Es necesario que enterremos para siempre lo anticristiano del viejo espíritu clasista  :   
 El generalismo enumera en un importante discurso los planes menudos y menos conocidos para destacar la variedad de los problemas sociales de España. 
 ABC.    02/04/1959.  Página: 34-41. Páginas: 9. Párrafos: 115. 

«ES NECESARIO QUE ENTERREMOS PARA SIEMPRE LO ANTICRISTIANO DEL VIEJO

ESPIRITU CLASISTA»

EL GENERALISIMO ENUMERA EN UN IMPORTANTE DISCURSO "LOS PLANES

MENUDOS Y MENOS CONOCIDOS PARA DESTACAR LA VARIEDAD DE LOS

PROBLEMAS SOCIALES" DE ESPAÑA

Finalizado el discurso los concentrados prorrumpieron en vítores y aplausos, que no cesaron hasta que el

Jefe del Estado abandonó aquel lugar, dirigiéndose a la parte posterior de la basílica, donde ha de

instalarse el Centro de Estudios Sociales. Procedió a su inauguración en la Sala Capitular del Monasterio

en presencia del Gobierno y de diversas personalidades, así como del abad mitrado. Allí pronunció el

siguiente discurso:

"Excelentísimos señores, señores: Hubiera quedado incompleta nuestra inauguración si después de

celebrar las solemnes exequias por nuestros héroes y mártires en el grandioso templo catacumba

excavado en la roca en que se levanta la cruz monumental que preside este Valle, no nos detuviésemos a

inaugurar también lo que, formando parte del conjunto,a spiramos sea elemento vivo de esta fundación:

este centro de estudios, dedicado a la investigación y al servicio de la justicia y de la paz social de nuestra

Patria.

LOS PROBLEMAS SOCIALES BAJO LA LUZ DE LA DOCTRINA DE LA IGLESIA

¡Cuántos males hubieran podido evitarse si los problemas sociales de nuestro tiempo hubieran sido

analizados serenamente bajo el signo de la Cruz y de las doctrinas de la Iglesia por hombres doctos y

preparados, y si el espíritu del Evangelio hubiese presidido las relaciones entre los hombres!

Está en los fines de esta fundación el que desde este lugar pueda seguirse la evolución del pensamiento y

de los avances sociales en el mundo, contemplados a través de la doctrina de nuestra Santa Madre la

Iglesia, e investigar sobre esta materia en nuestra Patria, celebrando Congresos y reuniones sobre temas

de carácter social, procurando intensificar las mejores relaciones humanas entre los elementos de la

producción y el disponer de un lugar de recogimiento donde, a su vez, puedan tener lugar ejercicios

espirituales especialmente dedicados a grupos de patronos, de técnicos u obreros.

Pero es difícil de comprender la grandiosidad de toda esta obra separándola de los grandes problemas de

nuestra Patria. Constituye dentro de ella una modestísima faceta que, sin embargo, hay que colocar dentro

del cuadro general de la política española.

Agotados todos los caminos de concordia y colaboración dentro de la República, a España, para salvarse

de su des, membración y de la anarquía, no le quedaba otro recurso que el de la revolución nacional, que,

encauzando sus energías vitales, abriese el camino a la instauración de un nuevo orden. Siglo y medio de

historia perdidos para la Patria habían llevado a la conciencia de todos los pensadores contemporáneos

que el sistema liberal era fatal para el progreso de la nación; y que la crisis política de la República hacía

imposible cualquiera solución parcial o contemporizadora.

El Movimiento Nacional, que en su iniciación fue una explosión de todo lo que eran las esencias vitales

de nuestra Patria en trance de perderse, alejado el supuesto de un triunfo fácil e inmediato, necesitó que se

le imprimiese una dirección y una doctrina.

Los españoles que acudían a las filas de la Cruzada lo hacían con la fe y la esperanza de forjar una España

mejor, de levantar una España nueva que, restableciendo la autoridad, el orden y la concordia,

transformase a la nación en lo social y en lo económico.3

No merecerían la pena los sacrificios que los españoles voluntariamente iban a imponerse si no éramos

fieles a ambiciones más altas, y obtenida la victoria dejábamos perennes las causas que nos habían

conducido a tan triste situación y no acometiéramos por todos los medios posibles la transformación

anhelada.

No nos bastaba con la firme decisión de rechazar el materialismo marxista a que el comunismo nos

arrastraba. Había que forjar un poderoso instrumento político, que concretar y definir un ideario, trazar

sus líneas maestras y decidir, con responsabilidad y rapidez, la orientación futura para nuestra Patria.

Esto no podía realizarse sin discriminar las causas que nos habían conducido a aquella triste situación,

extirparlas en sus raíces y construir sobre lo que siéndonos común constituía la sustancia de España y

estaba en el anhelo de la gran mayoría de los españoles, no sólo de los integrados desde los primeros

momentos en el Movimiento Nacional, sino también de cuantos en la zona roja esperaban con ansia su

liberación. Desembarazados los españoles de. las ligaduras políticas que les aprisionaban, muy pocos

habían de ser los que no ansiaban la salud espiritual, el orden, la autoridad, la disciplina, la justicia social

y el engrandecimiento de la Patria.

