Autor: Goytisolo, Juan. 
   La oposición, en la primera línea del nacionalismo marroquí (3)     
 
 El País.    07/10/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

TRIBUNA LIBRE

La oposición, en la primera línea del nacionalismo marroquí /3

JUAN GOYTISOLO

3. Para Costa Morata, «la base de la argumentación marroquí —y de Goytisolo— está en los pretendidos

e inagotables derechos históricos sobre buena parte de Africa del Norte, recogidos y formulados por Allal

el Fassi, líder del Istiqlal».

Si va a decir verdad, mi referencia a los derechos históricos marroquíes sobre el Sahara occidental

ocupaba una media columna de una treintena de líneas en el segundo de los siete artículos publicados en

EL PAÍS sobre el tema (fechado el 18-5-78). No constituye, por tanto, la base de mi argumentación, sino

un elemento más de la misma. Dicho esto, cuando nuestro autor asegura tranquilamente que las

reivindicaciones marroquíes «sobre el Sahara occidental están desprovistas de fundamento histórico, y

quiebran en lo político, pero fueron alimentadas por (sic) la retrocesión de la «zona sur del protectorado

(que nada tiene que ver con el Saguiet-el-Hamra y Río de Oro) y que tampoco había correspondido nunca

a Marruecos», manifiesta un desconocimiento de las realidades históricas del Magreb sólo comparable en

magnitud al de su confesada ignorancia de la literatura —revelada, por otra parte, en la embrollada

sintaxis de párrafos como el que acabamos de citar— o su serena, imperturbable autosuficiencia. Sin

necesidad de remontarnos a las obras ya clásicas de Suret-Canal, Dresch, Couland, etcétera, la reciente

publicación de dos estudios bien documentados consagrados al tema, obra de autores no marroquíes como

Rezette o Attilio Gaudio le permitirá colmar, espero, esta «laguna» informativa (aunque mejor sería

hablar aquí de «lago Michigan»). En cuanto a lo de que el Sahara occidental no tuvo nunca nada que ver

con la «zona sur del protectorado», aconsejo a nuestro autor que consulte la fotocopia del documento

oficial español, fechado el año 1942, que transmití a EL PAÍS junto con mis artículos en el que se refiere

expresamente al Sahara como «zona sur del protectorado».

Prosigue Costa Morata: «Convendría saber, para enjuiciar debidamente sus fervores, cómo es el mapa del

Marruecos histórico que Goytisolo propugna, incluyendo sus opiniones sobre Mauritania.» En el

comentario favorable a las propuestas de Fernando Morán que figura en el último artículo de mi serie

(«mantener el actual status de Marruecos en el Sahara, crear una confederación saharaui-mauritana en la

que tendría alguna influencia Argelia, consolidar las fronteras de este país con Marruecos, que en el

reparto colonial fueron adversas a los marroquíes») —propuestas que, para nuestro autor, le «resultan un

engendro incalificable»— hallará la respuesta a su pregunta. Una cosa es defender la evidente

marroquinidad de Saguiet-el-Hamra, Ceuta y Melilla, y otra muy distinta la de Mauritania, Malí o el

Califato de Córdoba. Identificar el irredentismo histórico con el fascismo, y lanzarse a partir de ahí a un

juego vertiginoso de asimilaciones del orden nacionalismo marroquí = fascismo = Allal el Fassi =

oposición = postura de Goytisolo muestra de nuevo a las claras los procedimientos de amalgama de Costa

Morata. Añadiré que, para situar correctamente la lucha nacionalista de líderes como Allal el Fassi y

Nasser hay que tener en cuenta el contexto histórico de la época: los opresores de sus pueblos eran los

países «democráticos» europeos y, para combatir con ellos, nada más lógico que, como dijera Churchill,

aceptaran aliarse con el mismo diablo. Motejar de «nazismo» a Allal el Fassi me parece tan eurocentrista,

injusto y erróneo como el viejo argumento sionista acerca del pasado fascismo de Nasser o del nazismo

actual de Gaddafi.

4. Prosigamos con Costa Morata: «Poco hay que saber de Tercer Mundo y de socialismo para que resulte

inexistente un régimen de «libertad, participación y democracia» que Goytisolo parece haber encontrado

en Marruecos.»

Lo de «libertad, participación y democracia» figura entre comillas, lo que indica, de cara al lector, que

nuestro autor está citando una frase mía. Ahora bien, yo no he dicho ni escrito jamás algo semejante e

invito a Costa Morata a que me procure —nos procure— sus fuentes. No contento con deformar y

caricaturizar mis posiciones, me atribuye frases que no han salido nunca de mi pluma. ¿Es ésta la

«seriedad» que tan a menudo invoca? (Probablemente la memoria le ha jugado una mala pasada

confundiendo mis textos literarios sobre la libertad del juglar en el espacio de juego de Xemáa-el-Fna con

una definición política del Estado marroquí!) En todo caso, ello indica de modo diáfano el grado de

seriedad de sus lecturas.)

5. Costa Morata me atribuye el propósito de descalificar globalmente al régimen argelino «mediante una

definición de socialismo en países atrasados de indudable interés»: «Capitalismo de Estado controlado

por una pequeña o mediana casta de burócratas que expropia la plusvalía del proletariado en beneficio de

sus propios intereses» (esta vez la cita es realmente mía. J. G.), y después de señalar que dicha definición

no le «suena» si tomo de «referencia el modelo argelino», agrega: «Le sugiero que intente definir ahora el

capitalismo de países atrasados a ver qué sale: o a (sic) que informe de alguna tercera o cuarta vía que

pueda haber encontrado.»

Tranquilícese nuestro autor: esta tercera o cuarta vía no existe, y el capitalismo de países atrasados se

funda, como él dice, en la explotación salvaje, el feudalismo económico y la dependencia de las

oligarquías nacionales respecto a las grandes potencias industriales de Occidente, especialmente Estados

Unidos. La ventaja que sobre este sistema poseen algunos regímenes de «socialismo en países atrasados»

(no todos, ni mucho menos) consiste en su capacidad de acortar el margen existente entre el despilfarro de

las clases dirigentes y el umbral de dignidad mínimo de las masas, procurando a éstas —como fue el caso

de Argelia durante el período de Ben Bella— lo que podríamos llamar «primeros auxilios a un

accidentado»: alfabetización obligatoria socorro médico, intento de reforma agraria, etcétera. Pero, para

cualquier conocedor sin anteojeras de las realidades del Tercer Mundo, los hechos prueban, por desgracia,

que las diferencias existentes entre el socialismo y el capitalismo de países atrasados se limitan, por lo

común, a una diferencia de palabras.

 

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