Las empresas y el P.C.E.     
 
 ABC.    09/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LAS EMPRESAS Y EL P.C.E.

Entre los muchos y profundos motivos de preocupación que ofrece la economía nacional hay

que contar, sin duda, con los oscurecimientos y el confusionismo que sobre ella, antes y

después del Pacto de la Moncloa, se promueven, a beneficio de inventario, por parte de

algunos partidos políticos. Entre los de consecuencias potencialmente más graves para el

propio esquema de la economía de mercado figura el recetario del P.C.E., que incluye la

defensa de la pequeña y mediana empresa, al tiempo que reitera sus ataques contra la

empresa grande, tildada siempre de monopolista. Hecha la salvedad de que la estructura

monopolística por excelencia es la que el socialismo comunista consagra en su capitalismo de

Estado, con la identificación estructural de poder político y poder económico, es también lo

cierto que en el conjunto global de una economía libre no se puede decretar la amortización de

la libertad para un tipo de empresas con el pretexto de salvaguardar, precisamente, la libertad y

buena marcha de las demás.

Más allá de la observación, correcta, de que la libertad es indivisible igual para la economía que

para la política, es de notar también lo imposible —por contradictorio— que resulta aplicar dos

tratamientos distintos para dos niveles diferentes en la expresión y funcionamiento de un solo

organismo económico: el del aparato productivo de un país.

La propia noción de totalidad respecto del principio sobre el que se articula un sistema

económico no excluye, ciertamente, la posibilidad de hibridación y mezcla, el género de

economías mixtas; pero lo que no tiene cabida ni sentido es proponer la incoherencia de que la

economía sea libre hasta unos determinados niveles cuantitativos, a partir de los cuales se

habría de estatalizar. Las diferencias que es posible hacer, que en ocasiones resulta

conveniente establecer, entre sectores o entre servicios, no es posible trasladarlas a las

empresas por razón de su tamaño.

En las economías libres, regidas por el principio de respeto a la iniciativa privada. La relación

entre las grandes y pequeñas empresas es de complementariedad y funcionalidad; pues la

misión de éstas es la de agotar capilarmente las líneas de división y especialización de la

actividad económica que parten de aquéllas.

Un corte, una división del principio de libertad en el sistema económico, negándoselo a las

grandes empresas y preservándolo sólo para las pequeñas y medianas, introduce un principio

de contradicción que al cabo habría de resolverse —como así se ha resuelto en el ámbito

eurocomunista, en la Europa socialista— con un golpe de coherencia contra la libertad

económica y toda suerte de libertades. Recordemos, como cierre de este comentario, la misma

estrategia de Lenin inmediatamente posterior a la revolución bolchevique, preservando cierta

libertad para la pequeña y mediana empresa industrial y agrícola. Finalmente, sin que

transcurriera demasiado tiempo, tal libertad fue amortizada, sacrificada, al principio de

coherencia en el sistema económico. Un sistema, recordémoslo, monopolista; de capitalismo

de Estado.

 

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