Autor: Goytisolo, Juan. 
   El papel de Argelia en el Sahara (y 4)     
 
 El País.    08/10/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 15. 

INTERNACIONAL

EL PAÍS, domingo 8 de octubre de 1978

TRIBUNA LIBRE

El papel de Argelia en el Sahara / y 4

JUAN GOYTISOLO

Todavía hoy, el empleo de una jerga pseudomarxista, reducida a menudo a unos cuantos eslóganes

hueros, sirve para disfrazar los apetitos expansionistas de presuntos líderes revolucionarios o su lucha

despiadada por el poder. Clasificar, por ejemplo, a los Estados africanos en «progresistas» y

«reaccionarios» en razón del lenguaje que emplean o su alineamiento temporal y fluctuante con alguna de

las dos superpotencias es un procedimiento sin duda cómodo pero engañoso e inclusive aberrante. Pues si

por un lado los cabecillas y grupos que se sirven de aquél eliminan con frecuencia todo tipo de oposición,

persiguen con saña a las minorías y entronizan una nueva clase tanto más opresora o corrupta que la vieja

burguesía de compradores —véase lo ocurrido en Guinea Ecuatorial—, el choque actual entre

movimientos y Estados situados en el interior del «bloque progresista» sacude, por otro, con rudeza la

buena fe e ilusiones en que se funda este tercermundismo esquemático. Si no queremos caer en una

ciénaga de absurdos y contradicciones se impone un mínimo de rigor y clarificación. La imbricación de

conflictos sociales, económicos, étnicos, religiosos, lingüísticos con imperativos estatales de real-politik,

el juego de las ex potencias coloniales o los intereses de los supergrandes no puede resolverse con recetas

generales ni un reparto de papeles —buenos y malos— como en las películas del Far West: cada país,

cada región, cada problema exige un cuidadoso tratamiento particular.

Si Pedro Costa Morata tuviera mi incorregible «curiosidad burguesa» de visitar el domicilio de la gente

del pueblo, averiguar si trabaja y cuánto gana y comprobar cómo de verdad vive (para ello el

conocimiento del árabe suele ser muy útil), en vez de satisfacerse con frecuentar las altas esferas de la

seriedad por donde va la cosa, descubriría, por ejemplo, que la vida de los montañeses del Aurés es

exactamente la misma que la de los del Rif o del Atlas, que las dificultades del trabajador casablanqués no

difieren gran cosa de las del de Annaba u Orán, y que teniendo en cuenta el coste real de la vida, el cesto

de la compra de una modesta ama de casa de Rabat es poco más o menos homólogo al de una madre de

familia de Argel. Si tuviera la «voluntad folklórica» de tratar como yo con el proletariado norteafricano

emigrado en Francia, verificaría que el paro endémico, la dura realidad que obliga al trabajador a buscarse

el pan en Europa y sufrir la segregación racista que allí prospera, se aplican tanto al obrero argelino como

al tunecino o marroquí. Precisaré que para dichos exilados —que suman más de un millón en el caso de

Argelia— la retórica socialista del Gobierno argelino les resulta tan extraña como el discurso tradicional o

religioso de sus vecinos. El régimen de Bumedian no ha conseguido en trece años eliminar ni siquiera

reducir el paro, y les sigue condenando, como en la época colonial, a la marginación y desgarro familiar

del exilio.

Concuerdo con Costa Morata en que mi definición de socialismo de países atrasados no se aplica con

exactitud a Argelia: en realidad, el régimen militar que allí reina practica una mezcla sui generis de

capitalismo de Estado —la experiencia autogestionaria desapareció con Ben Bella— y negocios privados,

como lo evidencia la proliferación de una nueva y riquísima casta de intermediarios del Estado en sus

transacciones en las empresas capitalistas extranjeras, en especial norteamericanas.

El caso Ben Bella

Escribe Costa Morata: «La causa de la liberación de Ben Bella (que parece interesarle vivamente) es

meritoria (...): Pero he visto con desolación (¿humanitarismo selectivo o cuantitativo?) que no firma

manifiestos contra la represión (...) en Marruecos.»

¿Ha visto? ¿No ha visto? ¿Dónde? ¿Cuándo? ¿Puede citarme el nombre de alguna persona a quien yo

haya rehusado mi firma en favor de algún preso político? Le reto a que lo haga.

Mi posición es perfectamente clara al respecto, y no me he cansado ni me cansaré de repetirla: estoy por

la liberación de todos los presos políticos del mundo sin excepción, y ello se aplica a los de España y

Francia, Estados Unidos y la URSS, Chile y Cuba, Marruecos y Argelia. Espero que estas palabras alivien

el penoso estado de desolación en el que mi buen amigo erróneamente se ha encerrado.

