Autor: Aguilar Navarro, Mariano. 
   El Sáhara, en un África desestabilizada     
 
 El Imparcial.    17/12/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

El Sahara, en un África desestabilizada

Necesitamos los españoles, y especialmente la «clase política», afrontar los problemas internacionales,

particularmente aquellos que nos afectan muy directa y vitalmente, con un sentido de realidad. Y la

realidad nos dice que el «contencioso del Sahara» solo puede entenderse (lo que es previo a su

tratamiento) si nos esforzamos por situarle en su correcto contexto.

No recomiendo yo que se excluya toda indagación retrospectiva. Es muy conveniente que conozcamos

todos el más amplio espectro de antecedentes. Comenzando muy particularmente con el año en que

ingresamos en la ONU, para seguir ininterrumpidamente la pista del conflicto desde 1964. Lo que sucede

es que existen momentos en que el tiempo apremia. No podemos circunscribirnos a un análisis histórico

(de lo que se lamentaba el delegado argelino cuando el TU preparaba su dictamen) buscando ante todo

culpas y responsabilidades. Lo que urge ahora es saber cómo orientar nuestra acción diplomática en una

zona tan tremendamente conflictiva corno es hoy la del Mogreb. El «contencioso del Sahara» está

emplazado en esa zona v ha surgido fundamentalmente como un contencioso entre España y Marruecos

(lo anotaba exactamente el Juez de Castro en la explicación de su voto en el Dictamen) para evolucionar

hacia un «contencioso» triangular: España, los países mogrebinos y el Polisario.

Lo que se percibe, a poco que se examine el problema, es la incidencia de factores «extrasaharianos».

Esto explica la constante mutación de posiciones, que incluso se advierte en el transcurso de la acción

procesal que nos llevaría al «Avis» del TU. Todas las partes implicadas han cambiado sus papeles.

Lo han hecho abiertamente los tres países directamente afectados. Lo ha hecho el Polisario y,

evidentemente, ha seguido el mismo camino la diplomacia española. Un problema crecientemente

internacionalizado, como es el caso del Sahara, conlleva estas secuelas?, Y es «desde» esa creciente

internacionalización como la diplomacia española tiene que abordar la difícil y peligrosa situación

sahariana.

Una internacionalización que se explica de muy diversas formas y atendiendo a muy variados factores.

Esta internacionalización se registra al comprobar los distintos «foros» e «instituciones» que reclaman su

poder de decisión. En el momento actual nos encontramos con cuatro centros de decisión: la ONU, la

OUA, la Liga Árabe y el bloque de los países no alineados. En los trabajos de IV Comisión (AG. Sesión

XXXII, ver Actas desde la décima sesión. A/C.4/32 SR. 10 y siguientes) se registra esta pluralidad de

competencias. Así el delegado de la Arabia Saudí afirmara: «No se trata de un tema africano. El problema

afecta al mundo árabe» (A/C. 4/327 SR. 18).

¿Es congruente con esta intensa internacionalización pretender confinar el problema a una pieza de

acusación que formula el Frente Polisario contra España? En las dos intervenciones que el representante

del Polisario ha tenido ante la IV Comisión, lo que ha dominado es el tono agresivo contra España, a la

que se ha acusado de una de las más graves traiciones cometidas en la historia contra la humanidad. La

afirmación resulta, al menos, exagerada y tanto simplificadora. Sería más exacto decir que en el problema

de Sahara hay muchas responsabilidades y no pocas incongruencias, comenzando por el mismo lenguaje

político que suelen algunos emplear. Pretender a estas alturas reducir el conflicto a una entrega culposa y

a una inhibición no menos condenable por parte de España es desenfocar la cuestión. Lo que en modo

alguno supone decir que España está limpia de culpa. La tuvo, y mucho, por su demora en el proceso de

descolonización (las Resoluciones de la AG de la ONU lo certifican) y por el error que cometió al valorar

falsamente sus posibilidades de maniobra diplomática apoyándose en cálculos poco sólidos en cuanto a

las secuencias de posibles rivalidades entre Marruecos y Mauritania, Argelia y Marruecos, y, no en menor

medida, estimando de forma inadecuada las plataformas que podía encontrar en los mismos movimientos

nacionalistas del Sahara. La falta esta registrada mucho antes de noviembre de 1975. Al Acuerdo de

Madrid se llega casi inevitablemente una vez que Marruecos ha hecho suya la idea del Gran Marruecos de

Si Allal El Fassi (ver explicación de voto del juez de Castro, pag. 1) y España se muestra impotente para

celebrar el referéndum propuesto en 1974.