Si examinamos el grado de descristianización que nuestras masas laborales han venido sufriendo al correr

de los cuarenta primeros años de nuestro siglo, encontramos que ha existido una marcha paralela a la de la

expansión de la doctrina marxista y comunista en nuestra Patria. Resulta inexplicable que lo que por su

propia esencia es fuente y vida de lo social pudiera sufrir tal menoscabo como consecuencia de una torpe

política; pero no era sólo la fe la que padecía, sino que con ella naufragaban también los principios todos

de nuestra nacionalidad forjada al correr de los siglos.

UN ORDEN NUEVO REQUERIA LA MOVILIZACION DE, TODAS LAS ENERGIAS

Un orden nuevo requería la movilización de todas las energías nacionales al servicio del resurgimiento de

la nación, con la integración política de las instituciones naturales de convivencia. La abolición del

sistema liberal y de su secuela de los partidos políticos promotores de nuestra decadencia, la supresión de

la lucha de clases del predominio del sis tema capitalista.

Si por el materialismo ateo y la lucha de clases destructora que el marxismo en nuestra Patria patrocinaba,

hemos de rechazar cuanto en ese orden hay de pernicioso en sus doctrinas, sin embargo no debemos

dejarnos cegar por sus graves errores y dejar de considerar la ilusión que en cuanto a la aspiración de

una mejora social venía despertando entre las masas trabajadoras.

Dentro de aquel sistema liberal en que los intereses de los grupos y facciones predominaban sobre el

general y el público, ¿qué otro : programa podía atraer a las masas laborales menos dotadas? Aceptada

por la ley la lucha de clases y la explotación libre del hombre por el hombre, el encuadrarse en las

organizaciones de lucha y resistencia era consecuencia obligada; sin embargo, resulta paradójico que

pudieran abrogarse el monopolio de lo social quienes, atacando los cimientos de la economía,

especulaban para el logro de sus particulares ambiciones políticas con la miseria y la desesperación de los

de abajo. Y es que en aquel régimen, bajo el signo y la tiranía de los partidos, todo aparecía trastocado. La

Patria, el orden, las instituciones, la autoridad, el honor y las tradiciones, atacados y minados por la

izquierda revolucionaria, sólo aparecían defendidos por los partidos llamados de derechas. Cuantos

ponían por encima de todo egoísmo el servicio y la defensa de tan altos principios, en ella hubieron de

refugiarse. Lo mismo le acontecía a la Iglesia, que, atacada en sus más puras esencias y amenazada en sus

derechos por los partidos extremistas de izquierda, se veía artificialmente colocada al lado de las clases

conservadoras y capitalistas; sin embargo, nadie podía aceptar aquella situación en que la lucha de los

partidos les colocaba. Ni las ansias legitimas de justicia social de tantísimos trabajadores podían ponerse

en pugna con su fe de católicos, ni con su sentir de patriotas; ni tampoco consentir que se abrogasen el

monopolio de estos elevados sentimientos los otros sectores políticos de la derecha; ni menos el rebajar la

alta misión apostólica de nuestra Madre la Iglesia para confundirla en la pugna entre partidos.

PARA CAMBIAR EL TRISTE RUMBOPOR EL QUE ESPAÑA SE DESPEÑABA

El establecimiento de un orden nuevo, el planteamiento de la transformación políticosocial de nuestra

Patria, constituía una exigencia de aquella hora. Sólo el Movimiento Nacional podía ser capaz de cambiar

el triste rumbo por el que España se despeñaba.

No se trataba, pues, como algunos maliciosamente desde fuera han especulado, de defender unas

posiciones personales amenazadas, sino de salvar y transformar a toda la nación, realizando en la medida

de lo posible los anhelos de paz, de grandeza, de hermandad cristiana y de justicia social de cuantos

formamos la comunidad nacional; de utilizar todos los recursos técnicos y de todo orden para, en forma

continuada y progresiva, alcanzar sin grandes riesgos aquellas ambiciosas metas.

No nos bastaba con destruir un sistema político que, escindiendo a los españoles en facciones enfrentadas,

disgregaba las partes de la nación, destruyendo la obra de siglos forjadora de nuestra nacionalidad; que

fomentaba la lucha de clases ruinosa para la economía y que amenazaba con sumir a España en la miseria

y en la anarquía; que con sus divisiones y discordias alimentaba una guerra fría que forzosamente tenía

que acabar en una guerra real como la que sufrimos; que imposibilitaba el progreso y la transformación de

la nación y toda obra de buen gobierno; que minaba y destruía lo espiritual por el empuje del

materialismo más grosero y que extendía por el país el vicio y la delincuencia; que socavaba el principio

de autoridad; que estimulaba la rebelión y el desorden; que abandonaba el proceso de educación y

formación del pueblo para mejor explotarlo; que carecía de planes y de programas para la transformación

de la nación y mantenía un bajo nivel de vida entre todos los españoles. Había que formar una nueva

conciencia popular, encauzar todas las energías nacionales auténticamente sanas para la gran obra de

transformación de nuestra Patria, forjar un instrumento político de actualidad que recogiese, con los

anhelos de la nación, la mejor sustancia de nuestras tradiciones, que pudiese dar vida al orden nuevo que

un auténtico proceso histórico iba a alumbrar,

EL GRAN PROBLEMA POLITICO DE NUESTRO TIEMPO

El gran problema político de nuestro tiempo y que cada año se dibuja con más claridad es el del

peligro comunista. No el de la amenaza bélica, con ser ésta en si tan importante; sino el del poder e in

fluencia del comunismo para la subversión y la explotación del descontento.

