Mensaje de fin de año del Jefe del Estado. 
 Hay que llegar a la meta por evolución natural, sin cansancio ni subversión, y sin pasar por la noche trágica del comunismo     
 
 ABC.    09/01/1964.  Página: 15-19. Páginas: 5. Párrafos: 79. 

MENSAJE DE FIN DE AÑO DEL JEFE DEL ESTADO HAY QUE LLEGAR A LA META POR

EVOLUCION NATURAL, SIN CANSANCIO NI SUBVERSION, Y SIN PASAR POR LA NOCHE

TRAGICA DEL COMUNISMO

E L MEJOR FRUTO RECOGIDO EN TODO ESTE TIEMPO DEBE SER LA UNIDAD DE LOS

ESPAÑOLES, QUE NO QUIERE DECIR UNIFORMIDAD

Sólo un esfuerzo de conjunto será capaz de realizar la aspiración de justicia que caracteriza a nuestra

época

Su Excelencia el Jefe del Estado dirigió a los españoles, a través de Televisión Española y de Radio

Nacional de España, su ´tradicional mensaje de fin de año, cuvo texto es el siguiente :

Españoles:

Permitidme que cuando el año termina y hacéis cálculos y esperanzas sobre el que llega penetre en

vuestra intimidad para haceros conocer lo más saliente del diario de a bordo de la gran nave en que los

españoles estamos embarcados y de nuestros pronósticos para las nuevas singladuras. No creáis que

porque el tiempo haya sido de bonanza y la travesía relativamente feliz carece la navegación de peligros y

no interesa a todos la marcha de la nave.

Vuestra vida está íntimamente ligada a la marcha de la política. Su doctrina y la forma de conducirla es

capital para nuestro futuro. No tenéis más que mirar para atrás. Los años que precedieron a nuestra

Cruzada, a los mártires de nuestra causa, a sus persecuciones y sufrimientos en la zona roja, para que

apreciéis su íntima conexión con los desaciertos y errores de toda una política. Volved la vista a las

naciones cautivas del centro de Europa y pensad lo que ha sido de tantos hogares cristianos bajo la

anarquía de los pueblos sin ley. ¿De qué les ha servido la buena fe, el juego limpio, la confianza en su

propia razón? Mirad a Hispanoamérica y veréis igualmente a tantas naciones de nuestra estirpe que se

debaten por el Imperio de la paz y del orden interno, y, sin embargo, como resultado de la política, se ven

hoy amenazadas por la anarquía y el comunismo.

Hoy no se puede ser indiferente en política, porque vivimos una era que la venimos llamando de la guerra

fría, pero que en realidad se trata de una guerra política. El peligro mayor no está en la carrera de los

armamentos nucleares, con sus amenazas apocalípticas. No será nunca la mutua destrucción el medio que

el comunismo elija. Su camino seguro es la guerra política, en la que lleva todas las ventajas y donde el

Occidente se encuentra mas desarmado.

Si reconocemos este hecho de la guerra política en que vivimos, los procedimientos que le opongamos no

pueden ser de paz. Lo que se ventila es más grave que una batalla o que la fase perdida de una guerra.

Significa la pérdida total, con la esclavitud más bárbara como secuela. Los países que sufren hoy tras el

telón de acero no se perdieron por un revés militar, sino por las debilidades de una desacertada política.

¿De qué les sirvieron su buena fe y su amor a la libertad a tantas naciones? El enemigo se aprovechó de la

libertad para destruirla.

Aceptado el principio de la guerra política, hay que reaccionar, cerrarle los caminos. No es el viejo

liberalismo el clima apropiado para la defensa. Nos hallamos frente a un enemigo que emplea todos los

recursos: la captación de voluntades, la compra de conciencias; que lleva cuarenta años en la práctica de

la subversión en la conquista de los puestos clave, en el empleo de la calumnia y de la mentira, en la

explotación de las divisiones internas; que utiliza centenares de millones de dólares para adueñarse de los

resortes propagandísticos, que sabe comprar a tiempo a débiles intelectuales o a directivos sindicales, a

todo cuanto pueda representar un punto decisivo para su guerra de subversión.

¿Qué es lo que opone a todo esto el Occidente? Una unidad amenazada por la supervivencia de viejas

rivalidades, de aspiraciones hegemónicas, y que sufren en su interior el cáncer de los viejos partidos

políticos; sistemas políticos envejecidos que no pueden despertar en las masas entusiasmo ni ilusión.

Si el mundo es tan loco y obcecado que no acierta a defenderse en este campo de la guerra política que

amenaza a tantas naciones de caer en ese abismo trágico que el comunismo les prepara, no seamos

nosotros tan torpes y suicidas que por mimetismo político nos dejemos influenciar por fórmulas

periclitadas.

La vida es una batalla permanente en la que no podemos dormirnos, y la paz, una conquista que es

necesario celar y defender.

Pero no es esto sólo, con ser lo más grave, en lo que la política afecta a nuestro futuro, sino a todas las

manifestaciones de nuestra propia vida. En la descristianización del mundo, en el propio atraso

económico social en que nuestra nación se debatía, influía de una manera decisiva una larga trayectoria

política; la misma que nos ha hecho perder en luchas y discusiones bizantinas los años más decisivos en

la vida económica de Europa. Si así no fuera, no estaría hoy con vosotros dirigiendo los destinos de la

Patria. No nos bastaba el ganar la guerra; había que asegurar para el futuro el no volver a caer en el

mismo abismo. Así lo manifestamos desde el primer momento y así lo hemos venido cumpliendo durante

estos veinticinco años, los más difíciles de la vida de España y en que las amenazas de todo orden

rondaron a nuestra Patria.

