Autor: Fraga Iribarne, Manuel. 
   Al servicio de la Corona y de España     
 
 ABC.    26/09/1978.  Página: 3-4. Páginas: 2. Párrafos: 18. 

Fuente: ABC MADRID Fecha: 26-09-1978 Página 15

ABC. MARTES, 26 DE SEPTIEMBRE DE 1978, PAG. 3

AL SERVICIO DE LA CORONA Y DE ESPAÑA

Manuel FRAGA IRIBARNE

MI artículo «Servir a la Corona y servirse de la Corona» ha dado lugar a una importante

polémica, en la cual han intervenido editoriales de periódicos, artículos firmados por

personalidades de U. C. D., historiadores a sueldo (que no ponen el cargo que ostentan

debajo de su firma), que me han comparado con don Antonio Maura, etc. Se ha dicho de

todo: que se propone un «golpe blanco», es decir, legal y dentro de la Constitución;

que la propuesta carece de todo «fundamento jurídico o político»; que no sería viable,

por falta de apoyo parlamentario; que a la Corona hay que dejarla en paz. Por supuesto,

a falta de argumentos de verdad se ha vuelto a los conocidos calificativos insidiosos

de que tal o cual persona, no obstante reconocerle inteligencia, preparación, honradez

y talla parlamentaria, es «impetuosa» y «vehemente», y así sucesivamente.

Volvamos, pues, a plantear la cuestión en sus términos precisos, jurídicos y políticos,

eludiendo todo apasionamiento o vehemencia.

Cuestión primera: Una vez, aprobada la Constitución, ¿tiene o no que producirse alguna

acción de la Corona? La respuesta es clara: el Gobierno cesa automáticamente en sus

funciones, y el Rey tiene que proponer un candidato a la Presidencia del Gobierno para

que el Congreso proceda a investirle, en los términos del artículo 98 de la Constitución.

Sería descortesía pensar que pueda haber la menor duda en la mente del actual titular,

de la necesidad de plantear él mismo la cuestión inmediatamente.

Cuestión segunda: ¿Es, o no, libre el Rey de proponer a cualquier persona en ese momento?

La duda ofende, igualmente; es obvio que la prudencia del Rey y sus consejeros de todas

clases (vuelvo a lamentar que la Corona no esté asistida en la nueva Constitución por un

Consejo especial, distinto del Gobierno) aconsejarán que elija la persona más adecuada,

según las circunstancias, y que pueda obtener para ello el apoyo parlamentario suficiente.

Cuestión tercera: ¿Es o no importante que las próximas elecciones sean objetivas e

imparciales? No parece dudosa la respuesta; lo que parece increíble es que se haya podido

responder que eso, si acaso, le interesaría al Partido Socialis y no a Alianza Popular,

que no es el segundo partido, y, por lo tanto, no es alternativa de poder. Esto pertenece

a la historia del cinismo de altura. Lo que se trata de saber es, justamente, lo que dicen

de verdad las urnas, tema que por lo visto no interesa a ciertos seudodemócratas.

Cuestión cuarta: ¿Es o no importante que España cuente desde ahora con la posibilidad de

unas fuerzas reales, hechas en pie de igualdad, sin distorsiones oficialistas, y que

permitan ocupar a cada uno su verdadero sitio? No parece dudosa tampoco la respuesta: si

se espera de verdad que funcione el nuevo sistema constitucional, es capital la autenticidad

de cada una de las fuerzas políticas; y también la naturaleza del sistema que éstas forman.

El modelo italiano que hoy nos ha sido impuesto es el peor de todos; el país se lo sacudiría

en una votación auténtica.

Cuestión quinta: ¿Habría apoyo parlamentario o estaríamos ante un resultado probable como el

intento portugués? No me toca hablar por los demás; es obvio que, además del grupo

parlamentario de Alianza Popular sería inconcebible pensar que una propuesta de la Corona

careciera del apoyo en el Congreso del grupo U. C. D. Y pienso que habría muchos más.