El mundo no ha valorado debidamente el poder de captación de los agentes y la influencia del oro de los

comunistas para dirigir la subversión en los otros países. El hecho es que todos los valores de la

civilización occidental, las tradiciones y la propia existencia de las naciones viven amenazados ante la

crisis de los viejos sistemas, incapaces de satisfacer las exigencias y los anhelos económicos sociales de

los nuevos tiempos.

El planteamiento está bien claro: o se buscan soluciones políticas que, bajo el imperio de la unidad, de la

autoridad y del orden; encaucen los justos anhelo de los pueblos llevándolos a una eficaz transformación

económicosocial, o más pronto o más tarde acabarán sumidos en la oscura noche de la esclavitud

comunista.

A un programa que atrae hay que ofrecerle otro ideario que cautive. A una doctrina social que tíos

colocaba en pugna con nuestra fe y nuestros sentimientos hacia la Patria, otra que ofreciendo mejores

metas les sirva y estimule. A una problemática virtualidad roja, una segura eficacia blanca.

Por ello desde los primeros momentos fue necesario definir el orden político, que los españoles supieran

por lo que combatían y cuál había de ser la trayectoria, del régimen después de la victoria. Su carácter

eminentemente social lo acusaba la inquietud con que en aquellas primeras horas, en plena Cruzada, se

elaboró y pro.mulgó el Fuero del Trabajo, Carta Magna de nuestro derecho social, que había de presidir

nuestra política durante los últimos veinte años.

No se trataba de una inquietud extraña entre nosotros, pues colocada por la Iglesia en el primer plano por

las encíclicas, de nuestros Pontífices, vivía en los programas del Movimiento renovador y juvenil de la

Falange Española, que en aquellos angustiosos días de la República pretendía fundir lo nacional con lo

social en, un movimiento generoso de juventudes, e igualmente 1o sentían las instituciones castrenses,

que anualmente recibían las masas de los reemplazos en los llamamientos a filas y a través de ellos

sentían todo el abandono y las miserias sociales de nuestra Patria.

LO ESPIRITUAL OCUPA EL PRIMER PUESTO ENTRE NUESTROS IDEALES

Pero entre todo lo que había llevado a los españoles al Alzamiento una de las características más

destacadas ha sido la de la defensa de nuestra fe, de nuestra Santa Madre la Iglesia, escarnecida y

perseguida por la conjura masónicosocialista, que imprimió su carácter a la República que España venía

padeciendo. Lo espiritual reclamaba el primer puesto entre nuestros ideales como principal razón de

nuestra vida y más querida de nuestras tradiciones, que no en vano había venido siendo el alma y el

aliento de las que se llamaron nuestras guerras carlistas: Así desde el primer momento se definió nuestro

régimen político por el propósito de unir lo nacional y lo social bajo el imperio de lo espiritual.

Mas, volvamos a lo social, que tanto nos interesa en esta hora de la inauguración de este Centro de

Estudios Sociales, en que pretendemos que, bajo la luz de la doctrina de la iglesia, se examinen los

problemas económicosociales de nuestro tiempo y se indague la mejor, forma de servirlos.

No basta en lo social poseer unos ideales y suscribir unas definiciones. Es indispensable crear las bases

para la posibilidad de realizarlos. Hemos de tener en cuenta que lo económico y lo social son

interdependientes, marchan estrechamente unidos. Toda mejora social exige una base económica que la

haga factible, como no es realizable el progreso económico sin una sólida base social. Todo cuanto atente

a lo_ económico amenaza también las posibilidades sociales. Lo económico y lo social no son enemigos,

como las doctrinas socialistas pretenden, sino todo lo contrario, pues, sólo con el progreso económico es

posible la sustancial mejora de lo social. En las naciones ricas, en que la renta nacional por cabeza es muy

elevada, la mejora se hace fácil y posible sin que por ello sea afectado el progreso económico; lo

contrario sucede en una nación pobre y atrasada en que la renta por cabeza registra cifras ínfimas, en que

el nivel social forzosamente tiene que ser bajo; si queremos que éste se transforme y eleve,

necesariamente hemos de cambiar la base y propulsar lo económico.

Los que estudian estos problemas no han de olvidar que no vivimos aislados, sino en un mundo con el

que intercambiamos nuestros productos, que necesitan colocarse a precio en los mercados y que de

nuestra exportación dependen otras importaciones indispensables para la vida.

Hacer obra social no es halagar irreflexivamente las ansias legítimas de mejora, sino el enfrentarse con los

problemas agradables o no que estos anhelos entrañan y buscarles una justa y posible solución.

Así viene obrando el régimen que, con pasos firmes y seguros, ha llevado los avances de la legislación

social y de la capacitación profesional a un elevado nivel.

