Autor: Fanjul, Serafín. 
 Las relaciones España-Marruecos (II). 
 Actitudes de la izquierda española ante la crisis en el Norte de África     
 
 Informaciones.    14/03/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 12. 

LAS RELACIONES ESPAÑA-MARRUECOS (II)

ACTITUDES DE LA IZQUIERDA ESPAÑOLA ANTE LA CRISIS EN EL NORTE DE AFRICA

Por Serafín FANJUL

MADRID, 14.

LA cuestión, aquí y ahora, es si se están repitiendo los mismos juicios, los mismos desdenes, idénticas

valoraciones ignorantes o interesadas de antaño. En principio, debemos distinguir entre actitudes de

partidos diferentes y en puntos concretos, mas, no obstante, el común denominador de fondo señalado

para los años 30 sigue operando (instrumentalizar para o por razones internas las relaciones con el

Magreb). Veamos cómo.

Para empezar, convendría que se hicieran realidad los buenos deseos expresados por J. Goytisolo y R.

Mesa en «El País» (22-12-77): «... todavía está latente el paternalismo que imperó en la izquierda europea

en fechas aún recientes. Dicho con otras palabras. Se corre el grave riesgo de convertir la lucha

tercermundista en un instrumento de uso interno.» Perfecto. Lo malo es que la lucidez de apreciación se

aplica, según y cómo incluso por un profesional serio (y que merece toda mi consideración) como

Roberto Mesa, que, unos días antes, desliza impertérrito un juicio tan poco matizado y tan poco

defendible como «óptica de reforzar a un Gobierno autoritario (Marruecos) en el norte de Africa frente a

otro Gobierno no autoritario como es el de Argelia («Mundo Obrero» 10-11-77). Y es que se podrá

justificar como se quiera el autoritarismo del régimen de Argel, pero no ignorarlo. Y autoritario es palabra

suave para aplicar a un régimen de partido único que gana plebiscitos y elecciones presidenciales por el

99 por 100 de los votos. ¿Es poca reflexión, frivolidad, necesidad de justificar algo (en este caso, el F.

Polisario) a todo trance? Y salta a la vista entre las contradicciones enormes que la confrontación Argelia-

Marruecos suscita, que los mismos J. Goytisolo y R. Mesa soslayan abordar el asunto del Sahara. Por una

razón evidente a cualquier observador de la cuestión: sostienen posturas encontradas en el tema, lo cual es

positivo, pero al menos así debe reconocerse.

SIMPLISMO

Pero sigamos con la lucidez de juicio que el norte de Africa provoca entre nuestros izquierdistas. Felipe

González, a su regreso de Argel, nos descubre la piedra filosofal: «Lo mejor es mantener buenas

relaciones con Argelia y con Marruecos.» Y nosotros sin caer ,en ello. De seguida, González pasa a

documentarnos: «El Gobierno actual español está más cerca desde el punto de vista político o estratégico

de lo que representa Marruecos, y el P.S.O.E. está más cerca de lo que representa Argelia»

(INFORMACIONES, 31-1-78). O muy seguro está de que sus electores no tienen ni idea de lo que hay en

Argelia, o él mismo no tiene ni idea. Ni le importa tenerla.

Y cuando un diario como «El País», cuyo antimarroquismo es notorio, decide proclamar: «Los sectores

comprometidos con el Polisario (...) abandonen las tentaciones de enfocar de manera simplista o

emocional un problema complejo y que es manejado con toda frialdad por otros países» (28-1-78), a los

pocos días (1-2-78) acusa a la Monarquía marroquí de «chantajear y dar consejos» porque ésta esgrime su

derecho a dejar pescar, o no, en sus aguas o al recordar que aún hay pendiente un contencioso territorial

entre los dos países. Y en este terreno de explotación del patrioterismo, tan epidérmico en España, se

empantana hasta «M. O.» (2-2-78): «Hassan II viene a dar consejos sobre lo que España debería hacer.»

Y el mismo semanario (19-1-78) incurre en soterrada prepotencia y superioridad cuando C. Gutiérrez se

mofa de la «marcha verde» (a estas alturas) en el sentido que lo hizo en su día TVE, y con los resultados

que todos sabemos: si alguien hizo el ridículo, no fueron los de la «marcha verde». Y para terminar, el

mismo C. Gutiérrez lamenta en «M. O.» que España no haya sabido desarrollar una política

neocolonialista al estilo de la francesa de implantación efectiva, mal que pese a la ficción de las banderas

y los himnos: «Ni siquiera hemos tenido la inspiración francesa de crear una comunidad de intereses,

nacionales y no individuales, que prolongue sobre nuevas bases las antiguas relaciones.» Y eso lo espeta

«M. O.». Realmente, Lenin ha caído de los altares.

