Grandioso espectáculo     
 
 ABC.    02/04/1959.  Página: 31. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Grandioso espectáculo

Valle de Santa Cruz de los Caídos

(Crónica telefónica de nuestro redactor enviadoespecial.) Ya reposan en la grandiosa basílica del Valle de

Cuelgamuros los restos mortales de José Antonio, en el lugar preferente que le corresponde entre nuestros

gloriosos caídos." Reposan ahí desde el lunes. Después de las epístolas cruzadas entre el Jefe del Estado y

Pilar y Miguel Primo de Rivera, se ha producido el acontecimiento, que todos aguardaban que se

produjera hace tiempo. Con el suceso de hoy se inaugura solemnemente lo que ha constituido un

grandioso espectáculo. José Antonio reposará aquí con tantos otros que, a semejanza suya, dieron la vida

por la misma causa: por servir a un ideal. El cayó ejecutada en un patio de la prisión de Alicante,

aceptando su suerte con singular elegancia. Lección magnífica para muchos y ejemplo singular también

para todos sus compatriotas. Estremece hasta el infinito pensar el valor no sólo espiritual, sino físico, que

desarrolló en aquellos instantes el jefe de la Falange. Por encima del temor estaba su confianza en una

vida mejor. Increíble reguero de fe, de fe sencilla, de fe que ninguna incertidumbre empaña. Todo ello en

plena juventud y con absoluta seguridad de sí mismo, sin aspavientos ni mezquindades. Antes de entregar

su vida a los ejecutores se despidió de la familia y de sus amigos en cartas expresivas llenas de emoción

y de finura, impregnadas de humanidad y buen sentido. Ni una queja, ni un lamento. Todas sus cartas,

como sus escritos místicos y casi guerreros—que. de todo tenían—, están animados por el mismo soplo

del alma, un aliento de holocausto fecundo.

Así ha podido resultar de grandioso el espectáculo que hemos presenciado aquí esta mañana ante

alféreces provisionales y representaciones de la Falange, desde la Vieja Guardia, hasta el Frente de

Juventudes, desde las familias de los caídos que reposan ya en este recinto hasta las representaciones de

los tres Ejércitos de Tierra, Mar y Aire. El acto lo ha presidido el Jefe del Estado en este paisaje

sugeridor, cargado de sortilegios. Lo que nos seduce más que nada, con seducirnos tantas cosas, es el

simbolismo aquí representado, que ha de fecundar seguramente en mentes perdidas y corazones secos.

Hemos vivido una jornada intensa y preñada de emociones en una atmósfera de respeto y de fraternidad

admirativa, como debe ser frente a retorcimientos y sin riscos ni aristas, con miradas claras y luminosas,

corazones nobles y generosos. Después del funeral, que resultó emocionante en extremo y muy solemne,

el Jefe del Estado se dirigió a un arengariurn situado en la explanada, junto al balconaje, en cuya parte

baja, a todo lo largo y en círculo del esplendoroso monumento del Valle de los Caídos, se hallaban los

alféreces y todas las representaciones, que habían acudido desde muy temprano. Allí dirigió la palabra el

Generalísimo a cuantos le escuchaban por medio de los altavoces. Un discurso severo, escueto, para

elogiar la conducta de todos los soldados que a sus órdenes realizaron, no la guerra civil, sino una

cruzada, porque de cruzada se trataba al combatir a la anti España. El Caudillo hizo hincapié en que había

de irse a una unidad férrea para combatir al enemigo, que todavía no ha muerto, aunque quedara

derrotado. Fue interrumpido frecuentemente por los aplausos y vítores, y al terminar, una prolongada

ovación le acompañó hasta que se dirigió a lo que ha de ser Escuela de Estudios Sociales.