Si entre los millones de presos políticos cuya liberación deseo, y por quienes estoy dispuesto a firmar

cuando la ocasión se presente, me preocupa particularmente la suerte de Ben Bella es porque se trata de

un caso sin precedentes, absolutamente escandaloso: el secuestro por espacio de trece años, sin juicio ni

acusación algunos, de una de las figuras revolucionarias más importantes de nuestra época, secuestro

mantenido en unas condiciones que, como ha revelado su abogado Lafue-Veron, resultan infinitamente

más duras y humillantes que las que conoció durante la guerra de liberación en las cárceles francesas.

«La influencia de Argelia en un futuro Estado saharaui sería evidente (y por cierto muy bien ganada)»,

escribe Costa Morata, y en ello convengo totalmente con él, pues, desde luego, sin su gran padrino, el

Polisario no existiría o dispondría de una audiencia parecida a la del MPAIAC. Y añade a continuación:

«¿Quién cerca a quién? Argelia quiere salir al mar y, a ser posible, influir en un Estado saharaui

progresista y agradecido (...). Argelia quiere limitar el expansionismo territorial (que la amenaza directa y

claramente) y político marroquí, cosa loable, a mi pobre entender.»

Dejo a nuestro autor la entera responsabilidad de esta última frase: mi «malevolencia» no llegará hasta el

extremo de contradecirle al respecto. Pero le aconsejo, y aconsejo a los lectores que miren el mapa y

decidan a simple vista si la operación «ventana argelina al Atlántico» que aplaude Costa Morata es la

ruptura de un supuesto cerco como él pretende o una operación de cerco a Marruecos en toda la regla por

parte de un vecino que, no contento con poseer la casi totalidad del Sahara, aspira a asomarse al Atlántico

con ayuda de un Polisario «agradecido».

Los refugiados

«Me interesa el descubrimiento de Goytisolo de que la mayoría de los acampados en la zona de Tinduf no

son procedentes del Sahara occidental sino del sur argelino; podemos ir acompañados de etnólogos de su

confianza a deshacer este malentendido, que me preocupa.»

Entrando por una vez en el facilísimo juego de las suposiciones, que él tanto practica, cabría deducir que

sus compromisos con los altos dirigentes argelinos deben ser muy profundos, y sus relaciones con ellos

muy especiales, cuando se permite formularme una invitación a visitar unas zonas que dependen

directamente de la seguridad militar y se hallan bajo un régimen de control muy estricto. En este caso —

esto es, de no tratarse de un simple farol suyo—, Costa Morata podría jactarse de haber obtenido lo que

no ha logrado hasta hoy, pese a sus esfuerzos, el Alto Comisario de las Naciones Unidas sobre

Refugiados, cuyas repetidas solicitudes de establecer un censo de los saharauis oriundos del ex Sahara

español acampados en Tinduf han tropezado con la negativa obstinada de las autoridades de Argel (ellas

sabrán porqué).

Dejemos el asunto aquí. Mi tentativa de trasladar la compleja problemática del Sahara desde el campo de

los actos y manifestaciones de estricta militancia al de los análisis y razonamientos ha topado con el

emocionalismo de quien, en vez de fundar su militancia en la lucidez, sacrifica enteramente ésta a sus

anhelos confusos de militancia. Así las cosas quedan bien diáfanas: de un lado, el expansionismo fascista

marroquí; del otro, un «enemigo heroico, con alta moral, buen armamento e ideales progresistas», un

pueblo de nómadas dotado de una «ideología progresista de la mejor especie» (cito, claro está, a Costa

Morata). Pero ésta no es la baza que se ventila hoy en el Magreb: es el argumento de un filme de Kung-

Fu.

Siento haber tenido que perder tanto tiempo (y hacérselo perder a mis lectores) en deshilar el tejido de

buenos deseos, profesiones de fe, hipótesis gratuitas, descalificativos, etcétera, que compone la

«respuesta» de nuestro autor; pero es éste quien me ha obligado a ello con sus deformaciones y

desinformación. No es el suyo el buen camino de «mejorar —como yo también deseo— la situación de

las masas secuestradas por las oligarquías y los verbalismos nacionalistas en el Magreb». Los lectores de

EL PAÍS merecían, sin duda, algo mejor que su serial. Sin vanidad, ni falsa modestia, creo que mis

artículos también.

 

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