Conozco que hay quienes, deslumbrados por el exterior, nos tachan de distanciarnos del pensamiento

político de Occidente, de ese mundo viejo que todavía estira su planeo; y en verdad no ha dejado de

preocuparme el que tantas personas de valía que rigen a los países del Occidente no hayan sabido

enjuiciar el verdadero problema y prevenir el futuro; pero sin duda, las pasiones políticas y los intereses

de partido no les permiten ver el horizonte. Si reconocemos vivir bajo una guerra política, los medios para

luchar han de ser eminentemente políticos. Lo interesante en estos momentos de evolución del mundo en

que vivimos no es estar con el mundo de ayer, sino el acertar con el de mundo de mañana. Si los otros se

empeñan en mantenerse estáticos, nosotros debemos sentirnos fuertemente dinámicos.

LAS FUERZAS EN PRESENCIA

Examinemos cuál es la situación. Está claramente reconocido el que las guerras aceleran la marcha

política de los pueblos y que la evolución del pensamiento político en Europa es ya una realidad aunque

se disfrace todavía con sus viejos rótulos. ¿Qué otra cosa son los planes de desarrollo, la utilización de la

empresa pública, el mercado en común y tantas intervenciones en la dirección económica de las naciones,

ante cuyas realidades aún ayer se rasgaban sus vestiduras los gobernantes? ¿Qué podemos decir del

reconocimiento social de nuestra era y la subordinación progresiva a lo social de todo lo político? Mas

pasemos revista a las fuerzas que en esta guerra política se enfrentan.

El comunismo se ofrece con ímpetu de juventud, con dinamismo, con conocimiento de la situación, y

explota en sus banderas el lema de la justicia social que las masas más numerosas demandan; halaga las

pasiones, a la empresa capitalista oponen la empresa pública y lleva cuarenta años con agentes y dinero

sin límites preparando la subversión.

¿Qué es lo que le ofrece el Occidente? Sistemas políticos envejecidos, injusticias seculares inherentes al

sistema capitalista liberal, una democracia inorgánica que los divide y debilita y una libertad

menoscabada por los estados reales de miseria; la riqueza y la opulencia al lado de la miseria, naciones

ricas y poderosas que viven del coloniaje económico sobre las más atrasadas. Su acción no puede ser

captadora; los pueblos universalmente lo rechazan. Los tantos que se apunta son solamente los negativos

que le dan los fracasos del adversario.

Pero el comunismo en sí tiene dos caras: la que presenta al exterior con la definición del gobierno del

pueblo por el pueblo, la de la justicia social, la de la extensión de la cultura, la de la igualdad de

oportunidades, la de su potencia militar y adelanto científico logrados, la de la empresa pública y la

negación de clases: pero oculta la otra, la real; la del comunismo por dentro, y que explica los muros de la

vergüenza, los telones de acero y el alambre de espino circundando las fronteras; la del imperialismo

insaciable, la del terrorismo policiaco, la de la esclavitud y anulación de toda clase de libertades, la

de las persecuciones religiosas, la negación de la justicia, la omnipotencia del Estado, la negación de

todos los derechos y la des aparición total de la dignidad humana. Enseña la cara que cautiva y

oculta la que repele; pero en esta cara oculta está la debilidad y el fracaso completo del comunismo.

Mas ese impulso que las guerras imprimen al pensamiento político universal empieza a alcanzar al

comunismo soviético, que comienza a reconocer sus crímenes y errores y que parece haber iniciado una

sensible evolución. Y es que al extenderse la cultura se empiezan a formar estados de opinión, y los

gobernantes no pueden hurtarse hacia lo que naturalmente las masas demandan y a éstas les gusta

lo que encuentran de bueno y aceptable en la cara buena y condenan y repelen lo que contra la naturaleza

humana registran en su cara mala.

¿Cuánto ha tardado el comunismo en iniciar esta evolución? ¿Cuántos han sido los millones de seres

muertos en Rusia por el hambre, por los sufrimientos en los campos de concentración y en las cárceles y

checas?

Si pensamos que el hombre es el medio en que la política del mundo se desarrolla y que son semejantes

sus sentimientos en uno y otro lugar hemos de concluir reconociendo que más lentamente o más aprisa

todos caminarán hacia las mismas metas.

El mundo político futuro recogerá de uno y otro sistema lo que tenga de bueno, constructivo y eficaz y

rechazará y dejará en el camino todas las aberraciones y males de sus caras malas.

Lo importante para los pueblos en esta hora es el poder llegar a la meta por una evolución natural y

dirigida y no por vencimiento o por subversión, teniendo que pasar por la noche trágica del comunismo

terrorista. Cuando el comunismo echa su garra sobre una nación ya no la suelta; lleva allí sus checas, sus

hombres, sus brigadas internacionales, su terrorismo policíaco, que extirpa y destruye todo elemento de

defensa, policía, ejército, intelectualidad; cuanto pueda pensar y discrepar.

Si la Revolución francesa tuvo tanta repercusión en los sistemas políticos que la siguieron hasta nuestros

días hay que deducir la influencia que va a tener en el futuro el paso del comunismo por la mitad de la

población del universo. Y no es que el comunismo pueda en sí perdurar, porque lleva dentro el germen

mismo de su destrucción y los que le odian más y lo rechazan son los pueblos que en alguna forma lo han

sufrido; pero el comunismo, sin embargo, ha receñido la bandera de lo que una gran parte del mundo

anhela, aunque luego lo traicione y no pueda ni siquiera servirlo.