En la sala capitular del grandioso monasterio, allí el Caudillo pronunció otro nuevo discurso, que aparte

publicamos, lleno de enjundia y de contenido. Explicó cómo la República había dejado a España después

de los años de desgobierno y el estado actual en que halla el país, sobre todo en materia social, e hizo un

encomio caluroso de los estudios sociales y de su importancia para el futuro provenir de la Patria. La

jornada, como antes decimos, en este paraje de inigualable belleza creemos adivinar que se ha

conseguidotflo que el fundador de la Falange propugnaba con más brío: la unidad, y conciliación entre

todos los españoles. Masas de gente de toda España acompañaron en la ceremonia al Jefe del Estado y a

su Gobierno. Le han aclamado incesantemente. Puede estar satisfecho de todo lo acontecido en el día de

hoy.—Antonio G. CAVADA.

VITORES AL JEFE DEL ESTADO

El Generalísimo, al llegar, se detuvo un instante al pie de la escalinata por la que se asciende a la gran

explanada, antes de recorrer los dos tramos de diez peldaños que representan los mandamientos para

contemplar, emocionado, la gigantesca cruz de este grandioso monumento del Valle de los Caídos. El

Caudillo, al llegar a la explanada, fue acogido con enorme entusiasmo por los ocho mil alféreces

provisionales llegados de toda España, y entre aclamaciones y enardecidos vítores y aplausos de millones

de muchachos del Frente de Juventud y de afiliados al Movimiento. El Je£e del Estado, en unión del

capitán general de la Región, pasó revista a las representaciones de los tres Ejércitos que, con bandera y

música, abrían una carrera hasta la entrada de la cripta. Terminada la revista, e1 Caudillo se dirigió por la

escalinata a la segunda explanada de acceso, donde fue cumplimentado por los miembros de su gobierno.

Momentos después llegó la esposa del Jefe del Estado, doña Carmen Polo de Franco, acompañada de la

esposa del jefe de la Casa Civil.

Cuatro cámaras de TV.E., magníficamente instaladas en puntos dominantes y de gran efectividad de

"toma", así como los equipos de Radio Nacional de España, retransmitieron, la solemne ceremonia.

El Jefe del Estado fue recibido a la entrada de la cripta por la Comunidad benedictina del Monasterio del

Valle de los Caídos, con su abad mitrado al frente, fray Justo Pérez de Urbel, que le ofreció agua bendita

y le dio a besar el Lignum Crucis. Seguidamente, bajó palio, ya los acordes del Himno Nacional,

interpretado por el gigantesco órgano del templo, de 25 toneladas y 10.000 tubos, penetró en la cripta,

acompañado por su esposa, doña Carmen Polo, al mismo tiempo que las bandas estacionadas en las

amplias explanadas interpretaban el Himno Nacional.

Mientras que en el interior del templo se celebraba el solemne funeral, primero de los que de una manera

oficial se efectúan en esta basílica, presidido por el Generalísimo Franco y oficiado por el cardenal

primado de España y arzobispo de Toledo, doctor Pía y Deniel, en la balconada del basamento de la cruz,

al pie de la misma, y para que la oyeran las personas que no pudieron entrar en la basílica, fue oficiada

una misa, que siguieron, a través de los altavoces, los miles y miles de alféreces provisionales, los

afiliados, a todas las organizaciones del Movimiento y parientes de los caídos.

El interior de la basílica presentaba un aspecto impresionante, realzando su extraordinaria policromía la

esplendorosa iluminación. Preside el altar mayor la efigie del Cristo Crucificada. Más de cuatro mil

personas abarrotaban la inmensa basílica. En el lado del Evangelio se situaron los tenientes generales y

representaciones militares y, cerca de ellos, los caballeros mutilados. A la entrada del crucero, y también

en el lado del Evangelio, los miembros del Gobierno. En el lado de la Epístola, a la entrada del crucero,

los consejeros del Reino; a continuación, 37 prelados y seis abades mitrados, y ,detrás, las madres y

viudas de los caídos.

EL FUNERAL EN LA BASÍLICA

El cardenal primado de España se adelantó para recibir al Jefe del Estado, que, poco después, ocupó un

trono al lado del Evangelio. Otro trono, al lado de la Epístola, estaba reservado para el cardenal Plá y

Deniel. La Comunidad benedictina inició la solemne ceremonia entonando un Te Deum.

