÁ SER

CLARAMENTE COMPRENDIDO POR LAS NUEVAS GENERACIONES

Anoche, a las diez, Su Excelencia el Jefe del Estado dirigió a los españoles, ante las cámaras de TV.E. y

los micrófonos de Radio Nacional de España, el siguiente mensaje de fin de año:

Españoles:

En estas horas en que un año termina y otro está a punto de comenzar se produce el fenómeno, casi

instintivo, de lanzar una mirada retrospectiva hacia los meses transcurridos e interrogarse sobre el nuevo

período que se abre ante nosotros.

Todos quisiéramos que esa paz íntima, esa convivencia que se produce en el seno de la mayoría de

nuestras familias, fuese el fiel reflejo de una humanidad fraterna y pacífica en todas las esferas; pero

desgraciadamente esto no es así: come ciudadanos de un Estado común a todos, somos solidarios en

nuestras alegrías y en nuestras desgracias, y a todos alcanza esa tupida red de pequeños triunfos y de

menudas desilusiones cotidianas con que se forma el tejido de nuestra vida, el tapiz de nuestra historia

colectiva y de nuestra biografía individual.

Por ello he querido, una vez más, distraeros de vuestros regocijos familiares para examinar el período

transcurrido y que escudriñemos juntos el futuro. Si esta comunicación directa es siempre conveniente,

resulta en estos momentos verdaderamente necesaria. Las circunstancias por las que el mundo atraviesa

son excepcionales y exigen la más estrecha comunicación entre gobernantes y gobernados.

TENSIONES ENTRE LOS PUEBLOS

Es universalmente reconocido que el mundo pasa por momentos difíciles; que las tensiones entre los

pueblos siguen; que los sistemas económicos en los más importantes países vacilan; que los desórdenes

públicos se suceden, atizados con violencia inusitada en los centros de civilización y de cultura,

fomentados por organizaciones internacionales frente a las cuales la Humanidad entera ha de esforzarse

por mantener la paz, la estabilidad y el orden, con grandes esfuerzos y sacrificios.

El mundo avanza hacia formas nuevas, que ni siquiera los más atrevidos y agudos políticos han podido

predecir con exactitud. Innumerables rivalidades se abren a los hombres actuales. De la prudente elección

que hagan de los caminos a recorrer depende el que se dirijan hacia un mundo mejor, mas justo, más rico

en posibilidades y realizaciones, o que se encierren en un callejón sin salida, prisioneros de los intereses

políticos partidistas, cayendo de nuevo en situaciones ya superadas, cuando creían avanzar hacia otras

más nuevas y mejores.

Cada día que pasa se prueba de manera más clara la interdependencia de los hombres y los grupos dentro

del Estado, así como la de los Estados entre sí. Todos somos solidarios y cada uno de nosotros goza o

padece en mayor o menor escala de los aciertos o errores de los demás; hasta del costo de las guerras, que

unos las provocan y todos las pagan. El año que ahora termina nos ha dado pruebas abundantes en este

sentido, tanto en el orden de los hechos como en el de las ideas.

Los problemas que tiene planteados la Humanidad son grandes, pero también lo son las esperanzas que

nos animan, y son poderosos como nunca los instrumentos que existen en nuestras manos para poder

convertir esas esperanzas en realidades.

Todas las ideas y todos los hechos están sometidos a revisión, análisis crítico y, en su caso, a nuevos

planteamientos. No escapan a este revisionismo universal ni los sistemas educacionales, ni las ideas

sociológicas, ni económicas o políticas, ni la misma aplicación de los principios éticos y religiosos, y no

podemos extrañarnos que ante este horizonte cambiante se produzcan entre los hombres un clima de

miedo y de desesperación.

Una de las constantes de todas las épocas de crisis de la Historia ha sido la aparición de pequeñas

minorías de fanáticos o aprovechados, que pretenden, como única solución de los problemas pendientes,

hacer tabla rasa de todo lo existente. Y aunque no constituyen un verdadero peligro, contribuyen al

desorden general, a la confusión de ideas y a la intranquilidad del ánimo. Son los profesionales del

triunfalismo de la catástrofe, que sistemáticamente airean las insuficiencias, las carencias, los errores,

pero que no subrayan jamás los éxitos, los aciertos o las satisfacciones.