EL MOVIMIENTO ES LA CLAVE DE LA SALVACIÓN DE ESPAÑA

Por esto nuestro Movimiento tiene una enorme actualidad, incomparablemente mayor que la que

tuvo en sus albores. Su existencia se acusa cada día como más necesaria, que si durante veinticinco

años, a lo largo de etapas difíciles, condicionadas muchas veces por las profundas alteraciones que el

mundo ha ido sufriendo a nuestro alrededor, ha sabido mantener la paz interna, plantear una profunda

renovación social, haciendo posible el resurgimiento espiritual y material de la nación, hoy ha

vuelto a ser la clave de la salvación de nuestra patria.

No creáis por esto que os digo que estamos completamente satisfechos de nuestra obra. Reconocemos

haber logrado mucho, pero también es mucho lo que nos falta por hacer. Una revolución que sea

constructiva no puede ignorar la interdependencia de lo económico. El crédito vive unido a la confianza y

a la estabilidad. No se puede ir más aprisa de lo que vamos. Nuestra revolución es progresiva y profunda,

sin desmontar el tinglado viejo antes de tener el nuevo dispuesto. A los que creen que nuestra revolución

va lenta, yo les pediría que mirasen para atrás y analizasen lo que hemos avanzado con paso firme y sin

un solo retroceso.

Precisamente en estos días en que se reúne la familia al calor del hogar, cuando tantos disfrutan de lo

superfluo, se acusan más las zonas deprimidas y las desigualdades sociales. Mi recuerdo en esta hora está

con los pobres y con los que. obligados por la necesidad, han buscado trabajo fuera de la frontera. Nuestra

aspiración es que nadie por necesidad tenga que alejarse de su patria; redimir a los sectores deprimidos

que en la nación existan, que la justicia social llegue a todos los rincones y sí en algún sentido falla, lo

remedie la fraternidad humana con espíritu de caridad; pero para lograr esto no basta el enunciarlo, hay

que trabajarlo. Para elevar el nivel de vida hay que aumentar la renta nacional y dirigir la acción sobre las

regiones y comarcas menos dotadas. He aquí la razón del Plan de Desarrollo que con el año que empieza

acometemos.

EL PLAN DE DESARROLLO

El Plan de Desarrollo no es una fosa nueva en nuestra nación. En los alborea de nuestra Cruzada se nos

presentó el gran problema de hacer resurgir la nación de los quebrantos de la guerra y del atraso secular

que padecía. España se encontraba exhausta, sin materias primas, ni divisas y con una balanza de

comercio exterior, anterior a nuestra guerra, francamente desfavorable.

A muchos, entre los que se contaban los hombres más destacados de nuestra vida política anterior,

pareció entonces empresa de locos la que acometíamos, compartiendo el concepto general de los primates

rojos de abandonarnos una España inviable. Así nació nuestro Plan de Urgencia, primera fase de nuestro

desarrollo, cuyo objetivo inmediato era el de sobrevivir y alcanzar progresivamente la nivelación de

nuestra balanza de pagos con el exterior y el pleito empleo en el interior.

Comprendían estos planes de urgencia la recuperación de nuestros campos, la restauración de nuestra

industria, la reconstrucción de lo destruido, y las batallas del trigo, del algodón, de la madera, de los

abonos, de la Marina Mercante, de la electricidad, de los camiones y tractores, del petróleo, de los

medicamentos, de la maquinaria eléctrica, de las máquinas herramientas, de los nuevos regadíos, de la

repoblación forestal y de la vivienda, y la intensificación general de nuestras producciones clásicas, como

eran la de la carne, los huevos, el hierro y el cemento.

En este Plan, dificultado por una guerra universal y afectados por las prolongadas sequías y las heladas, se

forjaron los instrumentos para su realización, que nos permitieron la mejora progresiva y constante de

nuestra situación, así como más tarde enfrentarnos con la estabilización, y, lograda ésta, ingresar en los

Organismos económicos internacionales con vistas al Plan de Desarrollo.

La trascendencia de este Plan de Desarrollo económico social que las Cortes Españolas en su última

sesión han aprobado tiene la importancia de ser el fruto de la fecunda colaboración de representantes de la

Administración pública, de la Organización Sindical y de grupos cualificados de sociólogos, economistas

y técnicos de las diversas especialidades, pasando de 1.600 las personas que han participado directamente

en esta gran tarea.

PRIMACÍA DE LOS OBJETIVOS SOCIALES

La primacía de los objetivos sociales se afirma constantemente. El Plan acelerará la formación técnica y

la integración social, reduciendo progresivamente las diferencias entre los distintos niveles de la sociedad

y promoverá el ascenso a las más elevadas condiciones sociales y profesionales en plena igualdad de

oportunidades para todos. Al servicio de estos fines el Plan crea los instrumentos precisos para llevar a

cabo una decidida política social de rentas, que encauce de un modo cada vez más justo la retribución de

los factores de la producción y de los demás sectores perceptores de ingresos, así como la política fiscal

con fines redistributivos y la política de precios, de forma que su estabilidad garantice la efectividad de

los niveles de rentas previstos en el Plan.

Las principales directivas del Plan se presentan claras: crear los puestos de trabajo necesarios para

mantener el pleno empleo y para absorber los excedentes de la mano de obra campesina y el natural

incremento demográfico; intensificar la acción de transformación en regadíos, de alumbramientos de

aguas, de concentración parcelaria, de ordenación rural y demás acciones para la transformación de

nuestras estructuras agrarias.

En el camino de nuestra recuperación económica el Plan de Desarrollo supone un avance considerable

que mejora de modo sustancial los supuestos económicos de nuestro país. La planificación de la

economía es un principio de orden que debe aproximarnos a las metas deseadas y que nos permitirán

conocer con mayor exactitud las posibilidades competitivas de nuestra economía, colocándonos en

situaciónmás favorable frente a los grandes mercados mundiales.