TENSIONES

En el momento actual es el tema del Sahara donde confluyen las mayores tensiones y las más encendidas

proclamas de la izquierda, que intenta hacer olvidar su anterior (anterior al 14-11-75) marginamiento del

problema a base de agitar la bandera del Polisario. Con ignorancia de los argumentos socio-históricos

marroquíes que son sólidos, y de la realidad presente (que el territorio ya forma parte de Marruecos a

todos los efectos). Por cierto, el 14-11-77. P.S.O.E., P.S.P., P.C.E., O.R.T., P.T. y M.C. declaran que hay

que anular los acuerdos tripartitos porque 1, marginan al F. Polisario (que sin Argelia no tiene la más

mínima entidad, lo cual estos partidos se obstinan en no ver, aunque, curiosamente, el P.C.E. incluye en

sus propuestas políticas para el IX Congreso, a Argelia como uno de los interlocutores en la cuestión,

palmario reconocimiento del papel decisivo que este país está desempeñando y cuyo viraje en el asunto es

innegable: pasar del «apoyo total» a Marruecos suscrito por Bumedián en la Conferencia de la O.U.A.,

Rabat, 1973, al presente intervencionismo armado); 2, por solidaridad con el pueblo saharaui «que ha

demostrado su unidad como tal» (cuando sólo fragmentariamente, algunas tribus se han refugiado en

Argelia), y 3, porque «los intereses de España son coincidentes con las aspiraciones del pueblo saharaui».

Este último argumento es el más sorprendente de todos. Claro que, bien mirado, si Marruecos enseña sus

bazas (que son muchas), basta con calificarlas de chantaje y ofensa al honor español de parte del «moro»

que, ya se sabe, es muy traicionero, etc. Por eso, los firmantes reclaman «medidas conducentes al logro de

la distensión en la zona, en base al reconocimiento de los legítimos derechos del pueblo saharaui y del

interés de los pueblos de España». En este final del comunicado resalta: l.° La pregunta de cómo van a

conseguir la cuadratura del círculo (distensión mediante marcha atrás de la situación de hecho, lo que para

Marruecos seria exótico). Quizá con la piedra filosofal que nos proponía (v. supra) el señor González, y

2.º La marginación sistemática de la postura marroquí que, literalmente, no existe, ni figura en ninguna de

estas valoraciones, comunicados, declaraciones, discursos. Se parte de un axioma que se juzga

indiscutible («representante indiscutible el F. Polisario», dice el P.C.E. en sus propuestas políticas) y, por

tanto, para qué molestarse en consideración histórica ni cultural de ningún tipo. Y, desde luego, olvidando

exprofeso la situación: la implantación marroquí es cada vez más sólida.

RETORICA

En esta cuestión se alambican sin mucha fortuna elementos diversos: emocionalismo, demagogia,

política-ficción y retórica. Ojeemos unos párrafos de A. Coca, a raíz del secuestro de los pescadores

españoles (M. O., 24 de noviembre de 1977): «Las imágenes de los campos de refugiados, donde se

hacinan las mujeres y los niños de un pueblo que ha sido expulsado de su tierra, bastan por sí solas para

colmar de razón la lucha del F. Polisario.» Aparte la dramatización, surgen algunas observaciones, las

principales son que no está nada claro que todos los saharauis —y familias— que en la actualidad están

en Argelia se encuentren allá de buen grado y qué en estos momentos es imposible saber qué proporción

de saharauis apoya al F. Polisario, pues no todos, ni mucho menos, están en Argelia.

Más adelante, el mismo articulista A. Coca enseña el consabido reflejo, cuando menos paternalista:

«España puede y debe mantener lazos especiales con la joven República (...), baste citar como ejemplo las

posibilidades de comunicación lingüísticas e incluso culturales entre ambos pueblos.» Naturalmente, se

referirá a posibilidades en castellano, porque que yo sepa —y sé un poco del asunto— aquí el árabe no es

precisamente una lengua ni extendida ni apreciada. Y en cuanto a lo bien que aprovecha España sus bazas

culturales no está de más recordar que en el norte de Marruecos el castellano vivo está muy próximo a su

extinción ante nuestra satisfecha indiferencia.

Por último, este mismo periodista cae en la ya habitual suspicacia de que España está «haciendo el juego»

neocolonial francés. De por sí, eso no sería nada nuevo, pues ya lo hizo —y cumplidamente— en los años

de la Monarquía anterior, de la República y del Frente Popular (ese fue el sentido de la guerra colonial, de

la ocupación y del empecinamiento en mantener un protectorado que no producía dividendos sustanciales,

como veíamos más arriba). Por lo demás, la suspicacia es exagerada porque en los últimos tiempos se

vislumbra que bajo el apoyo aparente (más a Mauritania que a Marruecos), lo que París busca es una

situación de núcleos débiles en el Magreb, que perpetúe su influencia y está tan poco interesado en un

Marruecos fuerte como en una Argelia hegemónica. Si hay potencias que apoyan a Rabat hay que

buscarlas en otro sitio.

 

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