Autor: Carrascal Rodríguez, José María. 
   Discurso tercermundista de Marcelino Oreja en la ONU  :   
 Acercamiento español a la postura del Polisario en el Conflicto del Sahara. 
 ABC.    03/10/1978.  Página: 1. Páginas: 1. Párrafos: 13. 

MADRID, MARTES 3 DE OCTUBRE DE 1978 - NUM. 22.615 DIECIOCHO PESETAS

ABC

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MARCELINO OREJA EN LA O.N.U.

Acercamiento español a la postura del Polisario en el conflicto del Sahara

NACIONES UNIDAS, 2. (De nuestro corresponsal.) «España, parte de Europa, vecina de África,

vinculada especialmente a los pueblos de Iberoamérica...», así comenzó su discurso Marcelino Oreja ante

la XXXIII Asamblea General de la O.N.U., dándonos ya las tres coordenadas de la política exterior

española. Unase una invocación apasionada, casi romántica, a los derechos humanos, y tendrán lo que se

piensa no ya en el Palacio de Santa Cruz, sino en el da la Moncloa sobra nuestro papel y lugar en el

mundo.

TERCERMUNDISMO. — Aunque somos Europa, lo que nos preocupa es África, tal vez porque la

tenemos tan cerca. El discurso de Oreja se volcó en los problemas del continente negro y del mundo

subdesarrollado. En este sentido fue un discurso claramente tercermundista, no sólo en la retórica, sino

también en el fondo. Ninguno de los grandes temas que interesan a Europa estaban allí. Estaban en

cambio cuantos interesan al Tercer Mundo, y no ya al moderado, sino al militante.

Así, se despacharon los acuerdos de Camp David como un «intento de progreso» en la crisis del Oriente

Medio, mientras se disparaba la artillería gruesa —«crimen», «indignación», «condena»-— al abordar los

temas de Rhodesia, Namibia y Sudáfrica. Sin olvidar pedir la reducción de fuerzas en el Mediterráneo.

Ningún otro ministro de la Europa occidental ha ido tan lejos en su aproximación a las tesis neutralistas.

Si alguien hubiera entrado en la sala sin saber quién hablaba; hubiese creído escuchar al representante de

un país no alineado. Nada de extrañar que los aplausos más fuertes sonaran entre ellos.

ÁFRICA.—Tras años, o siglos, sin enterarnos que África estaba ahí, la hemos descubierto de repente con

la típica vehemencia española. La anterior solidaridad con los países árabes ha cedido paso a una nueva

con los africanos.

EL SAHARA.—Respecto al Sahara, un ligero cambio, expresado por el ministro no en el discurso, donde

se limitó a exponer los buenos deseos de un acuerdo negociado— sino en sus declaraciones a la Prensa:

«El Polisario es una realidad. Existe y es una parte del problema. No hemos reconocido que sea la única

parte, pero sí una e importante.»

Y luego: «Es necesario alcanzar una solución aceptable para todas las partes. Y una de las condiciones

fundamentales es que los saharauís ejerzan el principio de la autodeterminación.» Ello no requiere

«denunciar los acuerdos de Madrid, cosa in-viable —siguió Oreja—, y no propugnada por ninguna de las

fuerzas políticas españolas, sino enfrentarse con la crisis con imaginación.»

Todo ello es teóricamente impecable. Pero el problema real en el Sahara sigue siendo el mismo: allí, sólo

el Polisario y Marruecos están dispuestos a luchar por el territorio. Los demás, Argelia, Mauritania, no. Y

mientras subsista esta situación, toda salida negociada de la crisis no tiene viabilidad.

España, en cualquier caso, se ha separado un poco de Marruecos, aproximándose a una postura neutral.

Lo peor es que por ese camino podemos acabar enemistados con Rabat sin habernos ganado la amistad

del Polisario y Argelia. Es lo que suele ocurrir en los pleitos enconados. Y es también el castigo por una

descolonización tan mal hecha.

GIBRALTAR.—No podía faltar la referencia de la colonia, al peligro que significa para los españoles, a

la violación de nuestra integridad territorial, al obstáculo que representa para la cooperación entre los

pueblos. España apela al Gobierno británico para que negocie, y cree que existen fórmulas capaces de

armonizar todos los intereses envueltos. Pero esperanzas de que Londres escuche hay pocas.

DERECHOS HUMANOS. —La segunda parte del discurso estuvo dedicada a exponer la filosofía de la

política exterior española. Es un canto a los derechos humanos, con una interpretación dilatadísima de los

mismos, ya que «trascienden de lo nacional a lo internacional». Y no puede encerárseles en los «asuntos

internos». Es una tesis que rechaza no sólo Nicaragua, sino también la Unión Soviética. España apoya la

creación de un alto comisionado de la O. N. U. para derechos humanos.

Una breve, pero contundente alusión al terrorismo —«última y más reprobable expresión de violencia»—

para explayarse luego en las sonadas campiñas del «nuevo orden internacional», del diálogo Norte-Sur,

de la condena de la carrera armamentista, para terminar con una tesis económica más avanzada todavía:

«el derecho al crecimiento y desarrollo debe ser entendido como un derecho humano fundamental».

CONSENSO EXTERIOR.—El discurso podía haber sido pronunciado por un ministro de Asuntos

Exteriores español socialista y aun eurocomunista. Esto, para unos, será un plus. Para otros, un minus.

Hasta qué punto se han recogido en él las sugerencias de la oposición española, sería un buen ejercicio de.

adivinanza. El mismo ministro nos advirtió que «hemos llegado a un máximo de compromiso en política

exterior». Y para demostrarlo, se trajo como observadores parlamentarios a un socialista, un comunista y

un miembro de Alianza Popular.

Si hay un terreno donde debe funcionar el consenso —aunque el término no parece gustar ya al equipo

Suáréz— es la política extranjera, donde los intereses nacionales deben prevalecer sobre los de partida.

Ahora bien, toda política debe llevar el sello del partido gubernamental. Pero la U. C. D., al ceder el

máximo para lograr el compromiso, ha hecho perder a la política exterior española su aroma europeo y

occidentalista. José María CARRASCAL.

(Más información en págs. 9 y 10.)

 

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