La explosiva situación del Sahara hay que situarla en una no menos turbada África. Podemos decir que

después del fin de la guerra mundial el centro de gravedad de la tensión, de la conflictividad

internacional, ha pasado por estos meridianos: Centro-Europa; Asia, y ahora África. Y sirviendo, siempre

y con potencialidades distintas de gozne, la eterna cuestión del Medio Oriente. Problema alemán,

problema de Indochina, y ahora inestabilidad africana. Con la particularidad de que en esta última incide

de manera más fuerte e inmediata la disputa del Medio Oriente. La visita de Sadat a Israel, la celebración

de la conferencia de Trípoli, etc., han supuesto una nueva ruptura en el frente árabe. No es necesario

advertir lo que este episodio significa respecto al contencioso sahariano, y de qué modo «empuja» a la

superpotencias y a sus respectivos Bloques a tomar posiciones globalizantes. ¿En qué elementos apoyo mi

afirmación rotunda respecto de la desestabilización africana? Podría comenzarse por una sucinta revista

del papel asumido por los grandes en ese continente. Veríamos de inmediato .que, ante todo, se

caracteriza por su labilidad y aparente imprevisibilidad. Tenemos la sensación de falta de parámetros, de

esquemas que nos sirvan para «situar» a estos grandes. Lo cierto es que les vemos actuar de tal forma que

los dogmáticos se escandalizarían al creer ver actitudes «contra natura». Otro elemento a considerar es la

dimensión estratégica, el escenario africano como campo de experimentación del progreso en el poderío

militar. Los expertos señalan con preocupación lo que ha supuesto de testimonio del poderío soviético el

desplazamiento de sus cuantiosos equipos militares y de contingentes cubanos a Angola... Lo militar, lo

político, lo diplomático y, por si no fuera suficiente, la casi constante revisión de alianzas y la no menos

reiterada confusión ideológica. Hay grupos y países africanos que hablan de nacionalismo, liberación,

democracia y socialismo en términos tales que resulta casi imposible saber por el occidental de que se

está tratando.

Indicar las zonas más conflictivas en África sería tanto como describir en su totalidad la situación del

continente. Empezando por el norte, tenemos al menos dos grandes, en las cuales hay que situar unas de

carácter subregional. El foco del Sahara en el Mogreb y la tensión entre Etiopía y Somalia, sirviendo de

nexo la constante revisión, en el seno de la Liga Árabe. En la zona central, otro tanto. Un eje que va de

Angola a Mozambique y que atrae centros conflictivos como son Angola y Zaire, Uganda respecto de

Tanzania, para terminar con erosiones entre Kenya y Tanzania. Más al sur, la alucinante África austral,

que es, a su modo, el elemento correspondiente al Medio Oriente. Ambos tienen de común el ser «test»

que pone de relieve la inoperancia de todo género de acción diplomática. Falla la diplomacia clásica, la de

la presión de los grandes; no tiene operatividad la diplomacia parlamentaria, y resulta frustrante la acción

de las instituciones internacionales.

La inestabilidad africana es más grave y significativa que la que pudo significar la asiática. Lo es por el

mismo hecho del alejamiento africano del proceso de formación del orden normativo internacional

occidental, que es más acusado que en el caso asiático. Y lo es en la actualidad por el tono de reto que

tienen las posiciones africanas en relación con el régimen de los espacios marítimos y el nuevo orden

económico mundial.

En este telón de fondo tenemos que situar los españoles el tema. Es la única garantía de no cometer los

mismos errores que se registraron al final del siglo pasado con la pérdida de Cuba. Con la particularidad

de que entonces hubo hombres como Labra y otros que supieron entender lo que sucedía e iría a suceder.

M. AGUILAR NAVARRO

Senador

Mañana: «Cristianos en el marxismo», de Gonzalo Fernández de la Mora

 

< Volver