El Plan supone, pues, la puesta en práctica de unas estimaciones coordinadas, a las que el Estado

contribuye con sus medios materiales y légales, pero la sociedad debe contribuir con su voluntad y

empeño, ya que sin el entusiasmo de todos y sin una generosa interpretación de nuestras necesidades no

seria posible el avance considerable que hemos programado.

Pero de poco serviría un plan de desarrollo que no encontrase eco, colaboración y apoyo en el pueblo

trabajador y en las estructuras económicas y sociales del país, y por eso confiamos en el instrumento

básico que el sindicalismo representa para canalizar y coordinar esta partícipación colectiva en nuestro

desarrollo.

El sistema sindical español no es una estructura estática puramente orgánica, sino que entraña un

dinamismo que viene a coincidir plenamente con la idea de desarrollo que hoy estamos poniendo en

juego, que facilitará el encauzar el esfuerzo colectivo de los empresarios, los técnicos y los trabajadores

españoles y demostrar una vez más su eficacia y su sentido de responsabilidad. Si en estos momentos no

dispusiéramos de nuestra organización sindical hubiéramos tenido que improvisarla para acometer esta

tarea de desarrollo económico y social con que se enfrenta España.

LAS CIFRAS DEL PLAN DE DESARROLLO REVELAN EL SENTIDO SOCIAL DEL RÉGIMEN

Las cifras que registra el Plan de Desarrollo acusan el agudo sentido social que preside la política

económica del régimen. En los cuatro años del Plan se invertirán en enseñanza casi 23.000 millones de

pesetas, y en viviendas más de 65.000 millones. Es un Plan económico, pues, en que se da primordial

importancia por primera vez en nuestra Patria a dos capítulos que sólo indirectamente tienen relación con

la economía. El Estado ha querido así demostrar su constante preocupación por los problemas sociales

que afectan a nuestra sociedad, dedicando cuantiosos recursos a la directa elevación de los niveles físicos

y espirituales en los que viven nuestras clases más necesitadas. Sin el menor matiz demagógico creo

podemos afirmar que esas cifras significan un auténtico progreso revolucionario, que ha de incidir

directamente sobre la estructura de la sociedad española, permitiendo a los más capacitados el acceso a

los puestos directivos sin que la condición económica y social de los elegidos pueda influir en las

posibilidades que ante nosotros se abren.

Para dar una idea mayor del esfuerzo que el Plan de Desarrollo representa, de sus ambiciosos propósitos

de carácter expansivo, bastará señalar unas pocas cifras: la inversión pública total en los cuatro últimos

años, 1959 a 1962 inclusive, fue de 171.900 millones de pesetas. La cifra consignada en el programa de

inversiones públicas para el próximo cuatrienio es de 335.000 millones, aproximadamente el doble.

El Plan de Desarrollo va a constituir la gran obra de nuestro tiempo. Si carentes de todo y en las

condiciones más difíciles hemos podido dar a nuestra nación el impulso y resurgimiento logrados en la

etapa anterior no son los medios los que han de faltarnos cuando contamos con los instrumentos eficientes

forjados en estos años: reservas de divisas, créditos del exterior y capacidad demostrada de nuestros

empresarios y técnicos. Yo invito a todos los españoles a esta gran tarea que tantos, beneficios ha de

aportar para la Patria.

ALGUNAS REALIZACIONES DEL RÉGIMEN EN 1963

Renuncio por no hacer más pesada esta oración a enumerar las realizaciones del régimen en el año que

termina. Solamente destacaré la eficacia de los medios pues

tos en juego para remediar la catástrofe de las inundaciones de Cataluña, en que se puso de relieve la

solidaridad de la nación, y la rapidez con que hubo de atenderse a las siguientes en Andalucía; pero entre

todas estas realizaciones las que destacarán más por su eminente carácter social son las dos campañas

iniciadas para redimir a la nación de la poliomielitis, de las chabolas de sus poblaciones y la intensa de

alfabetización a la que están dedicados especialmente 5.000 maestros.

Cuando pienso en las generaciones que habrán de sucedernos me preocupa el que encuentren ante su

camino unas líneas maestras y unos cauces instrumentales claros y definidos. Muchas gentes tienden a

olvidar dentro y fuera de España cuáles han sido las causas que nos condujeron a la situación presente. Es

verdad que el próximo año podremos celebrar el XXV aniversario de la paz y conmemorar así los

esfuerzos que a lo largo de este cuarto de siglo dedicamos para conseguir primero la reconstrucción

material del país y segundo la mejor convivencia entre los españoles; pero esos veinticinco años, que son

sin duda un largo período para la historia de un hombre, constituyen un plazo relativamente corto para la

historia de un pueblo. Las heridas sociales, las rupturas de la convivencia, no se sueldan con la misma

facilidad con que pueden cicatrizar las heridas de un individuo. Por ello mi máxima preocupación ha sido

siempre y seguirá siéndolo el conseguir que la sociedad española reconstruida inicie sobre bases firmes su

secular caminar histórico.

La perfección absoluta en política no puede existir; sólo un agudo sentido del compromiso hace posible la

estabilidad de los cuerpos sociales. Pero el compromiso sólo puede ejercitarse evidentemente en

cuestiones de índole adjetiva, formal o circunstancial, pero nunca sobre las esencias últimas, en las que

reposa el carácter y espíritu de una nación, que deciden de su porvenir. Cuando el pueblo todo reconoce y

acepta esas esencias últimas es posible una fácil convivencia política; pero cuando los extremismos

pretenden poner en discusión esas esencias entonces la convivencia ordenada y pacífica se hace

prácticamente imposible. La responsabilidad del gobernante reside en hacer viable una convivencia que

se apoya en la gran mayoría de la comunidad política, manteniendo a todos los extremos alejados de la

posibilidad de iniciar todos los días su consciente o inconsciente labor de destrucción.