Para el progreso económico es indispensable, sin embargo, 1a paz social. Si en una nación rica la lucha de

clases puede conllevarse por no afectar al conjunto, llega, en cambio, a ser suicida en una sociedad

económicamente débil. Si dentro de un sistema liberal en que la lucha de clases es aceptada, la

paralización del trabajo constituye un arma legítima de combate, viene a ser catastrófico en las naciones

de economía débil. Con este motivo es conveniente recordar el inventario del mal llamado orden público

baja la República en el corto período comprendido entre 16 de febrero de 1936 y 15 de junio del mismo

año, y que figura en el "Diario de Sesiones del Congreso" de aquella época: el total es impresionantes 160

iglesias destruidas, 251 asaltos, 269 muertos, 1.287 heridos, 215 agresiones, 138 atracos, 69 centros

políticos destruidos y 312 asaltados; 113 huelgas generales, 228 parciales, 10 periódicos destruidos, 33

asaltados y 148 bombas explotadas. Todo esto en el solo corto tiempo de cuatro meses.

GRAVE PERIODO ECONOMICO

Los daños que la producción recibió con las huelgas generales y parciales fueron tan importantes que

afectaron gravemente a nuestra economía, que en los tiempos de la República descendió a su más bajo

nivel.

En este orden de 1a paralización del trabajo la sociedad moderna viene evolucionando, y un nuevo

concepto de considerarla perturbadora y dañosa viene abriéndose camino para, más temprano o más tarde,

acabar colocándola fuera de la ley.

Resulta aleccionador para los trabajadores que en la Rusia de los soviets, donde el marxismo ha alcanzado

su más alto grado, y que es la que más huelgas y perturbaciones sociales viene fomentando a través de sus

agentes en el exterior y de sus radios clandestinas excitadoras de huelgas, vengan aplicándose las más

severas penas no ya a los que colectivamente paralicen el trabajo, lo que allí no se concibe, sino al simple

trabajador que por una u otra causa disminuya su rendimiento en la tarea.

No se comprende que si en todos los campos del Derecho, el penal, el civil, el mercantil e incluso el

internacional, el sometimiento de las diferencias a la justicia constituya un signo de la civilización

moderna, cuando las diferencias surgen en el terreno de 1o social, en el que se ve afectado todo el

bienestar de la nación, su economja e incluso la libertad general de los ciudadanos, pueda abandonarse la

justicia en manos de la acción directa, de la justicia por la mano, estigma de las sociedades primitivas.

En nuestro caso no cabía opción, no habían de existir razones poderosas de equidad y de defensa de la

sociedad, y hubiera tenido que imponerse como imperativo ineludible para la salvación de la vida,

material de la nación.

El adelanto que España lleva a los otros pueblos en este orden es extraordinario. El perfeccionamiento

del derecho social es en nuestra Patria una realidad. La existencia de una Magistratura, independiente, con

su Sala especial de lo social en el Tribunal Supremo, es garantía de la justicia en lo laboral como en las

otras ramas del Derecho.

Pero no basta que las leyes, mirando por el bien común, establezcan y tracen las normas de la legislación

a aplicar, ni que la técnica económica las avale y que las organizaciones sindicales contribuyan a su

elaboración. El proceso de lo social entraña aspectos y características morales que en si constituyen un

hondo problema de conciencia, en el que la Iglesia tiene una misión a realizar.

Es necesario que obremos en cristiano y que sintamos la hermandad, que las relaciones humanas se

intensifiquen dentro de las empresas y que enterremos para siempre lo anticristiano del viejo espíritu

clasista. En esto puede tener este Seminario en particular un papel trascendente.

El primer paso para poder juzgar en el terreno de lo social es conocer bien el proceso de lo económico. En

esto ocurre como en la Medicina: existen las enfermedades y su terapéutica, pero lo verdaderamente

interesante es cada enfermo. Así, en lo económico, cada nación es un complejo que es necesario estudiar

y conocer para poder diagnosticar.

PROCESO HISTORICO DE LA SITUACIÓN DE ESPAÑA

Yo quisiera, como iniciación de las tareas de este Seminario, el exponeros esta realidad española, trazaros

con la brevedad posible un bosquejo de la España que recibimos y de los fundamentos de nuestra política

económicosocial al correr de los últimos veinte años.

No puede juzgarse de la situación económica y social de España, mirando simplemente el presente y sin

conocer las causas que nos han conducido a ella. Los males no vienen de ayer; se trata de un proceso

histórico que se dilata en el tiempo. Pocos son los españoles que se aperciben de la trascendencia que para

la economía de la nación tuvo la pérdida por España, en el año 1898, de la mitad de sus territorios, unos

500.000 kilómetros cuadrados, análogos a la superficie actual de España, y que comprendían tierras de

una gran riqueza, que han constituido naciones independientes tan ricas como Cuba, Filipinas y Puerto

Rico.

Con ello nuestra nación se vio privada de una parte importante de su población y de las producciones

tropicales complementarias de las de la metrópoli, comió el azúcar, el tabaco, la copra y otros muchos

productos y riquezas creadas por el esfuerzo de los españoles en aquellos países.

Abatida la nación por el infortunio y el pesimismo en sus clases directoras, se entregó a restaurar su

Hacienda con un criterio limitado y de corto alcance, que mirando exclusivamente a la nivelación

presupuestaria hizo abstracción de los gravísimos problemas que iban a afectar a la débil estructura de su

economía y que sentenciaba a los españoles para el futuro a un bajo nivel de vida.

Coincidió este proceso de reducción de nuestros territorios y sus consecuencias inmediatas con la

iniciación de la gran revolución industrial que el mundo inició, para la que España no estaba preparada

económica ni políticamente, y por la que marchó a remolque de los acontecimientos. Mientras el mundo

cambiaba, nuestra nación permanecía dormida, sin aspiraciones, resignada a constituir un pueblo pobre,

sin ambiciones y sin ilusiones; sin embargo, aquella transformación de Europa iba a afectar directamente

a nuestra economía, creándonos nuevas necesidades.

