Autor: San Martín Montilla, Eduardo. 
   Una polémica estéril     
 
 El País.    11/10/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

Una polémica estéril

EDUARDO SAN MARTIN

Durante varios meses, este periódico ha venido siendo vehículo de una extensa y prolija polémica sobre el

conflicto del Sahara occidental, su origen y la posición del Gobierno y los partidos políticos españoles en

torno al problema. Iniciada en mayo con una serie de artículos del escritor Juan Goytisolo, y seguida por

una respuesta de Pedro Costa Morata, el debate ha continuado más recientemente con un comentario de

Emilio Menéndez del Valle, con una réplica de Goytisolo a Costa Morata y, ahora, con una contrarréplica

de éste. Llegados a este punto, la polémica debe cesar, al menos en los términos en que venía siendo

planteada. De nada sirve dar vueltas una y otra vez sobre la mala conciencia colectiva de una buena parte

del pueblo español, expresada a través de sus partidos, o acudir a los arraigados prejuicios antimoros del

pasado en apoyo de posturas que se defienden —se han defendido— con mejores argumentos.

Solución negociada del conflicto

En un momento en que comienza a verse con relativa claridad la perspectiva de una solución negociada al

conflicto, aún con enormes dificultades, no parece demasiado útil empeñarse en defender o poner en duda

la naturaleza revolucionaria o progresista de un régimen militar que dura trece años, ni pretender que la

existencia o carencia de esa cualidad sanciona para los restos una determinada política exterior. Ni

apoyarse en el carácter feudal, o no, de otro régimen para extraer las mismas consecuencias, pero en

sentido inverso. Como tampoco parece oportuno recurrir con insistencia a los derechos históricos de un

pueblo u otro sobre un determinado territorio, porque si ésa sola cédula de propiedad bastase para

certificar el mejor derecho de una comunidad sobre otra, habría que reabrir a estas alturas numerosos

dossiers descolonizadores.

Desde que Juan Goytisolo escribió su primera y densa serie de trabajos, y casi coincidiendo con la

apasionada respuesta de Costa Morata, nuevos datos han venido a alterar sustancialmente los términos en

que, hasta entonces, se planteaba la cuestión. El nuevo régimen instalado el 10 de julio en Mauritania —

un Estado artificial creado por la descolonización como «puente» hacia la antigua África Occidental

Francesa— no está dispuesto a defender por más tiempo sus supuestos derechos históricos sobre un

pedazo de desierto a costa de poner en peligro su propia supervivencia como Estado independiente. Por

otra parte, el Gobierno centrista español, aunque sea a través de la «diplomacia paralela» puesta en

marcha por Javier Rupérez y Raúl Morodo, parece entender que no debe mantener por mucho tiempo

más, en las actuales circunstancias, un alineamiento de hecho con una de las partes en conflicto, y todo

sugiere su intención de buscar —por si pudiera jugar en la paz un papel más airoso que lo fue en la

guerra— una posición lo más equidistante posible. Proceso de revisión de posturas que también ha sido

emprendido, desde un punto de partida totalmente contrario, por los partidos de la izquierda española.

Nuevos datos

El papel jugado por Francia en el golpe de Estado mauritano de julio y el freno que puso la guerra a los

planes económicos al largo plazo de Rabat son también dos e importantes nuevos datos. Como el

acercamiento de la diplomacia argelina hacia Francia y la suspensión de las escaramuzas de la guerrilla

polisaria en territorio mauritano. Y todo indica que incluso las últimas advertencias marroquíes a Argelia,

con la eventual amenaza de un choque armado entre los dos Estados magrebíes, es un producto más de la

nueva situación.

En noviembre de 1975 se nos impuso a los españoles una situación de hecha y los desafortunados, y hasta

tenebrosos, pasos de la última descolonización española en Africa favorecieron y justificaron un

alineamiento radical de posturas y la defensa de unos principios morales que seguirán siendo válidos,

cualquiera que sea la solución a la que ahora se llegue. La consciente pasividad —que no neutralidad—

del Gobierno español a todo lo largo del conflicto coloca de nuevo a los españoles ante otra situación de

hecho, esta vez impuesta desde el exterior. Entiendo que es en estos nuevos términos en los que debería

situarse, a partir de ahora, toda polémica sobre el Sahara, si ésta quiere ser realista y útil a los intereses

españoles. Y ahora ya no debería haber justificaciones extrarracionales.

 

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