Durante estos años hemos instrumentado todo un sistema político que, a nuestro modo de ver, convenía al

modo de ser español, que evidentemente era aceptado y aprobado por la inmensa mayoría de la nación y

que nos ha permitido superar los años más difíciles de la vida de nuestra Patria. Nunca nos opusimos al

perfeccionamiento y posible evolución de este sistema, como nunca cerramos el camino a cualquier

español que quisiera colaborar en la honrosa tarea de contribuir al mejoramiento material constitucional

de su propio país.

A lo largo de estos años muchos son los que se han sumado a esta tarea; unos estuvieron desde el

principio a nuestro lado, otros han venido del campo de enfrente, y cada vez con mayor frecuencia, los

más, surgen del conjunto de la sociedad española nacido a la vida política años después de nuestra Guerra

de Liberación. La colaboración con todos no sólo es posible, sino que es deseable, y las instituciones

españolas tienen abiertas sus puertas para todos ellos.

No somos nosotros los que no queremos olvidar; son contados elementos de la vida nacional o del mundo

internacional los que una y otra vez intentan replantear el problema, pretendiendo retrotraer la Historia.

De este modo, la hostilidad reconcentrada de unos pocos intenta dificultar a la inmensa mayoría el

proyectarse con paz y tranquilidad hacia el futuro.

La historia de cada día nos prueba que cualquier incidente, la menor circunstancia, el detalle más

irrelevante para la auténtica problemática del quehacer nacional es alzado frente a nosotros, difundido

ampliamente y tergiversado con el exclusivo fin de poner en entredicho el buen nombre del pueblo

español o del sistema político que ese pueblo se ha dado. Entristece pensar que puedan ser españoles: los

que de ese modo proceden, como entristece comprobar que a lo largo de la Historia la leyenda negra

contra nuestro país fue siempre alimentada por españoles resentidos que habían fracasado en su

vinculación a la comunidad nacional.

Yo acepto y comprendo que cuando se descubre una infracción, un abuso o un delito, los españoles lo

denuncien con claridad y precisión. Todas las instituciones y todos los sistemas han estado y estarán

siempre expuestos a la fragilidad de la naturaleza humana. Pero en España las leyes prevén los cauces

adecuados para ejercitar esas denuncias: las Cortes, los Tribunales de Justicia, el Derecho de petición, los

Ministerios competentes y el Jefe del Estado pueden y deben recibir cuantas instancias en este terreno

quieran dirigirles los españoles; si de lo que se trata, es de obtener un esclarecimiento, de conseguir un

acto de justicia o de lograr una reparación, los caminos están claramente trazados. Jamás en España ni en

nación alguna disfrutó de mayor independencia la justicia. Pero si lo que se pretende es realizar una

política de escándalo, desprestigiar al propio país y a sus instituciones, mantener una permanente

campaña mendaz, entonces, aun sintiéndolo, reconoceréis que en defensa de la sociedad y de las leyes que

todos hemos aceptada no queda más solución que dejar actuar el automatismo jurídico que debe proteger

a toda sociedad organizada.

CUANDO DIGO UNIDAD NO QUIERO DECIR UNIFORMIDAD

Cara a la próxima celebración de este cuarto de siglo, yo quisiera, una vez más, recordaros que el mejor

fruto recocido en todo este tiempo debe ser la unidad entre todos los españoles. Pero fijaros bien que

cuando digo unidad no quiero decir uniformidad, sino simplemente coincidencia y respeto en lo que es

esencial a la propia existencia de España. Dentro de esa unidad caben posiblemente muy diferentes

actitudes y acentos; cabe la oposición al medio, medida o decisión circunstancial, cabe la más variada

diversidad de pareceres. Lo único que no cabe es el dogmatismo dirigido contra la propia esencia de la

nación y de su ordenamiento jurídico.

El Régimen español, que desde sus orígenes se definió a si mismo como revolucionario, no ha ocultado

en ningún momento esa tendencia de aspirar a conseguir una profunda modificación de las condiciones de

vida que imperaban en la España anterior a 1936. Pero las revoluciones, para ser efectivas y duraderas, no

pueden basarse exclusivamente en un cambio de estructura política, sino que necesitan apoyarse en

modificaciones sustanciales en las condiciones económicas y distribución de la riqueza. Y este proceso

requiere un período de tiempo que será más o menos largo, según las circunstancias de toda índole que

vengan a influir en el transcurso de la propia evolución.

Ahora bien: una revolución de este tipo, sí debe producir fruto perdurable, habrá de ser pensada y

organizada con serio supuesto teóricotécnico del legislador y con arreglo a un esfuerzo mantenido de toda

la sociedad. En el mundo moderno, con la complejidad de problemas que se derivan de la estructura

económica, no son ya posibles las clásicas revoluciones románticas, que pretendían mejorar las

condiciones de un pueblo con una simple algarada callejera. Las revoluciones de hoy deberán ser el

producto de la conjunción de los hombres responsables que aspiren a la mejora social y de los técnicos,

que pongan al servicio del ideal revolucionario sus conocimientos.

Una nueva estructuración de la propiedad y de la producción agraria, unas modificaciones fiscales y una

más directa participación del sentido social en los beneficios de la producción o incluso en la distribución

significará un avance decisivo en el camino de la revolución nacional que el Estado español se ha

propuesto realizar.