Cuestión sexta: ¿Carece de precedentes esta fórmula, dentro y fuera de España? Indudablemente

los tiene, y numerosos. La justificación es múltiple, por otra parte: además de lo más

importante (unas primeras elecciones posconstitucionales válidas), el conjunto de la

situación del orden público, de la economía, de la Administración pública, aconseja un

gobierno que sea capaz de poner un mínimo de orden en la crisis general y de preparar unos

estudios objetivos para el Gobierno salido de las urnas.

Cuestión séptima: ¿Qué riesgos tiene esta fórmula? Se ha pretendido nada menos que

representaría un parón para la democracia. ¿Por qué? Su fin no es impedir las elecciones,

sino garantizarlas; no es retrasarlas para prolongar y consolidar los gloriosos resultados

del 15 de junio; no es beneficiarse de su resultado, pues su función quedaría reducida al

plazo necesario para convocar y realizarlas.

Todos los partidos distintos de U. C. D. ganarían, claramente, y U. C. D. obtendría el

inmenso beneficio de demostrar a la opinión nacional y extranjera que puede actuar desde la

calle, igual que los demás, sin ventajas; y que su flamante Congreso y movilización son

perfectamente válidos y homologables. Y la recíproca es igualmente cierta, si no acepta el reto.

Cuestión octava: Se ha pretendido que esto crearía interinidad. Vivimos en la más absoluta

interinidad hace casi tres años; y bajo un Gobierno que dice que no podrá hacer política de

gobierno hasta después de la Constitución. La única forma de salir de esa interinidad es

justamente la fórmula que se propone.

Cuestión novena: ¿Pueden los políticos (en este caso, un ex ministro de la Corona y diputado

por Madrid) dirigirse públicamente al Rey sobre un asunto de esta trascendencia o deben esperar

a que se les pida consulta? Es indudable que en una Monarquía parlamentaria (como la que

establece la Constitución) es un derecho y de un deber de los representantes del pueblo el

actuar de modo público en las grandes cuestiones del Estado; y justamente porque la decisión

de la Corona tiene trascendencia histórica, debemos todos intentar contribuir a su acierto.

Después de entrar en vigor la Constitución se pueden hacer tres Gobiernos malos: la mera

continuidad de un Gobierno minoritario, con estos o aquellos pactos precarios con las demás

fuerzas políticas; un Gobierno de coalición, con unas fuerzas sí y otras no, y un Gobierno de

concentración de todos los partidos. En mi opinión, ninguna de estas tres fórmulas resuelve

los graves problemas del momento ni da solución a la gran cuestión: unas elecciones generales

dignas de este nombre.

En cambio, un Gobierno neutral, de altura, de grandes personalidades no vinculadas a partidos,

daría la sensación de que la reforma política va en serio, y que se va a entrar de verdad en una

democracia parlamentaria digna de este nombre. Los que hemos asistido a los debates

constitucionales, sin oír un discurso del presidente del Gobierno y al conjunto de los trabajos

parlamentarios de todo este año, podemos dar fe de que un cambio es necesario.

Ese cambio ha de empezar, como todos los cambios importantes, por la verdad. La verdad natural

de las cosas. Lo que sea, que lo sea de verdad.

Los que afirmen que todo está ya resuelto y que no hay más que seguir la rutina, no se interesan

por la verdad. No parecen interesarse por lo que está ocurriendo en Guipúzcoa; por la inquietud

que aumenta en Navarra; por la paralización, casi total, de la Administración pública; por el

justificado malestar de las Fuerzas de Orden Público; por la situación desesperada de tantas

empresas; por la más desesperada aún de tantos que no encuentran trabajo, y así sucesivamente.

Servir a la Corona no es intentar ocultar los verdaderos problemas, sino hablar de ellos con

honestidad y buscar igualmente soluciones honestas. Servir a España es poner, por encima de

intereses o complacencias inmediatas, los supremos intereses nacionales como lo más importante.

A ello me he dedicado a lo largo de una vida pública, ya larga, no exenta de errores, pero

libre de tachas graves. Por ello, cuando al final de un artículo hablo de que según las

decisiones que se tomen, cada uno habrá de considerar la actitud más digna, no puede haber

más que una sola interpretación, que nada tiene de amenaza: la de recordar que hay cosas que

es mejor que se hagan sin la participación de uno mismo.— M. F. I. 

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