Con la electricidad iba a ser posible la expansión industrial. Los productos eléctricos pasaban a constituir

una primera necesidad para los pueblos. Los motores de explosión aplicados a la tracción habían de

transformar la economía de todo el transporte, y obligarían a plazo fijo a sustituir los carros por los

camiones y el granado de labor por los tractores. El petróleo pasaba de ser un producto lampante a

artículo de primera necesidad para las naciones. Con los abonos quí micos se alcanzan las grandes

producciones de la tierra y se hace posible su cultivo anua], pesando en forma decisiva

en el desarrollo de la agricultura. En la construcción naval con desterrados los viejos barcos de madera y

se da paso de gigante con la aplicación´ de los grandes motores para la tracción. Las grandes manufacturas

del algodón y de la lana arrinconan en poco tiempo á los viejos telares familiares de nuestros hogares

campesinos. Este proceso general de la producción iba a afectar en forma decisiva a la economía interna

de los pueblos, imponiéndoles nuevas importaciones indispensables para el sostenimiento de su vida.

Ante estas nuevas exigencias, ¿qué orientación, qué programas, qué planes de Gobierno se hicieron para

incorporarse a la marcha de las principales naciones europeas?

EL SISTEMA LIBERAL CONDENABA A LA PATRIA A SU RUINA

El sistema liberal, que abandonaba todo quehacer de Estado, esperando que vinieran a realizarlo los

particulares con sus iniciativas, condenaba irremisiblemente a la Patria a su decadencia y a su ruina. Sólo

modestos y felices esfuerzos privados, pero esporádicos y sin coordinación, se realizan en estos años,

pero que no logran evitar la pendiente rápida por la que la economía española se desliza.

El hecho es que la curva elevada en los consumos de esa gran gama de productos que nosotros no

habíamos decidido producir agobia progresivamente a nuestra economía y la nación se debate en un

esfuerzo prolongado para mantener un déficit bajo en su balanza comercial, que llega a estabilizarse entre

doscientos y trescientos millones de pesetas oro de desnivel en los años normales, y que se transforma en

quinientos millones de déficit en los tiempos más felices, en que por una mayor actividad y bienestar,

como ocurrió durante los siete años de la Dictadura, la industria trabaja y el pueblo español aumenta su

consumo.

Esta falta de planes económicos para la transformación y expansión de nuestra economía y el proceso

paralelo de un aumento progresivo de población y de consumo, tendían a que la situación se hiciese cada

día más angustiosa.

Paralelamente a este proceso venía desarrollándose desde los primeros años del siglo un clima de

inestabilidad social provocado por las organizaciones obreras, influenciadas desde el extranjero, con sus

perturbaciones y huelgas, que cohiben a la iniciativa privada en sus inversiones y ponen en peligro la

estabilidad de la producción. Los crímenes, atentados y lachas sociales, que creando un clima de anarquía

ensangrentaron durante varios años las calles de la Ciudad Condal, amenazaban a la propia existencia de

la vida industrial de Cataluña. El pequeño paréntesis de paz interna, de autoridad; de orden y de trabajo

que representó la Dictadura del general Primo de Rivera, y que llegó a abrir un horizonte de esperanza a

los españoles, y durante el cual se concibieron planes para la irrigación y transformación de nuestras

cuencas, se cerró por las maquinaciones de los partidos políticos y la falta de doctrina política en el

movimiento que aquél dirigió.

La vuelta a la base de partida constituyó una catástrofe para la nación, y con la implantación inmediata de

la República se abandonaron definitiva y solemnemente todos los planes que la Dictadura había

acariciado, para entrar en un período negativo y demagógico de persecuciones que, ahuyentando a los

capitales y paralizando las industrias y las obras públicas en marcha, arrastraron a la nación al más bajo

nivel de toda su historia contemporánea.

ESPAÑA SE DESLIZABA HACIA EL ABISMO COMUNISTA

El hecho es que España se deslizaba cada vez más rápidamente hacia el abismo comunista. La revolución

fracasada de 1934 fue una demostración palpable del proceso revolucionario que Moscú dirigía y que los

cabecillas de los Sindicatos obreros fielmente secundaban. El Frente Popular, también de iniciativa

soviética, se implantó en España en los últimos meses de 1935, para desencadenar la revolución

comunista desde el propio poder.

Las ilusiones que para el logro de sus ideales los sectores laborales habían puesto en sus organizaciones

de clase acabaron tras cinco años de desilusiones, que una conciencia republicana calificó de "sangre,

fango y lágrimas" en la monstruosa criminalidad de las checas, que distribuidas por la geografía de

España asesinaron a más de cien mil españoles.

Los tres años de nuestra guerra interna y el despojo que en su huida al extranjero realizaron los jerifaltes

rojos, agravó considerablemente la situación económica de la nación, al abandonar "saboteadas" las zonas

industriales españolas, agotadas de materias primas y el campo sin cultivo y desprovisto de la casi

totalidad de su ganado. La nación tuvo que pagar la guerra por los dos lados, y el Gobierno nacional tenía

que enfrentarse con los problemas todos de la economía española, sin auxilio de fuera y desprovistos de

las reservas y medios naturales con que todas las naciones suelen contar.