El Jefe del Estado vestía uniforme de capitán general y ostentaba las insignias de la Gran Cruz Laureada

de San Femando, y su esposa se tocaba, con mantilla española. Llegaron frente al altar, deteniéndose y

arrodillándose ante el mismo. A la derecha de doña Carmen Pelo se postró también el cardenal primado,

y, a la izquierda del Generalísimo, lo hizo el abad mitrado.

A continuación, el doctor Plá y Deniel se dirigió al altar y entonó las oraciones previa a la santa misa.

Durante el funeral, Sus Excelencias el Jefe del Estado y su esposa ocuparon sitiales situados en el centro

del crucero, del lado del Evangelio. En otros inmediatos se encontraban los jefes de la Casa Militar,

teniente general Ásensio; segundo jefe, general Laviña; jefe de la Casa Civil, conde de Casa Loja, y

segundo jefe e intendente, Sr. Fuertes de Villavicencio. En otro trono al lado de la Epístola se situó el

cardenal primado de España, doctor Plá y Deniel. Enel espacio entre ambos lugares, frente al altar mayor,

estaban el nuncio de Su Santidad, monseñor Antoniutti, y los cardenales de Santiago de Compostela,

Tarragona y Sevilla.

En lugares destacados al lado de la Epístola se hallaban los caballeros laureados, tenientes generales,

generales y representaciones militares, así como los caballeros mutilados. Al lado opuesto,

representaciones de alféreces provisionales mutilados, caballeros mutilados, parientes de los caídos y

prelados. También asistieron todos los gobernadores civiles y alcaldes de las diversas capitales españolas.

A la entrada del crucero, también del lado del Evangelio, se situó el Gobierno; al lado de la Epístola, el

Consejo del Reino, y al fondo, la Comunidad benedictina con su abad mitrado, fray Justo Pérez de Urbel.

En el lugar reservado a los parientes de los caídos, en el lado de la Epístola, había una numerosa

representación de familiar de caídos de provincias. Entre los parientes de los caídos de Madrid estaban el

duque de Calvo Sotelo, la duquesa viuda de Mola, la duquesa de Labajos, deudos de Ledesma Ramos y

viuda de Ruiz de Alda, entre otros.

El túmulo, recubierto con ricos paños bordados en oro y con un casco de acero sobre el aImohadón, se

hallaba al pie mismo de la tumba de José Antonio sobre la que habían sido depositadas las cinco rosas

simbólicas. El Cuerpo diplomático, la Junta Política, los subsecretarios, directores generales y consejeros

nacionales se hallaban, asimismo, en lugares de protocolo.

El primado efectuó la bendición de los ornamentos sagrados para dar comienzo al solemne funeral.

Acompañaron en la ceremonia al primado los presbíteros asistentes y los diáconos de honor, que

revistieron después, de pontifical, al doctor P1á y Deniel.

Inmediatamente comenzó la solemne ceremonia, en la que actuó el Coro de la Abadía, que interpretó la

misa gregoriana. Eran las once y veinte de la mañana. El solemne funeral duró exactamente una hora.

Terminado, el mismo el cardenal primado fue desvestido de los ornamentos sagrados y de la mitra y

revestido de capa pluvial negra, para oficiar en el responso ante el túmulo. Finalizada la emotiva

ceremonia a las doce y treinta y dos minutos, el primado se desvistió de la capa pluvial negra y se colocó

otra blanca.

En este momento, el Jefe del Estado y su esposa abandonan él trono que ocuparon al lado del Evangelio

y, bajo palio, salieron de la basílica, acompañados por la Comunidad benedictina. El Caudillo fue

acompañado hasta la explanada por los miembros del Gobierno en pleno, los tres capitanes generales de

Tierra, Mar y Aire, los tenientes generales, los caballeros laureados, y las representaciones militares y

civiles.