ES NECESARIA LA COLABORACION DE TODOS LOS ESPAÑOLES

Yo quisiera por ello aprovechar esta ocasión para invitar a todos los españoles a aportar sus

conocimientos, su preparación y espíritu de sacrificio a esta gran labor que puede ser la tarea de toda una

generación.

Si aunamos el esfuerzo intelectual de todas nuestras asociaciones, corporaciones, sindicatos, cooperativas,

universidades y órganos consultivos de la nación, conseguiremos dar un paso cada día que nos aproxime a

una sociedad más justa. Si la juventud española, consciente de su grave responsabilidad en esta hora,

acepta el reto de los tiempos nuevos y con sinceridad y autenticidad se dedica a organizar la gran tarea de

transformar a España, la revolución nacional que nosotros iniciamos en condiciones precarias podrá

completarse en un plazo de tiempo no excesivamente largo, y de ese modo, al final del período, el país,

asentado sobre unas bases sociológicas más firmes, habrá encontrado definitivamente una permanente

estabilidad de estructuras políticas, asegurando la paz. el bienestar y la felicidad de todos los españoles.

Ahora bien, ese esfuerzo de conjunto que propongo, esa proyección al futuro que deseo y los cambios de

estructura que evidentemente son necesarios, se retrasarían lamentablemente si, una vez más, nos

dejásemos sorprender por la propensión de nuestro temperamento que lleva al particularismo y a la

dispersión. Sólo un esfuerzo de conjunto, un afán colectivo y perdurable, serán capaces de realizar esa

aspiración de justicia que, sin duda, es la nota característica de la época en que vivimos. No son los

detalles de las instituciones de una determinada sociedad los que impiden o favorecen la evolución y el

progreso de un pueblo; es la voluntad colectiva de toda una sociedad, la coincidencia mayoritaria en una

metas y el sentido del compromiso, los que permiten a los grandes pueblos su continuado avance y

mejora.

LA AUTONOMIA DE GUINEA Y FERNANDO POO

Una nueva prueba de la enorme capacidad de iniciativa y de la fecundidad del

Estado español, la tenemos en la feliz tramitación de la Ley sobre autonomía de gobierno para nuestros

territorios ultramarinos de Guinea y Fernando Poo. Al amparo de nuestra bandera habían ido creando su

personalidad, ascendiendo de la vida tribal a la de una sociedad civilizada. Durante muchos años

atendimos a su sanidad y a su cultura en medida igual o superior a la que disfrutaban los pueblos de

nuestra metrópoli.

Pero planteado el problema de la autodecisión en los territorios de África, el Gobierno de la nación

exploró con gran espíritu de comprensión los sentimientos de los habitantes de aquellas zonas, y, tras las

oportunas consultas y conversaciones con sus representantes, presentó a las Cortes un proyecto de ley que

diese satisfacción a la población de aquellos territorios. Si ellos querían ser españoles, España estaba

dispuesta a ayudarles y a defenderles. Si hubieran deseado separarse, España no hubiera gastado un

hombre en retenerlos. Saben los naturales que su nivel de vida es muy superior al de los países vecinos,

que su libertad y la supervivencia de su personalidad sólo son posibles al lado de España, que si ésta los

abandonase serían víctimas propiciatorias de las ambiciones expansionistas de comarcas vecinas más

pobladas y que en la convivencia con España descansan su desarrollo y su progreso.

Las Cortes, por su parte, han colaborado con un alto sentido de su responsabilidad, comprendiendo la

trascendencia de una Ley que supone una modificación sustancial de la situación anterior, razón por la

que la nueva disposición había que suponer sería examinada por propios y extraños con minuciosidad y

detalle.

El éxito alcanzado en todos los ambientes y la satisfacción con que el texto ha sido recibido y refrendado

por los naturales de aquellos territorio prueban las acertadas previsiones del Gobierno y el espíritu de

generosidad con que actuó el legislador. El plebiscito que tuvo lugar en aquellos territorios nos ha dado la

medida exacta de nuestra libertad y puesto de manifiesto el aprecio que merece a sus destinatarios el

nuevo Estatuto legal.

La nueva legislación queda abierta a futuros perfeccionamientos; si la experiencia demostrase que era

necesaria la reforma con idéntica comprensión y generosidad, el Gobierno estaría siempre dispuesto a

un nuevo estudio de la situación. Nosotros entendemos haber contribuido así a la mejor solución de un

problema, creando además los cauces necesarios para un diálogo que deberá ser siempre mantenido con

gran claridad y con elevado espíritu de colaboración. Yo pregunto: ¿Hubiera sido posible en otras

épocas y circunstancias encontrar una solución satisfactoria en tan breve plazo de tiempo? Creo que no,

y ello me confirma en la creencia de que nuestro Estado es hoy capaz de resolver con sentido progresista

y evolutivo problemas que los regímenes anteriores hubieran dejado sin solución.

Como veis, mirando hacia el interior, la situación es clara: hemos alcanzado un grado elevado de mejora

y estabilidad que nos permite pensar en el mañana y continuar perfeccionando un sistema que durante

veinticinco años, y en las circunstancias más adversas, permitió al pueblo español superar una cruel

contienda, mejorar muchas de sus estructuras, sortear peligros ciertos de orden exterior y fomentar una

convivencia nacional que durante más de un siglo se había presentado precaria; pero España no vive

aislada ´ del mundo, España, como cualquier otro país, vive en relación constante y permanente con el

resto de la comunidad internacional, y, por ello, cuanto en esta comunidad ocurre, nos afecta directa o

indirectamente.