Cuando daba comienzo la recuperación española, la guerra universal que surgió a los pocos meses de

nuestra victoria, iba a poner a prueba la eficacia del régimen para reconstruirse y poder marchar en medio

de un mundo en llamas. Si la guerra de Liberación marca un hito trascendente con sus destrucciones y

despojos en la economía española, la guerra universal que inmediatamente la sigue iba a aumentar

notablemente las dificultades de nuestra recuperación.

Sólo analizando la situación de la economía española en los cuarenta primeros años de nuestro siglo y el

estado de destrucción y de vacío de que partimos, se podrá comprender la labor realizada en estos veinte

años, en que, pese a todos los sinsabores y dificultades, se ha transformado y cambiado el signo de la

economía española y preparado su futuro.

Las características que hasta entonces nuestra economía había presentado podrían definirse como de una

agricultura atrasada, de escasa producción, en la que el 65 por 100 de la población española mostraba un

bajo nivel de vida, y que sólo; en privilegiadas zonas levantinas e insulares se cultivaban con maestría los

frutos de nuestra exportación. Mientras del lado industrial, una industria atrasada tenía que importar una

gran parte de los elementos más esenciales a su vida.

LA TRANSFORMACIÓN ECONÓMICA, PREOCUPACIÓN DE LA CRUZADA

Estos hechos no constituían para nosotros ninguna sorpresa, pues nos eran bien conocidos, ya que desde

el comienzo de nuestra guerra de Liberación el problema económicosocial había reclamado nuestra

atención y a él le habíamos dedicado una gran parte de nuestras inquietudes, y temamos estudiada y

planeada la obra de transformación de nuestra economía y la de una paralela mejora social.

La promesa hecha a nuestros combatientes de alcanzar una España mejor no era un mero lirismo:

correspondía a una realidad sentida, a la existencia de planes y programas qué el tiempo había dé

demostrar no estaban levantados sobre la arena.

A la urgencia de perseguir la más pronta nivelación de nuestra balanza de pagos, se nos presentaba la

exigencia de orden social de establecer una política de pleno empleo, de asegurar a los combatientes al

regreso a sus hogares una tarea que realizar que los redimiese del paro permanente y estacionario, que en

tiempos de la República había superado la cifra de los 800.000 y que constituía una pesada carga para la

economía española.

Las necesidades se acumulaban en nuestro camino para atender a la reconstrucción de lo destruido, al

mantenimiento de nuestras comunicaciones en trance de colapso, a movilizar lo más rápidamente posible

la producción del campo en la zona que estuvo bajo dominio rojo, abandonado en los cultivos y

despojado de todo su ganado de labor, y la puesta en marcha de las industrias afectadas por las

destrucciones y carentes de materias primas. De todas partes se solicitaba una intervención y eficaz

ayuda.

La empresa pudo acometerse inmediatamente porque en Burgos, mientras nuestras tropas combatían, se

preparaban las batallas de la paz con sus planes de reconstrucción, de obras hidráulicas y de riegos, de

desarrollo de nuestra industria y de implantación de nuevos cultivos. Nada se había dejado al azar y para

cada necesidad se había establecido su correspondiente programa.

Si algo esperábamos lograr de facilidades y ayudas en el extranjero, en ultimo extremo confiábamos en

nosotros mismos y en la capacidad de sacrificio de nuestro pueblo. La guerra mundial encendida

inmediatamente vino a perturbar las facilidades de ayudas, teniendo que adaptarnos a las circunstancias,

pero sin desmayar. Una vez más, la voluntad de vencer había de ser decisiva para esta nueva batallat

Por donde quiera que se quisieran atecar nuestras cuestiones el problema mas grave que se nos presentaba

era el del desnivel desfavorable de nuestra balanza de pagos con el exterior, que nos privaba de fas divisas

indispensables que requería la transformación de nuestra economía. Privados por la guerra de las ayudas o

prestamos del exterior, sólo nos quedabannuestros propios recursos.

El examen de nuestras importaciones en los años anteriores a nuestra Cruzada nos presentaba una gama

de artículos en los que más de un tercio de la total importación correspondía a producciones agrívolas, de

las que una gran parte podrían ser obtenidas en nuestro suelo y otro 30 por 100 a productos industriales y

mineros cuya obtención o beneficio en España estaba dentro del orden de lo posible.

Si aspirábamos a una posible nivelación teníamos que atacar el problema produciendo en nuestro suelo

aquellos productos que por su cuantía e importe pesaban en forma más decisiva entre nuestros pagos.

Concentrando sobre ellos los planes de Gobierno y estimulando entre los particulares la producción de

aquellos otros productos propios de economías más reducidas.

El operar sobre las exportaciones entrañaba más dificultades, pues nuestros productos de exportación

tradicionales se reducían a los frutos y a los minerales, y de los primeros la reducida zona en que se

producen es de difícil aumento, y en cuanto a los minerales llevamos varios siglos explotando

exhaustivamente nuestros veneros; pero, pese a las dificultades, se realizó cuanto la técnica moderna

permite, lo mismo en prospecciones que en explotación y beneficio para aumentar sus producciones;

llegándose en orden a las exportaciones a que por vez primera hayan salido a los mercados del mundo

muchos productos manufacturados, entre ellos los barcos.