Al salir el Generalísimo se detuvo unos momentos para contemplar otra vez la monumental cruz.

Seguidamente se dirigió al templete levantado en estratégico lugar, de la gran explanada que existe ante

la,basílica y, a través de los micrófonos instalados, que expandieron su voz por altavoces, se dirigió a los

millares de alféreces provisionales y a los falangistas de la Vieja guardia, Frente de Juventudes, Guardia

de Franco, afiliadas de la Sección Femenina, representaciones, de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire y

otras muchas representaciones concentradas. Al aparecer en el templete la masa de personas estacionadas

debajo del gran balconaje aclamó .durante largo ,rato al Jefe del Estado. El Gobierno se colocó en

semicírculo al pie de la tribuna.

Texto del discurso del Caudillo

Españoles: Cuando los actos tienen la fuerza y la emotividad de estos momentos, en que nuestras preces

ascienden a los cielos impetrando la protección divina para nuestros caídos, las palabras resaltan siempre

pobres. ¿Como podría expresar la honda emoción que nos embarga ante la presencia de las madres y las

esposas de nuestros caídos, representadas por esas mujeres ejemplares aquí presentes que, conscientes de

lo que la Patria les exigía, colgaron un día las medallas del cuello de sus deudos, animándoles para la

batalla? (Grandes aplausos.) ¿Qué inspiración sería precisa para contar las heroicas gestas de nuestros

caídos; para poder reflejar el entusiasmo, segado tantas veces en flor, de los que con los primeros rayos

del sol de la mañana caían con la sonrisa en los labios al asaltar las posiciones enemigas, o para encomiar

la firme tenacidad de. los defensores de los mil pequeños "Alcázares" en que se convirtieron en la nación

las residencias de las pequeñas guarniciones o las casas cuartel de la Guardia Civil, defendidas hasta el

límite de lo inverosímil contra fuerzas superiores, sin esperanza de socorro; o para ensalzar el heroísmo y

el entusiasmo derrochados en las cruentas batallas libradas contra las Brigadas internacionales para

hacerles morder el polvo de la derrota; o para enumerar los sacrificios y los heroísmos de los que en los

2.500 kilómetros de frente mantuvieron la, intangibilidad de nuestras líneas; o para narrar la tragedia, no

menos meritoria, de los que sucumbieron a los rigores de los durísimos inviernos, o se vieron mutilados al

helarse sus extremidades bajo los hielos de Teruel o en las divisorias de las montañas; o para destacar la

serenidad estoica de los mártires que frente al fatídico paredón de ejecución morían confesando a Dios y

elevándole sus preces; o para exaltar la conducta de tantos sacerdotes martirizados, que bendecían y

perdonaban a sus verdugos, como Cristo hizo en el Calvario; o para presentar las virtudes heroicas de

tantísimas mujeres piadosas que, por sólo serlo, atrajeron las iras y la muerte de las turbas desenfrenadas;

o para reflejar la zozobra de los perseguidos, arrancados del renoso de sus hogares en los amaneceres

lívidos por cuadrillas de forafidos para ser fusilados; o para poder describir la epopeya sublime de aquella

Comunidad de frailes de San Juan de Dios que sobre una playa solitaria de nuestro Levante cayeron

segados por las ametralladoras, mientras con sus cantos litúrgicos elevaban a Dios un grandioso

hossanna? (Grandes aplausos.)

"NUESTRA GUERRA FUE UNACRUZADA"

Nuestra guerra no fue, evidentemente, una contienda civil más, sino una verdadera Cruzada, como la

calificó entonces nuestro Pontífice reinante; la gran epopeya de una nueva y para nosotros mas

trascendente independencia. Jamás se dieron en nuestra Patria en menos tiempo más y mayores ejemplos

de heroísmo y de santidad, sin una debilidad, sin una apostasía, sin un renunciamiento. Habría que

descender a las persecuciones romanas contra los cristianos para encontrar algo parecido.