QUEREMOS PROYECTAR FUERA DE NUESTRAS FRONTERAS UNA AUTENTICA IMAGEN DE

NUESTRA SITUACION

De ese modo tenemos interés en proyectar fuera de nuestras fronteras una auténtica imagen de

nuestra situación y condiciones, como tenemos derechos a que se nos juzgue con objetividad y se

nos respete, como nosotros respetamos a los demás.

En un mundo cambiante en el que descubrimos todo género de regímenes y de sistemas, no parece

razonable hacer un juicio sobre cualquiera de ellos, en tanto su actividad se radique a los límites

estrictos de cada una de las sociedades nacionales. Por ello, España, que mantiene las más cordiales

relaciones con una gran mayoría de los restantes pueblos del con junto universal, se abstiene de juzgar

o de interpretar las soluciones concretas que cada uno de ellos haya adoptado para resolver sus

problemas domésticos, y sólo se enfrenta con aquellos sistemas que, re basando la esfera nacional,

intentan, con un claro imperialismo ideológico, tratar de imponer a otros pueblos su ideología o sus

formas de Gobierno.

Nuestra tradición cristiana y nuestro profundo sentido del Derecho y de la Justicia nos llevan a

practicar el entendimiento y la cordialidad con todos los restantes pueblos, y cuando con alguno de

ellos surge un problema directo que nos afecta, tratamos, por medio de la negociación, de encontrar

siempre una solución amistosa que dé satisfacción, hasta don de sea posible, a las partes interesadas.

En virtud de estos principios, en el último año hemos tenido la satisfacción de renovar nuestro Acuerdo

con los Estados Unidos de América, en que se pusieron de manifiesto la mutua comprensión y estima,

reafirmando una vieja amistad y colaboración iniciadas hace diez años. Por ello, quisiéramos ahora,

recordando una vez más la tristeza y el dolor por que ha pasado recientemente el pueblo americano,

reafirmar nuestros sentimientos de solidaridad, nuestro firme deseo de colaboración y nuestra gratitud por

la amistosa ayuda que nos ha venido prestando.

En una esfera mucho más amplia y general, España se ha adherido al Pacto antinuclear del que forma

parte una inmensa mayoría de los pueblos. Para nosotros, cuanto puede suponer una contribución a la paz

y al mejor entendimiento entre todos los hombres será siempre bien recibido, y cualquier sacrificio que en

su nombre se nos imponga será siempre cordialmente aceptado. Eso mismo es el norte que nos guía en

nuestras actuaciones en las Naciones Unidas o en cualquier otro organismo de dimensión mundial o

internacional. Pretendemos con nuestra modesta aportación y contribución coadyuvar de esta manera a

una labor en la que sea posible la resolución pacífica de todos los conflictos, la contribución a la

resolución de los graves problemas que afectan a la Humanidad y la ayuda hacia todos los pueblos que

sufran una calamidad imprevista.

Mirando hacia el exterior, la situación de España se ha consolidado año tras año. adquiriendo nuestro país

un más sólido y elevado prestigio, del que son exponentes los Acuerdos económicos que tuvieron lugar

con París y Bonn, tan importantes para nuestro progreso. Nuestro respeto a los compromisos contraídos y

nuestra desinteresada colaboración a la resolución de los grandes problemas que el mundo presenta,

nuestra fraternal unión con los pueblos de habla española y nuestro sentido de la responsabilidad y de la

seriedad internacionales nos han permitido imponer el nombre de España como el de una nación que con

rectitud, seriedad y espíritu de justicia está siempre dispuesta a la colaboración, al entendimiento y a la

resolución negociada de cualesquiera dificultades que puedan surgir.

LOS REDUCTOS DE LA ANTIESPAÑA EN EL EXTRANJERO

No quisiera dejar de señalar que también en el exterior existe el pequeño reducto político en que con

alguna frecuencia se intentan plantear dificultades al buen entendimiento de España con los otros pueblos.

Las razones que pueden existir para esta actitud son, a mi modo de ver, claras: en unos casos se trata de

utilizar el nombre de España como un arma que puede ser empleada en el menudo juego de la política

interior de algunos países; en otros, de evidentes consignas dictadas por el imperialismo ideológico de

ciertos regímenes, y, por último, en los más, de pequeñas conjuras urdidas por españoles resentidos que

prefieren desprestigiar el nombre de su país a cambio de pequeños éxitos personales o de apoyos

intrascendentes para su trasnochado dogmatismo. El sectarismo que ello implica es difícil de justificar, y

descalifica, por su sola existencia, a quienes con absoluto desprecio de las condiciones de vida de un

pueblo pretenden mantener unas circunstancias o plataformas que sólo a título personal pueden

justificarse. Afortunadamente, los millones de extranjeros que anualmente nos visitan permiten la más

eficaz demostración de cuáles son las verdaderas condiciones que imperan en el interior de nuestra

nación.

Prescindiendo de nuestro problema, se percibe en el resto del mundo un clima de inseguridad, interior y

exterior, que debe preocuparnos. Es cierto que por el momento parece decrecer la tensión Este-Oeste pero

no es menos cierto que. al mismo tiempo, aumenta la inestabilidad interior de muchos países, que

regímenes que parecían firmemente establecidos se resquebrajan, v que sociedades evolucionadas y en

pleno desarrollo tropiezan con dificultades graves que ponen en peligro su convivencia ordenada.

Frente a todos esos problemas, es preciso que reafirmemos una vez más nuestra voluntad de permanecer

unidos y nuestra doctrina de no intervención en los asuntos ajenos, como no sea defendiendo nuestra

propia personalidad, y aconsejando el aislamiento de los problemas exteriores, para que sean resueltos por

sus protagonistas sin intervención de terceros, con lo que conseguiremos salvar una época de crisis que

está alterando al mundo conocido.