EVOLUCIÓN TECNOLÓGICA DEL MUNDO

Es evidente que la evolución tecnológica del mundo va más de prisa que el progreso moral de los

hombres y que la evolución de las formas políticas llamadas a resolverlos. Las viejas estructuras

tradicionales de los Estados acusan insuficiencia e inoperancia para resolver los conflictos que en su seno

vienen planteándose. El gran tema de la sociedad política actual es encontrar un instrumento de Gobierno

que conjugue armoniosamente autoridad y libertad, desarrollo y estabilidad, sin que ninguno de estos

elementos ahogue y haga imposible la vida del otro, sino que, por el contrario, se nutran y fortalezcan

mutuamente. España ha recorrido un largo camino en esa vía, acusándose la solidez de sus instituciones

sociales; llevando al convencimiento intimo de la inmensa mayoría de nuestros compatriotas que existe la

posibilidad de continuar el progreso sin necesidad de hacer uso de los recursos que las propias leyes nos

ofrecen.

Todos los problemas políticos, económicos, sociales, educacionales, juveniles, morales y locales pueden

resolverse si guardamos la, cabeza serena y sabemos separar lo posible de lo imposible, lo realizable de lo

irrealizable. Mantengamos todos una actitud abierta, comprensiva y generosa y podremos comprobar que

muchos de los titulados problemas no son más que impaciencias innecesarias o inmovilismos

inaceptables, obstinaciones y cegueras de personas o de grupos más que conflictos reales.

Es incalculable la potencialidad de un pueblo cuando está unido, cuando trabaja en paz y cuando persigue

sus objetivos de elevación con tenacidad, avanzando cuando es posible y sabiendo aprovechar las

ocasiones oportunas cuando esto es aconsejable. Ese es nuestro camino, que no ofrece ninguna estrategia

complicada. Se trata sencillamente de saber avanzar y conservar lo conquistado sin comprometernos en

dudosas aventuras. En la vida contemporánea los Estados tienen como primer deber el ofrecer a sus

ciudadanos esta eficacia: paz para el trabajo, paz para el estudio, garantías para conservar lo ganado y

esperanza para mejorar el futuro. La política no es una entelequia de ideología utópica, ni un campo de

trabajo para desahogar las pasiones. La política es una tarea realista y cotidiana de construcción de la

convivencia, el bienestar y el progreso de la mayoría.

Nada de lo que sucede en el mundo nos es ajeno o indiferente. La vida actual hace inevitable las

influencias entre unos y otros países y las dimensiones internacionales de determinados problemas; pero

podéis estar seguros que, desde la experiencia de tantos años juntos, contemplamos todos estos problemas

con conciencia de su existencia, pero con fe en que podremos superarlos, y superarlos ventajosamente

mientras nuestra decisión política como pueblo sea la misma que hasta ahora hemos tenido.

EL INMOVILISMO, CONTRARIO A NUESTRA DOCTRINA

Esta afirmación de fe política y de continuidad no implica que pueda haber en mis palabras ninguna

tentación inmovilista contraría a nuestra doctrina política. El inmovilismo es inviable en nuestra época,

aunque haya ocasiones en que se requiera prudencia, sin que esta prudencia sea contradictoria con las

nuevas aceleraciones.

Con este criterio durante el último año, como en otros muchos anteriores, España ha caminado segura.

Quizá en algunos casos hubo necesidad de prudencia, mientras que en otros pudimos avanzar más

confiados. Una austeridad impuesta por circunstancias económicas internacionales, de todos conocidas,

no ha sido incompatible con el mantenimiento de un estimable ritmo de desarrollo y de progreso. Y en lo

económico, como en otros campos políticos, hemos conseguido que los vaivenes y problemas que han

afectado al mundo hayan tenido entre nosotros la mínima repercusión, y que nunca haya llegado a

alterarse realmente la seguridad económica, paz social y nuestro sentido abierto de la hospitalidad.

En un mareo de seguridad y solvencia que tantos nos envidian, nuestras instituciones legislativas y

Cuerpos asesores han podido continuar serenamente sus tareas de perfeccionamiento legal, de elaboración

doctrinal y de desarrollo de los principios promulgados en nuestra Ley Orgánica del Estado. Las Cortes

Españolas han elaborado un importante número de disposiciones legales, y el Consejo Nacional, con el

texto de un nuevo Estatuto Nacional del Movimiento, ha abierto un camino importante para la

participación política, en el que llama a todos a colaborar utilizando con entusiasmo las oportunidades

que ofrecen los cauces recién abiertos para la manifestación del contraste de pareceres.

Los altos Tribunales y Cuerpos consultivos han tenido ocasión propicia para trabajar con intensidad e

independencia. Nunca son más libres las instituciones que cuando son capaces de mantenerse al margen

de pasiones violentas o disyuntivas disociadoras. Y así, nuestro Tribunal Supremo, nuestro Consejo de

Estado, nuestros Cuerpos profesionales y nuestras Comisiones de estudios y atesoramientos han tenido,

un año más, ocasión de acrecentar su prestigio con manifestaciones notables de su experiencia, solidez y

categoría intelectual.