En todo desarrollo de nuestra Cruzada hay mucho de providencial y de milagroso. ¿De qué otra forma

podríamos calificar la ayuda decisiva en que en tantas vicisitudes recibimos de la protección divina?

¿Como explicar aquel primer legado, providencial e inesperado, que en los momentos más graves de

nuestra guerra recibimos, cuando la inferioridad de nuestro armamento era patente y con el arrojo

teníamos que sustituir los medios, y que nos llegó, como llovido del cielo, en un barco con ocho mil

toneladas de armamento, apresado en la oscuridad de la noche por nuestra Marina de guerra a nuestros

adversarios? Ocho mil toneladas de material que comprendían varios miles de fusiles ametralladores, de

morteros, de ametralladoras y cañones con sus dotaciones, que constituían el más codiciado botín de

guerra que pudiéramos soñar y que desde entonces formó la primera base de nuestro armamento.

En aquellos momentos representaba esto mucho más que una gran batalla ganada, al restarse al enemigo

aquel potencial de guerra y venir a sumarse a nuestra fortaleza. Y no es una, sino varias las veces que, al

correr de nuestra campaña, se repetían los hechos provindenciales que nos favorecían. ¿Y qué pensar de

los desenlaces de las grandes batallas, cuyas crisis victoriosas, sin que nadie se lo propusiese, se

resolvieron siempre en los días de las mayores solemnidades de nuestra Santa Iglesia?

Sólo el simple enunciado de estos hechos justificaría esta obra de levantar en este valle ubicado en el

centro de nuestra Patria un gran templo al Señor, que expresase nuestra gratitud y acogiese dignamente

los restos de quienes nos legaron aquellas gestas de santidad y heroísmo.

"LA ANTIESPAÑA NO ESTA MUERTA"

La naturaleza parecía habernos reservado este magnífico escenario de la sierra, con la belleza de sus duros

e ingentes peñascos, con la reciedumbre de nuestro carácter; con sus laderas ásperas, dulcificadas por la

escensíón penosa del arbolado, como ese trabajo que la naturaleza nos impone; y con sus ciclos puros,

que sólo parecían esperar los brazos de la Cruz y el sonar de las campanas para componer el maravilloso

conjunto.

Mucho fue lo que a España costó aquella gloriosa epopeya de nuestra liberación para que pueda ser

olvidado; pero la lucha del bien con el mal no termina por grande que sea su victoria. Sería pueril creer

que el diablo se someta; inventará nuevas tretas y disfraces, ya que su espíritu seguirá maquinando y

tomará formas nuevas de acuerdo con los tiempos.

La antiEspaña fue vencida y derrotada, pero no está muerta. Periódicamente la vemos levantar cabeza en

el exterior y en su soberbia y ceguera pretender envenenar y avivar de nuevo la innata curiosidad y el afán

de novedades de la juventud. Por ello es necesario cerrar el cuadro contra el desvío de los malos

educadores de las nuevas generaciones. (Grandes aplausos.)

La principal virtualidad de nuestra Cruzada de Liberación fue el habernos devuelto a nuestro ser, que

España se haya encontrado de nuevo a sí misma, que nuestras generaciones se sintieran capaces de emular

lo que otras generaciones pudieran haber hecho. El genio español surgió en mil manifestaciones: desde

aquellas Milicias en que cristalizó el entusiasmo popular en los primeros momentos, y que formaron el

primer núcleo de nuestras fuerzas de choque, a los alféreces provisionales que nuestra capacidad de

improvisación creó para el encuadramiento de nuestras tropas, y que habían de asombrar a todos por su

espíritu y aptitud para el mando. Así iban surgiendo las legiones de héroes y la innumerable floración de

mártires. No importaba dónde si en la tierra, en el mar o en el aire; si entre infantes o jinetes, artilleros o

ingenieros, falangistas, requetés o legionarios. Era el soldado español en todas sus versiones. Sus sangres

se confundían en la Cruzada heroica en el común ideal de nuestro Movimiento. (Grandes y pro 1 o n g a

dos aplausos.)

