Eurocomunismo, comunismo con careta     
 
 El Alcázar.    28/11/1977.  Páginas: 1. Párrafos: 7. 

EUROCOMUNISMO, COMUNISMO CON CARETA

CARRILLO ha vuelto de su viaje de doce días por los Estados Unidos tras haber cumplido uno de sus

objetivos: «vender nuestra mercancía: el eurocomunismo» a Norteamérica. Lo ha dicho él mismo. Lo que

no ha aclarado es por cuenta de quién ha actuado de viajante de comercio del comunismo, como en los

tiempos en que era el encargado de marcar con una cruz siniestra las listas de detenidos en Madrid. Para

que no haya error, señalemos que en uno y otro caso, el verdadero empresario de Carrillo es el

comunismo. Y el comunismo quiere decir Moscú.

No es la primera vez que «el vender comunismo», se le ponga la etiqueta que se le ponga, a Norteamérica

es el principal negocio de los esclavistas del Kremlin. Únicamente cambian la condición de los viajantes

de este comercio, el adjetivo que se le ponga a la mercancía y el lenguaje utilizado en el mercado.

Cambian las caretas, en definitiva. Hubo un tiempo en que por Washington y sus departamentos

gubernamentales, empezando por el de Estado, pululaba una serie de personajes especializados en

hacerles creer a los norteamericanos que, en el fondo, Stalin era «un buen demócrata» progresista, y

quienes lean el libro del embajador rooselvetiano en Moscú, Davies, podrán comprobar cómo este

diplomático permaneció ciego y sordo ante lo que el resto del mundo ya sabía: que Stalin era el más

sangriento tirano de la historia y que el comunismo estaba construido, desde los tiempos de Lenin, sobre

la sangre, el hambre, las matanzas y la esclavitud.

Tuvo que alzarse Krustchev sobre el podio acusador del XX Congreso del Partido Comunista soviético y

soltar aquella tremenda catalinaria contra Stalin, balanceándose como un plantígrado, para que se

admitieran que eran ciertas las acusaciones contra el georgiano, al que Churchill, en la conferencia de

Postdam, le otorgó el título de «Gran Stalin», de igual modo que en la conferencia de Yalta los dos

compadres que regalaron media Europa le llamaban «el buen tío Joe». Como es sabido, Krustchev se

quedó corto en la larga, larguísima relación de los crímenes de Stalin, por razones obvias. El «buen

Nikita» no se dignó incluir entre las víctimas más que a los comunistas sospechosos a los ojos del

georgiano y que éste sacrificó a su tiranía personal. De los pueblos esclavizados por el sistema comunista

—con millones de personas liquidadas desde los Países Bálticos hasta Alemania, Polonia, etcétera— ni

una palabra. Y se entiende por qué: Stalin esclavizó esos países en nombre del comunismo, y las víctimas

fueron sacrificadas en nombre del avance del comunismo. Por lo demás, aunque se condenara a Stalin, los

pueblos por él esclavizados no recobraron la libertad. Por el contrario, en la Alemania Oriental y en

Hungría los tanques y las ametralladoras de Krustchev se encargaron de mantener la «pax soviética».

Fue Krustchev quien llamó al «muro de Berlín», que sigue siendo «el muro de la vergüenza» «la más

bella obra del socialismo». Y ha sido Breznev, el actual dirigente de la Unión Soviética, quien encargó

pronunciar un encendido elogio del fundador de la «Cheka», Dzerjinsky, creada por Lenin y que

representó el más sádico instrumento de tortura, muerte y persecución que se conoce. Los elogios

dedicados por el sucesor de Dzerjinsky, Andropov, a los feroces liquidadores de intelectuales, obreros,

burgueses, religiosos, militares y campesinos, resultan naturales si se recuerda que hoy el «goulag» se ha

perfeccionado con el sistema de los manicomios a los que se envía a los «disidentes» por perfectamente

sanos mentales que estén. Así es el comunismo.

De Lenin a Stalin, de Stalin a Krustchev, de Krustchev a Breznev, y de Breznev a Carrillo y los

«eurocomunistas» se recorre una línea tortuosa sólo en apariencias. Todo es un juego de caretas. En

sesenta años, cada una de las versiones del mismo comunismo ha revestido su careta, su adjetivo

«tranquilizante» para quienes deseen engañarse. Aún están frescos los superlativos apologéticos

dedicados a Stalin por Neruda, Togliatti, Thorez, «Pasionaria» y «tutti quanti». Después, cuando se le

desalojó del panteón de Lenin, se olvidó esta sucia baba de encomios que fueron trasladados con igual

cinismo a su fiscal Krustchev. Y cuando el contertulio de las conferencias internacionales y del viaje a la

ONU —que también ha recibido a Carrillo— desapareció de la historia, dejando tras sí las matanzas de

Hungría y el «muro de Berlín», le sucedió Breznev, descrito complacientemente como un «presidente de

consejo de administración». Con esta amable careta, lanzó sus tanques al asalto de Checoslovaquia; ha

tendido los tentáculos de los buques de guerra soviéticos por el Mediterráneo y el Indico; se ha instalado

sólidamente, por comunistas locales interpuestos, en África, en Angola y Etiopía; y está redondeando las

conquistas de Stalin, con otros procedimientos, con otra careta: ese «eurocomunismo» cuyo exponente

más sacristanesco se llama Carrillo, fiel a Lenin hasta en la utilización de la peluca para disfrazarse.

Ahora Carrillo ha querido llevar los bacilos del comunismo a Norteamérica, en los salones de su más

inmovilista Universidad progresista, —no hay contradición— proclive a estas infecciones. No deja de ser

alentador que hayan sido los sindicatos norteamericanos, los obreros, quienes se encargaran de aplicar al

«esquirol» Carrillo un correctivo que contrasta con el filisteo lengüetazo de los «intelectuales» de salón

estadounidenses y españoles, cuya docilidad de carneros de Panurgo resulta así más que divertida.

Eso nos permite confirmar lo que ya hace tiempo se sabía. Los verdaderos sindicalistas son mejores

jueces en la materia comunista que los políticos aficionados. Cualquiera que sea la careta que el

comunismo se ponga —la NEP con Lenin, la falsa disolución de la Komintern con Stalin, la

«coexistencia» con Krustchev y el «eurocomunismo» con Breznev—, nadie puede engañarse. Cada una

de estas trampas condujo a un avance del comunismo y del bloque subordinado a Moscú. Miren el mapa

de la Europa occidental y advertirán lo que significa el «caballo de Troya» del «Eurocomunismo» o

comunismo con careta en España, Francia e Italia.

 

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