Autor: Piñar López, Blas. 
   El mártir y la rosa     
 
 ABC.    02/04/1959.  Página: 39. Páginas: 1. Párrafos: 6. 

EL MARTIR Y LA ROSA

Fue ayer por la mañana. El sol lucía como nunca y ponía un nimbo de paz en la cruz de piedra del Valle

de los Caídos. El verde de los pinos era más intenso y una brisa fresca venía de los picos cubierto por la

nieve.

Boinas rojas y camisas azules. Banderas. El mutilado ciego, del brazo de su hijo adolescente. Las viudas

enlutadas y llorosas. Y el pueblo, un pueblo con sentido de quehacer histórico, con una conciencia clara

del momento. Allí nos habíamos dado cita todos, a los veinte años de la victoria, para celebrarla con el

mejor de los actos: el recuerdo en oración y en piedra del más grande de los monumentos de nuestro

siglo.

Todo ha sido bello y sagrado. El funeral solemne, el canto gregoriano, la postura y emoción de los fieles,

la llegada y el discurso de Franco.

Hubo un instante como ninguno. El cardenal de Toledo iba a consagrar. La basílica en ascuas, quedó a

oscuras y en silencio absoluto. Se hizo de noche en aquel recinto impresionante. Luego, al primer toque

de la campana, que anuncia la elevación de la Hostia, un cono de luz, hiriendo la negrura, se posó sobre la

talla humana y divina a la vez del Cristo moribundo del altar y sobre las manos temblorosas del oficiantei

que levantaban al Cristo blanco de la Eucaristía.

Terminó el funeral. Quedó vacío el templo. En la bóveda, tejida de mosaicos y colores, el Cristo glorioso

y su Madre, María, y los santos de España. Abajo, exactamente debajo, el túmulo negro, con un casco de

combatiente y los cirios con el trémolo agitado de sus llamas. Más adelante, una losa gris con un nombre:

José Antonio, y encima, una rosa roja y fresca.

Estábamos a I de abril de 1959. Veinte años de la fecha inolvidable en que se hizo realidad la profecía:

´"Volverán banderas victoriosas" Y las banderas estaban allí, dóciles a la brisa de la, sierra, entre los pinos

verdes, custodiando la sangre derramada, respirando el perfume de aquella rosa roja y fresca. La primera

rosa de abril, que había florecido otra ves, coma una esperanza joven, sobre la tumba del mártir.—Blas

PÍÑAR.

 

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