Queda sentado que no perseguíamos una autarquía en pugna con la vida de relación y el intercambio entre

las naciones, sino de producir aquello que en España se ofrece en condiciones favorables y liberarnos de

una carga que España no podía conllevar. .

Estas medidas no solamente afectaban al orden económico, sino que tenían importante repercusión en el

campo de lo social, pues representaban núcleos de producción, centros de trabajo, millones de horas de

trabajo en productos industriales, que cuando se importan van a beneficiar a otros países dejando ociosa

nuestra mano do obra.

NECESIDAD DE NUESTRA POLITICA ECONOMICA

La guerra universal vino a refrendar, una vez más, la necesidad de esta política. España nuevamente se

vio privada de una gran parte de los artículos de importación indispensables a su economía, pero que el

interés supremo de los beligerantes no les permitía facilitarnos.

Así hubieron de ser planteados los problemas de nuestros abonos químicos, del algodón y las fibras

textiles, de la madera y sus derivados, de los productos netrolíferos y aceites minerales, del tabaco; del

carbón mineral, de la electricidad, de los camiones, automóviles y tractores; del cemento, del bacalao, del

caucho, del hierro, del acero, del aluminio, de la maquinaria, de los productos eléctricos, de la Marina

Mercante, de la flota pesquera, del maíz y demás cereales, entre otros productos de menor cuantía.

Si se examina la curva que el consumo de estos artículos ha experimentado al correr de los últimos veinte

años, se comprenderá la gravedad que encierra para la nación el problema de sus importaciones y la

trascendencia de la batalla iniciada desde los mismos días de nuestra Cruzada para liberarnos de esta

penosísima carga, que de no haber sido superada en una gran parte hubiera puesto en gravísimo peligro la

propia existencia de la nación. Ya sólo refiriéndonos a dos productos, a los petrolíferos y a los abonos

químicos, podremos decir que en los primeros ha venido duplicándose su consumo cada cinco o seis años,

y los abonos químicos se ha duplicado el consumo del año 1935.

Y todo esto había de realizarse en silencio, ante la hostilidad que nos ofrecía una parte importante del

mundo exterior, al que no podíamos descubrir nuestro talón de Aquiles. No olvidemos que había muchos

países interesados en la conservación de una España pobre y campesina que no ceñíase, fácil presa para

sus maquinaciones, y unos gerifaltes rojos maquinando intrigas contra su Patria y explotando en su

provecho la impresión pesimista de los timoratos del interior.

La política económica de la nación no podía ser otra que la que desde 1938 España viene siguiendo:

fomentar por todos los medios posibles la extensión de sus zonas de regadío en las comarcas productoras

de artículos de exportación, intensificar las investigaciones y producción minera de los minerales de

exportación en trance de agotarse; fomentar nuestro comercio exterior con la conquista de mercados para

la exportación de nuestras modestas manufacturas, y, mirando al problema de las importaciones,

producir en España aquellos artículos que pudieran ser obtenidos en nuestro suelo en condiciones

favorables.

DESARROLLO SIN PRECEDENTES EN SU HISTORIA

El hecho real es que en estos veinte años España ha conocido un desarrollo económico sin precedentes en

su historia: la renta nacional total evaluada en pesetas constantes ha aumentado en un 80 por 100,

mientras que la renta "per capita" ha alcanzado un incremento de más del 50 por 100 en relación con la

del año 1940. Pese a contar con cinco millones de españoles más.

La producción industrial ha aumentado muy considerablemente: el índice medio del año 58 equivale al

235,5 por 100 de la producción de 1940. En los sectores básicos o de industrias de cabecera se han

logrado índices superiores al referido índice medio que varían desde el 300 por 100 para el acero y la

celulosa hasta el 2.500 por 100 para abonos nitrogenados, pasando por el 370 por 100 para el cemento,

500 por 100 para la electricidad y 2.000 para el aluminio.

El aumento de nivel de vida se acusa en los consumos "per capita", que han aumentado en la siguiente

forma: de un consumo anual de aceite de 8,21 litros por persona en 1940, se ha pasado a 16,26 litros en

1958; del de carne, de 12,82 kilogramos a 16,54, y de pescado fresco, de 15,24 kilogramos a 19,89 en el

mismo período; y en el consumo de azúcar, que fue de 5,46 kilogramos en 1944, llegó a 16,30 en 1958.

Si los avances de nuestra producción han tenido que ser forzosamente lentos, dada la situación del mundo

en la primera década y la falta de ayudas extranjeras, hoy, sin embargo, se incorporan anualmente al

acervo industrial y agrícola de la nación nuevas e importantísimas producciones, en las que ya empiezan a

pesar en forma eficaz las ayudas económicas norteamericanas derivadas de nuestros acuerdos.

Es paradójico, sin embargo, que precisamente cuando nos hallamos en pleno resurgimiento y nuestras

realizaciones nos aproximan a las nietas marcadas, y por tantos conceptos la situación económica se

presenta óptima, sea cuando nuestros irreductibles enemigos desaten en el exterior una campaña de

calumnias contra nuestra Patria, intentando presentarla, poco menos que en ruina. Esto debe recor darnos

que nuestros adversarios no descansan y que el oro y las consignas de las radios soviéticas son

servilmente secundados por los tradicionalmente implicados en el servicio de la antiEspaña.