EL ESTADO CATOLICO ESPAÑOL Y LA IGLESIA

En estos días, llenos de significado cristiano, frente a la crisis de espiritualidad que el mundo sufre y la

ola de materialismo que invade el Universo, es para nosotros una grata satisfacción moral la de

reafirmarnos en el carácter católico de nuestro Estado. Esto es difícil de comprender en el exterior, ya que

rara será la nación que pueda establecer con nosotros una analogía. No significa ello confusión alguna.

Somos conscientes de que tanto la Iglesia como el Estado son dos sociedades perfectas, cada una en su

orden, con sus propios fines, una en lo espiritual y otra en lo temporal, y, por tanto, independientes y

poseedoras de sus respectivas soberanías. Pero ambas ejercen su acción sobre un ambiente humano

común. y ello implica necesariamente unas relaciones habitúales entre ambos poderes y como nos

enseñaba el Pontífice León XIII en su encíclica "Inmortale Del": "Es necesario que Dios, origen de uno y

otro, haya establecido un orden recto de composición entre las actividades de uno y otro poder." Este

orden tiene que fructificar cuando ambas potestades ponen la voluntad precisa para ello, en una concorde

y amistosa colaboración sostenida de buen grado por la Iglesia y el Estado.

Ojalá esta colaboración y concordia fueran posibles en todas partes y que nuestra Madre la Iglesia no

.encontrase, como desgraciadamente sucedió, ambientes de indiferencia, de hostilidad y aun de

persecución. Son muchas las situaciones políticas que mantienen el principio de hegemonía absoluta del

Estado y niegan a la Iglesia su perfección jurídica, reduciéndola a una corporación o asociación más, con

un precario campo de posibilidades para el ejercicio de su sagrada misión; pero cuando existe la voluntad

decidida en una nación de gobernantes y gobernados, de pastores y fieles que viven en el seno de una

comunidad creyente y temerosa de Dios, esta voluntad está llamada a florecer en la mejor y más eficaz

armonía espiritual.

La Iglesia, a través de la Historia, ha utilizado esta vía de entendimiento, armonía y complementación,

considerando moralmente conveniente la concordancia con soberanías temporales de forma constante a

través de los siglos. Tal sucede con nuestro vigente Concordato, firmado el 27 de septiembre de 1953, que

es un Acuerdo de amistad, cuyo móvil determinante fue la buena voluntad y recta intención de establecer

normas claras y precisas, delimitando las competencias para consolidar sobre bases firmes y duraderas a

la armonía ya existente entre la España contemporánea y la Iglesia católica, apostólica, romana y su Santa

Sede.

No vino este Concordato a cerrar un estado de tensión o malas relaciones, sino a consagrar el hecho

existente de una firme amistad y entendimiento alcanzados con un esfuerzo colectivo de nuestro pueblo

después de haber sido capaz de vencer las asechanzas del marxismo y del materialismo, no sin grandes

sacrificios y sublimes martirios.

Nuestra unidad católica, la mas preciosa joya moral de nuestro pueblo, es por tanto, una realidad

públicamente proclamada, y así tenía que ser, pues el Estado, en un país católico, tiene el deber de

mantener y profesar públicamente la religión de sus ciudadanos. Ello no significa que la Iglesia esté en

nada limitada en su sagrada libertad. Nuestro Estado se comporta como un Estado cristiano y católico en

todas las clases de sus actividades y. naturalmente, en la de sus relaciones con la Iglesia, y no solamente

la ayuda materialmente a resolver, en las materias mixtas, como el matrimonio y la enseñanza, de acuerdo

con la doctrina de la Iglesia, sino que, además, lleva este espíritu a su organización jurídica y política.

Agradecemos al Altísimo que en nuestra Patria un año más hayamos vivido unidos a la Iglesia,

disfrutando la gracia del Cielo, de la armonía entre lo espiritual y lo temporal, el don de la concordia.

En este orden espiritual, un acontecimiento doloroso tuvo lugar en el año que termina: la muerte de Su

Santidad el Papa Juan XXIII, que llenó a España de dolor y desconsuelo. Perdía la Iglesia un Pastor, y los

hombres todos, un corazón generoso, que supo con inteligencia y bondad ganarse el respeto, admiración y

cariño del mundo cristiano.

Un nuevo Pastor nos guía hoy y una gran esperanza se despierta en todos nosotros cuando contemplamos

el camino que señala el sucesor de Pedro y la visita de Su Santidad a las tierras que un día regó la sangre

del Señor por nuestra salvación.

Quiera Dios que la luz que debe emanar de la Silla de Pedro sea rectamente comprendida por los

hombres, y que al aplicar las enseñanzas de la Santa Iglesia acertemos con el recto juicio que debe

prevalecer en una sociedad cristiana.

Y, por último, antes de cerrar esta oración, y aprovechando las nuevas y potentes Instalaciones de Radio

Nacional establecidas en el corriente año, quiero hacer llegar mi voz con la felicitación y los votos de la

Patria a los españoles mis alejados, a los dispersos por el mundo, a los trabajadores que, persiguiendo un

bienestar mayor, trabajan fuera de la nación, y a los hermanos de los territorios ultramarinos de Fernando

Poo y Río Muñí, que tan recientes muestras de amor a la Patria y de solidaridad han dado con motivo de

referéndum sobre su autonomía. Con 1a. promesa para todos de seguir forjando la, Patria grande que,

corrigiendo injusticias, derrame sus bienes sobre todos los españoles. Para todos, el abrazo de la Patria y

el mío personal.

 

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