Autor: Goytisolo, Juan. 
   Los intereses del pueblo marroquí y del español son los mismos (1)     
 
 El País.    05/10/1978.  Página: 4. Páginas: 1. Párrafos: 8. 

INTERNACIONAL

EL PAÍS, jueves 5 de octubre de 1978

TRIBUNA LIBRE

Los intereses del pueblo marroquí y del español son los mismos/1

JUAN GOYTISOLO

Al comienzo de la serie de artículos titulados «Reivindicación de la causa saharaui» (véase EL PAÍS, 29

agosto-2 septiembre), Pedro Costa Morata se lamenta con razón de la incapacidad de respuesta de la

izquierda española pro polisaria a mis ensayos sobre el tema («El Sahara, dos años después», EL PAÍS,

17-26 de mayo). Con todo, el lapso transcurrido le induce a confiar en que mis lectores se habrán

olvidado ya de mis argumentos y juicios, de lo que he escrito en realidad, para «exponer» aquéllos a su

manera, con aplomo y desenvoltura admirables. Su «Reivindicación de la causa saharaui» es un buen

ejemplo de un género periodístico, de sólido arraigo en nuestras letras: la respuesta puramente emocional

a fantasmas y problemas personales. Así, en lugar de elaborar su contestación en relación a los hechos y

opiniones que desenvuelvo, Costa Morata manipula y reconstruye éstos en función de su propia respuesta.

Si el método no es precisamente un modelo de escrupulosidad, ofrece cuando menos la ventaja de

procurarle imaginarias victorias dialécticas sobre argumentos dé la parte adversa que en verdad ha

fabricado él mismo.

La índole puramente emotiva de sus reacciones o, por ser más exactos, de su voluntarismo militante se

revela a cada paso en su empleo tajante de fórmulas de autoafirmación («rehuso», «me reafirmo», una

confederación saharaui-mauritana «me resulta un engendro incalificable», etcétera) o rotundas

profesiones de fe política (v. gr.: esto es cosa izquierdista, incluso progresista; esto es reaccionaria y otras

acotaciones dignas de un cuadernillo escolar) que, como es de suponer, sirven muy poco a sus confesados

propósitos de «aguzar los análisis» y «mejorar el conocimiento de la problemática del Magreb». Con la

seguridad que le confiere el saber «por dónde va la cosa», antes de responder a mis análisis y puntos de

vista procede a caracterizarlos y caracterizarme de cara al lector con un verdadero derroche de adjetivos:

tras concederme pro forma una modesta medalla de «brillantez» y señalar que quien esto escribe «cree

poder adoctrinarnos en materia magrebi» se lanza a señalar mi postura de falsa objetividad», «escaso

rigor», «voluntarismo folklórico», «curiosidad burguesa», «argumentación fraudulenta», «visión

paternalista, folklórica, colonialista», «mala voluntad», «juego», «malevolencia», «izquierdismo vago,

purista y aburguesado», y un largo etcétera. Mis críticas de la política del régimen argelino tocante al

Sahara se transforman fantásticamente en la pluma de Costa Morata en «la bestia argelina», «una

auténtica manía persecutoria», «la naturaleza diabólica del régimen de Bumedian», «la fobia anti-

Bumedian», etcétera. Inútil decir que dicha forma de caricaturizar mis posiciones y descalificar mis

argumentos no define ni esclarece en nada éstos. Caracteriza tan sólo sus métodos. Le define a él.

A falta de hechos y razones de peso, nuestro autor se ve forzado a recurrir al empleo de suposiciones,

conjeturas gratuitas y, a veces, oscuras insinuaciones que ni yo mismo —siendo como soy el primer

interesado— alcanzo siquiera a comprender. Veamos unos pocos ejemplos: «No voy a decir (pero lo dice

J. G.) que me da la impresión (nótese lo alambicado de la fórmula capaz de dar tortícolis a un lector poco

avezado a los meandros del estilo moratiano) de que Goytisolo no está ni políticamente ni éticamente en

condiciones de defender la postura marroquí como él pretende.» Sus lectores y yo le agradeceríamos que

hablara más claro. ¿A qué condiciones éticas y políticas se refiere? Tal como queda, su frase es puro

galimatías.

«(Goytisolo) expone de forma interesante una postura que ahora triunfa.» Léase: es un oportunista. Pero

nuestro autor olvida que en 1975 y 76, en contra de una opinión nacional casi unánime, sostuve la misma

actitud sin arredrarme ante su manifiesta impopularidad. Tíldeme pues de otra cosa, pero no de

oportunista.

«Creo haber detectado lazos amistosos o vivenciales entre el escritor y los componentes históricos del

nacionalismo del Istiqlal.» ¿A qué lazos amistosos y «vivenciales» se refiere? ¿A que conozco al señor

Bucetta y a algún otro de sus líderes desde los tiempos en que militaban en la Oposición? ¿A que mis

ensayos son traducidos y publicados gratuitamente en la prensa de su partido? También he tenido ocasión

de tratar con los señores Buabid y Ali Yata, y mis trabajos han sido reproducidos igualmente de balde por

la MAP, los periódicos de la USFP y el diario comunista Al Bayane. Todo ello es público, y no es

necesario, para «detectarlo», poseer los dones de zahorí de que hace gala Costa Morata.

«El grado de compromiso que haya adquirido con los nacionalistas marroquíes sólo él puede valorarlo.»

De nuevo la insinuación, sin prueba alguna, de unos supuestos lazos: el arte de tirar la piedra y esconder

la mano. Mi único compromiso en el asunto —entérese el señor Costa Morata— radica en trabajar por

cuenta propia por el acercamiento entre nuestros dos pueblos, lo cual corresponde a los verdaderos

intereses de ambos. Me parece erróneo y absurdo que los partidos de izquierda españoles sacrifiquen la

amistad con veinte millones de marroquíes, a quienes nos unen infinidad de vínculos culturales, sociales e

históricos, por una alianza de circunstancias con un movimiento efímero que no representa ni mucho

menos los intereses de la totalidad de la población saharaui. Este es mi único compromiso, y sé que el

tiempo y las realidades geográfico-histórico acabarás por imponer la causa de la justicia y razón. Añadiré

que presentar la marcha verde como «fanfarria colorista, amenazante y exultante» —así veía a los

marroquíes hace más de un siglo el novelista Pedro Antonio de Alarcón— o describir el mundo de

Semáa-el-Fna como «cruel, estridente e infame» es perpetuar, con una nebulosa ideológica izquierdista, el

ancestral prejuicio antimoro. Personalmente, el espectáculo del pueblo reunido libremente a escuchar a

sus cuentistas y admirar a sus juglares no me parece cruel, estridente ni infame. Estos tres términos los

aplicaría más bien al espectáculo de los pueblos obligatoriamente convocados a escuchar la demagogia

tradicionalista o pseudorrevolucionaria de líderes, timoneles, jefes, pontífices o benefactores, sobre todo

cuando, como suele ser el caso, dicha retórica mentirosa no se traduce en la mejora real de sus vidas.

Ante la imposibilidad de responder a todas y cada una de las afirmaciones fantasiosas de nuestro autor,

me veo obligado a la enojosa tarea de seleccionar las que estimo más importantes, de la que me excuso

humildemente con los lectores.

 

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