NUESTRA VICTORIA FUE TOTAL Y PARA TODOS

Conforme los días pasaban el Movimiento calaba en las entrañas de nuestra Patria. Todo en nuestra

Nación se hacía Movimiento. No sólo marchaba con nuestras banderas victoriosas, sino que nos salía al

encuentro en las poblaciones que liberábamos. Nuestros himnos se musitaban en las cárceles, se

extendían por los campos, se susurraban en los hogares y salían al exterior como una explosión de cantos

de esperanzas al ser liberados.

Nuestra victoria no fue una victoria parcial, sino una victoria total y para todos. No se administró en favor

de un grupo ni de una clase, sino en el de toda la nación. Fue una victoria de la unidad del pueblo español

confirmada al correr de estos veinte años. Los bienes espirituales que sobre España se derramaron; la

coincidencia de pensamiento y el ambiente que hace fructífero el trabajo; la plenitud de seguridad, sin

zozobras, temores ni intranquilidad para el futuro; la firmeza y seguridad con que viene desarrollándose

nuestro progreso económicosocial; el afianzamiento de un clima de entendimiento y unidad y los ingentes

esfuerzos de engrandecimiento y transformación de la vida española, han creado un estado de conciencia

en toda la vida nacional, que ya no admite el viejo espíritu de las banderías y domina a todos un afán

común de participar en la gran tarea de resurgimiento y de transformación de nuestra Patria. (Grandes

aplausos.)

LAS BATALLAS DE LA PAZ

Con la victoria, como sabéis, no acabó nuestra lucha. A las batallas de la guerra siguieron las no menos

importantes de la paz, en las que desde el exterior se intentó la reversión de nuestra victoria y que dio

lugar a que se exteriorizase la fortaleza de nuestro Movimiento político, al unirnos como un solo hombre

en defensa de nuestra razón, y en el que cada uno desde el puesto que le correspondía en la vida habéis

venido asistiéndome con vuestra recia fidelidad.

Hoy, que hemos visto la suerte que corrieron en Europa tantas naciones, algunas católicas como nosotros,

de nuestra misma civilización, y que contra su voluntad cayeron, bajo la esclavitud comunista, podemos

comprender mejor la trascendencia de nuestro Movimiento político y el valor que tiene la permanencia de

nuestros ideales y de nuestra paz interna. (Grandes aplausos.)

Un defecto de nuestro carácter es el de realizar grandes esfuerzos para dejarnos caer más tarde en la

laxitud y en la confianza. En el tiempo que corremos no cabe el descanso. No es época en que se puedan

desmovilizar los espíritus después de la batalla, ya que el enemigo no descansa y gasta sumas ingentes

para minar y destruir sus objetivos. Se hace necesaria la tensión de un Movimiento político que, levantado

sobre los principios proclamados que nos son comunes, mantenga el fuego sagrado de su defensa.

Hoy sois vosotros, nuestros combatientes, los que por haber llegado a la mitad de vuestra vida cubrís

puestos en las actividades más diversas e importantes de la Patria, imprimiéndole una doble seguridad.

Interesa el que mantengáis con ejemplaridad y pureza de intenciones la hermandad forjada en las filas de

la Cruzada, que evitéis que el enemigo, siempre al acecho, pueda infiltrarse en vuestras filas; que

inculquéis en vuestros hijos y proyectéis sobre las generaciones que os sucedan la razón permanente de

nuestro Movimiento, y habréis cumplido el mandato sagrado de nuestros muertos. No sacrificaron ellos

sus preciosas vidas para que nosotros podamos descansar. Nos exigen montar la guardia fiel de aquello

por lo que (murieron; que mantengamos vivas de generación en generación las lecciones de la Historia

para hacer fecunda la sangre que ellos generosamente derramaron, y que, como decía José Antonio, fuese

la suya la última sangre derramada en contiendas entre españoles. ¡Arriba, España!

(Una enorme ovación acogió el final del discurso.)

 

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