Reto a Carrillo     
 
 Diario 16.    05/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 10. 

Reto a Carrillo

El frío ruso, especialista en derrotar enemigos, no ha podido en esta ocasión con Santiago Carrillo, que

anoche volvió a España, tras su silenciosa asistencia a los actos del LX aniversario de la revolución rusa,

en olor de triunfo.

El secretario general del Partido Comunista de España ha conseguido, con su rápida visita a Moscú,

bordar una de las más sutiles paradojas políticas de los últimos tiempos: dar carta de naturaleza universal

a su eurocomunismo —casi toda la prensa mundial clama ahora mismo por la sinceridad de su

"desviacionismo"— y mostrar, al mismo tiempo, las flaquezas ambiguas de sus tesis políticas.

Carrillo no es un hereje de la ortodoxia comunista, ni un hábil e interesado manipulador de los grandes

santones del marxismo. A Carrillo sólo le pierde y le desdibuja un cerril pragmatismo, que llega a tal

punto de coherencia con la realidad que hasta le impide romper amarras con cargas ideológicas que le

estorban, pero a las que no renuncia.

Y es que Carrillo, a fuerza de praxis, se hace ambiguo. Toda concepción política, depurada en duros y

largos años de exilio, parece fruto de un aprovechado discípulo de la mejor escuela ecléctica, y no un

marxista convencido y doctrinario.

¿Cuáles son las ambigüedades del carrillismo? En dos planos hay que considerar la respuesta: primero,

que sus veladas críticas al leninismo —por lo que éste tiene de pureza comunista— se quedan en un

periférico rechazo del gran ideólogo marxista, al que no quiere llevar al cuadrilátero de la crítica más

objetiva. Segundo, porque, a veces, da la sensación de que su subconsciente le traiciona en todo lo

relativo al papel que juega la Unión Soviética en el comunismo internacional.

Carrillo, para los ojos de la mayor parte de la opinión pública mundial, ha triunfado en Moscú, pero puede

derrotarse a sí mismo si de una manera clara y rotunda no establece, de una vez para siempre, el armazón

de su ideología.

Al secretario general del Partido Comunista de España se le debe exigir, para que los contornos políticos

del eurocomunismo se aclaren, dos análisis previos: ¿es el leninismo el valor unívoco y el motor del

comunismo internacional? ¿Es la Unión Soviética, con sus actuales circunstancias, el conductor de ese

comunismo?

Y lo que ya no valdrá en adelante, es que Carrillo juegue el impreciso papel de crítico somero de Lenin y

de la U. R. S. S., sino que arriesgue sus mejores bazas en demostrar, de una vez por todas, que la

democracia es inseparable del logro socialista.

Todo lo que no sea esto puede devenir en un peligroso juego de intenciones fallidas, de estrategias

momentáneas y perniciosas, y de callejones sin salidas que atosiguen más, si cabe, en nuestro caso, el aún

claroscuro panorama político español.

Si Carrillo ha venido de Moscú en un cierto olor de triunfo, hora es ya mismo de que deje de ser ambiguo.

O es un desviacionista, de los muchos que ha soportado y deglutido el comunismo internacional, o un

auténtico innovador. En sus manos tiene decidirlo.

 

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