Autor: Villar, Francisco. 
   Argelia, Sahara, España     
 
 Diario 16.    15/12/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 11. 

Argelia, Sahara, España

Francisco Villar (*)

Desde que se supo el carácter irreversible de la enfermedad de Huari Bumedian, la prensa internacional

-- y de forma bastante destacada la española— viene especulando sobre quién o quiénes serán sus

sucesores y, a partir de ahí, sobre cómo será la Argelia pos-Bumedian. Hay quienes incluso se han

atrevido a vaticinar vuelcos espectaculares en él rumbo de la política interna y externa argelina, quienes

tratan de descubrir cuál será el misterioso coronel o el no tan misterioso miembro del Consejo de la

Revolución que lleve el barco argelino por derroteros occidentales.

Este tipo de especulaciones no proviene siempre de la frivolidad o de los "deseos piadosos" de

determinados periodistas. El propio carácter hermético y personalista del régimen de Bumedián invita

asimismo al juego.

Aunque especialistas y "algerólogos" —yo, desde luego, no lo soy— vayan mucho más lejos, en mi

opinión no es íácil pasar, en un análisis mínimamente serio, de las siguientes predicciones: en cuanto a la

estructura del poder, se irá de un sistema personalista a un sistema colegiado, es decir, habrá una mayor

distribución del poder. Quienes vayan a sor las cabezas visibles —no necesariamente los verdaderos

detentadores— de ese poder colgia-do me parece secundario. En definitiva, los principales resortes van a

seguir en manos del Ejército, en tanto que un conjunto de tecnócra-tas y funcionarios seguirán manejando

el aparato económico-estatal edificado a partir de 1965 sobre los restos del caótico (no podía ser de otra

forma después del éxodo masivo de los cuadros "pied-noír") intento autogestionario benbellista.

Por otra parte, si bien las profundas transformaciones experimentadas por Argelia los últimos quince años

y la propia estructura de poder esquemáticamente descrita más arriba permiten asegurar que es

impensable que se vayan a producir cambios sustanciales en la orientación interior y exterior del país

maghrebino; sin embargo, también puede afirmarse que, desaparecido. Bumedián, no lodo va a ser igual

en cualquiera de los dos ámbitos. Tal era la fuerza y la personalidad del máximo dirigente argelino.

Dentro de estas coordenadas creo que tiene interés analizar cuáles pueden ser las perspectivas de las

relaciones entre la España democrática y la Argelia pos-Bumedian.

No fueron buenas las relaciones entre la España franquista y la Argelia benbellisla. Profundas diferencias

ideológicas —en una etapa de gran ideologización de la política exterior argelina— entre un país que se

aferraba a sus colonias africanas y otro que se erigía en vanguardia del movimiento de liberación africano,

junto a otros factores —no se olvide el apoyo prestado por ciertos sectores y personalidades franquistas a

la OAS—, lo explican. Con Bumedián mejoraron sensiblemente hasta finales de 1975. Contribuyó a ello

la orientación cada vez más pragmática de la política argelina, el desarrollo de una fructífera cooperación

técnica y económica en los sectores industrial, energético, etc., y la objetiva coincidencia de intereses en

el proceso de descolonización del Sahara occidental. Si las relaciones económicas bilaterales no se han

visto seriamente afectadas por las incidencias de la cuestión del Sahara, ésta, sin embargo, ha

condicionado absolutamente, de forma casi mecánica, las relaciones políticas entre los dos países.

Argelia manifiesta por primera vez en público su ´´interés" en la cuestión del Sahara en el otoño de 1966

(es decir, ya con Bumedián) en las Naciones Unidas. Y, poco después, obtiene de Mauritania —cuya

reivindicación del Sahara es puramente defensiva, para contrarrestar la acción de Marruecos, que por

aquel entonces no sólo reivindicaba el Sahara, sino la propia Mauritania — una especie de derecho de

tutela. Sabido es que ocho, nueve años después, Mauritania, en un giro espectacular —cuya motivación,

bastante compleja, no puedo analizar ahora aquí— acuerda repartirse el territorio con Marruecos, y que el

último Gobierno franquista se lo entrega a ambos países en las circunstancias vergonzosas que todos

conocemos. Argelia considera entonces que España y Mauritania le han apuñalado por la espalda y

reacciona, como fiera herida, dando zarpazos. Varios de esos zarpazos contribuyen a la caída del

presidente mauritano, Uld Daddah. Otros afectaron a la naciente democracia española en uno de sus

puntos débiles, las Canarias.

Parece ser que en derla medida la reacción argelina a partir del 14 de noviembre de 1975 fue tan violenta

porque Bumedián había hipotecado su prestigio personal, y, por supuesto, el del régimen, en la cuestión

del Sahara. De lo que no cabe duda, por otra parte, es de que los llamados acuerdos de Madrid supusieron

un serio revés para la política exterior de Argelia, que en esos momentos llevaba la dirección de casi todas

las batallas tercermundistas: no alineación, nuevo orden económico internacional, diálogo norte-sur,

utilización del petróleo como arma política, etc. De ahí que quienes más molestos estaban con el papel de

Argelia — americanos y franceses— hicieran todo lo posible por influir en la ´´salida" que se le dio a la

crisis del Sahara en el otoño del 75.

Sin embargo, no debe perderse de vista que por debajo de coberturas más o menos ideológicas —

prestigio, principios— el interés de Argelia en la cuestión del Sahara estuvo siempre basado en

consideraciones tan "realistas" y tan poco coyunturales como la geopolítica, la estrategia, su hegemonía

en el Maghreb. Que paca defender esos intereses tuviese el derecho de su parte —el derecho del pueblo

saharaui a la autodeterminación y a la no integración por la fuerza a Marruecos o a Mauritania— es otra

cuestión.

Otro punto que creo importante clarificar, a estas alturas es que si bien es incuestionable que la

responsabilidad primordial del desenlace de la crisis del Sahara en el otoño de 1975 recae sobre ti

Gobierno Arias Navarro, tampoco la política argelina facilitó mucho las cosas. Fue una política con

frecuencia excesivamente ´´maquiavélica", de querer jugar y ganar en varios tableros, sin arriesgar gran

cosa en ninguno de ellos; de evitar a toda costa el enfrentanmiento abierto con Marruecos confiando en

que éste terminara chocando con España; de sobrevalorar sus apoyos reales en el Tercer Mundo y

subvalorar los del contrario; de obsesionarse con el temor de aparecer en colusión con el colonialismo

español; de desconocer las contradicciones en la política franquista sobre el Sahara, las fuerzas

subterráneas que actuaban en nuestro país a favor de Marruecos, etc.

Cuando parece que al fin Argelia empieza a plantear el tema del Sahara, especialmente por lo que se

refiere a las actuales posibilidades españolas, sobre bases más realistas y cuando parece que finalmente el

Gobierno español ha iniciado una política más equilibrada respecto a los países y pueblos de la región,

abandonando anteriores veleidades "giscardianas", puede tal vez pasarse la página de las malas relaciones

hispano-argelinas. Esperemos que no se frustre esta oportunidad.

(*) Diplomático.

 

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