A través de su conducta, las Instituciones y los hombres que las sirven han de llegar a lo propuesto en

favor de los intereses comunes de la comunidad española, tanto en el presente como en el futuro. Cara a

ese futuro, nuestra preocupación permanente ha sido fortalecer y perfeccionar las instituciones necesarias

para consolidar la convivencia insta y ordenada de todos los españoles.

En este propósito estamos seguros de que los esfuerzos que estamos realizando nunca serán estériles.

Perfeccionaremos cuantas estructuras sean precisas para avanzar en el camino de la integración social,

para que no se pierda la dimensión humana de nuestra economía y para que su desarrollo vaya

acompañado del necesario progreso social, meta y objetivo al que han de subordinarse los planteamientos

económicos de cualquier tipo.

EL II PLAN DE DESARROLLO

Con este convencimiento previo hemos de entrar en los umbrales de nuestro II Plan de Desarrollo

Económico-Social.

El desarrollo no puede ser obra exclusiva de unos gobernantes o de unos técnicos. Es una empresa

nacional en la que todos tenemos nuestro puesto y de forma muy destacada los trabajadores y empresarios

españoles, que deben procurar armonizar sus intereses para, superando los naturales altibajos de un

proceso económico expansivo, alcanzar las metas de mejora por todos deseadas.

Es necesario que el carácter de nuestro esfuerzo de elevación nacional sea claramente comprendido por

las nuevas generaciones, las cuales recogerán los mayores beneficios de los empeños actuales. No

abrigamos ningún recelo ni podemos permanecer indiferentes ante inquietudes muchas veces inspiradas

en el noble afán de conseguir un mundo mejor; pero conocemos muy bien la dureza de la lucha política,

la necesidad de preparación que exige nuestra época, para satisfacer las exigencias de eficacia en la

administración de los asuntos públicos, la inevitable coordinación de los equipos técnicos, la rigurosa

planificación de los proyectos, la utilización estricta de los medios materiales disponibles en los objetivos

más precisos. Todo ello, sin necesidad de proponérnoslo, nos lleva a una exaltación de la disciplina, de la

laboriosidad, del estudio y de la colaboración ordenada, si queremos de verdad llegar a poseer un país

más rico, mas justo, más culto y más poderoso.

ALTERACIONES EN LA UNIVERSIDAD

Por ello, aun a conciencia del carácter minoritario de algún pequeño sector juvenil contagiado de las

ideologías negativas e enrolado en el comercio de la subversión, no queremos dejar de señalar cuánto

lamentamos sus errores, que, aunque afortunadamente no alcancen las dimensiones trágicas que se dan en

otros países, son suficientes para entorpecer el derecho de una gran mayoría de jóvenes y de sus familias a

que la educación y formación profesional pueda desarrollarse con adecuado rendimiento. Sin embargo,

esas alteraciones en la Universidad han servido para despertar la conciencia y responsabilidad en los

medios docentes y la repulsa general de la nación ante el espectáculo que le ofrecen quienes están

llamados en el futuro a continuar el proceso de nuestro desarrollo.

Ello, no obstante, en nada disminuye la ilusión que todos ponemos en mejorar día a día nuestras

instituciones educativas. La elevación del nivel cultural de los españoles ha venido a constituir un clamor

popular, al que prestamos todos nuestros recursos. Desde la, ancha base de la formación primaria al plan

de instalaciones educativas, se lleva a cabo una política de enseñanza sin escatimar medios docentes; en la

universalización de la enseñanza media y su extensión a todos los españoles reside la base para

multiplicar nuestros recursos económicos, científicos y convivenciales. La difusión de la cultura entre los

españoles es la hermosa aventura que llegará insistentemente a todos los rincones de la Patria. El reto de

nuestro tiempo es la formación y la enseñanza, y en ellas estamos emplazados con la esperanza firme de

conseguir los más evidentes resultados.

Nuestro Estado, como siempre, está dispuesto a encauzar la convivencia de los españoles, cualquiera que

sea su edad o profesión, para que los individuos, las familias y las regiones, los sectores económicos y los

sociales más diversos continúen encontrando nuestra tradicional justicia y seguridad. No descansaremos

para crear un espíritu de confianza en nuestras instituciones, que están fundadas y concebidas para la

creación v sostenimiento de un orden justo. Difundiremos estos valores asentándolos sobre al principio de

autoridad, que constituye uno de los niveles más importantes de justificación del poder político en un

Estado, Sin autoridad no es posible la convivencia humana; sin mando y sin Gobierno no se podría dar

una sociedad equilibrada. Principio de autoridad que tiene una profunda base moral, lo que explica el que

también nuestra Iglesia se haya visto en la necesidad de invocarlo en nuestros días.

 

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