Mas si descendemos de los grandes problemas a los más modestos esparcidos por la geografía española,

nos encontramos con el mismo abandono secular de la´acción estatal. Me refiero a cuanto afecta a esos

numerosos núcleos de campesinos que, constituyendo una parte importantísima de la población española,

gravitan sobre unas misérrrimas tierras de secano, de condiciones meteorológicas generalmente adversas,

y que presentan un nivel de vida tan bajo que, por su número, afecta al general de la nación.

Sólo conociendo las características meteorológicas de nuestras mesetas, con su irregularidad en las

precipitaciones, así como la pobreza de sus suelos, puede explicarse toda la tragedia de este secano

español, donde una población agrícola agota sus esfuerzos sobre suelos estériles.

Es aleccionador que haya sido en nuestra época y bajo nuestro Régimen cuando por vez primera se ha

planteado y acometido cuanto afecta a la situación, mejora y encauzamiento de este sufrido sector

campesino. No está en el secano la solución de la reforma social de nuestro campo, sino en la

transformación en regadío y en una industrialización que absorba sus excedentes. Interesa urgentemente

la concentración parcelaria de lo que se considera útil, pero también la transformación en pastizales o la

repoblación de las tierras marginales que no reúnan condiciones favorables para su cultivo.

EL CAMPO ESPAÑOL PIDE QUE. LE CUREMOS SU SED

El campo español lo que pide es que le curemos su sed. Que le llegue pronto el agua de los grandes o de

los pequeños regadíos, la seguridad de sus cosechas, que se les libre de la angustia de vivir mirando a las

nubes y de sufrir con ellas. El agua es el camino de su única y verdadera redención.

Pero no todas partes puede llegar el agua, y son bastantes las comarcas y zonas montañosas en las que

aparece ubicada población española unida con un amor casi milagroso a su terruño inhóspito. En ellas

está la cuna de nuestros famosos pastores. Allí nacen nuestros grandes ríos, y sobre sus laderas se

extendieron un día nuestros grandes bosques, antes de que las guerras y la incuria de los hombres los

talara al correr de los siglos. Componen esas extensas comarcas afectadas por nuestros planes de

repoblación forestal de importancia trascendente y que no todos aciertan a comprender.

Yo quisiera dejar bien sentada la trascendencia de nuestra repoblación arbórea; su importancia económica

al crearse una riqueza positiva de muchos miles de millones, que aumentará sensiblemente nuestra, renta

nacional, satisfaciendo nuestra necesidad de madera y de celulosas, y que ha de llegar a constituir el más

importante ingreso de las Diputaciones, Ayuntamientos y aún del presupuesto del propio Estado, que no

han de pasar muchos años sin que constituya también uno de los principales productos de nuestra

exportación. Su necesidad es, por otra parte, ineludible si queremos evitar la degradación y erosión de

nuestras tierras y el aterramiento de los cauces de nuestros ríos y de los pantanos, que de no realizarse, en

pocos años podría anular todo el valor de nuestras grandes obras hidráulicas. Y el tercero y más

trascendental, su importancia social al constituir un elemento de primer orden para evitar el paro

estacionario de la agricultura, al tiempo que crea una riqueza que redimirá a muchos pueblos de la

montaña de su miseria secular. Así podemos afirmar hoy que la comarca de las Hurdes, que por abandono

de siglos llevaba una vida lamentable con taras de degeneración fisiológica, se encuentra ya en camino de

ser en muy pocos años de los pueblos más ricos de nuestra Patria, por haberles formado una riqueza

forestal importantísima.

Esta gran obra, que hemos podido acometer hoy por disponer de los brazos suficientes en el campo,

especialmente en épocas en que disminuye la intensidad de las labores, seguramente no podríamos ya

hacerlo, en un mañana inmediato, en que la industria nos absorberá toda la mano de obra disponible.

Si de las montañas descendemos a las costas, también allí hemos tenido que luchar en firme para resolver

a nuestras concentraciones de pescadores los hondísimos problemas sociales que les angustiaban. Si no se

los hemos resuelto todos, es mucho y muy eficaz lo conseguido, y nuestro resurgimiento naval y

modernización de las flotas pesqueras contribuye a absorber una, parte muy Importante de esta población

marinera.

Como veis, por donde quiera que tendemos la vista tropezamos con un abandono secular y unos

problemas a través del tiempo acumulados, que ni pueden abandonarse, ni resolverse todos de una vez

con la celeridad que desearíamos, y salvadas las medidas de urgencia, hay que otorgarles su puesto de

prioridad dentro de nuestros planes generales.

NUESTRO MOVIMIENTO ESTA AL SERVICIO DEL BIENESTAR

He querido hacer este ligero bosquejo de los planes menudos y menos conocidos, para destacar la

variedad de los problemas que en el orden social en nuestra nación se presentan, agravados por el correr

de los años, y destacar mejor el vigoroso espíritu de resurgimiento en todos los órdenes de la vida

nacional.

Si el objetivo de un movimiento político es despertar y aunar las inquietudes y fuerzas nacionales,

encauzándolas al servicio de la transformación del bienestar de la nación, nunca mejor servido que bajo el

signo de nuestro Movimiento.

Queda inaugurado el Centro de Estudios Sociales del Valle de los Caídos."

 

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