Lenin y el leninismo     
 
 El País.    25/01/1978.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Lenin y el "leninismo”

Tras la muerte de Lenin, en enero de 1924, la lucha de los miembros del Politburó del Partido Comunista

ruso por la conquista de los mecanismos reales de poder tuvo como complemento el denodado esfuerzo

de todos ellos por aparecer ante los militantes comunistas como los fieles discípulos del líder fallecido y

los veladores de la ortodoxia de su pensamiento. El primer derrotado en esta sorda lucha fue Trotski,

pronto apeado de los centros de decisión del partido y del Estado; pese a sus superiores talentos

intelectuales y literarios y a su mayor dominio del marxismo, sus pretensiones de ser el sucesor político y

teórico de Lenin nada pudieron contra el frente unido de los «viejos bolcheviques» —Zinoviev,

Kámenev, Bujarin, Stalin— y contra el recuerdo de las agrias e hirientes polémicas que enemistaron,

desde 1903 hasta 1917, a Lenin y a Trotski.

Los intentos de Zinoviev de arrebatar a Stalin la definición de los principios del leninismo fueron vanos;

la réplica de Stalin preparó en el campo teórico la definitiva derrota en el terreno práctico de sus antiguos

aliados contra Trotski, que sobrevendría a comienzos de 1926. Desde ese momento, Stalin quedó

prácticamente solo como intérprete del pensamiento de Lenin y definidor del dogma leninista.

Así pues, el «leninismo» fue, más que un concepto de teoría política, un arma de combate. Utilizada

primero para decidir la suerte de la sucesión de Lenin, sirvió más tarde como cuerpo canónico de la III

Internacional para acusar de desviaciones a los militantes o a los partidos que se resistían a obedecer las

directrices de la Unión Soviética. El «leninismo», en cuanto tal, no es una concepción de la historia y de

la política que se desprenda de manera inequívoca de los textos de su autor, sino la interpretación sesgada

y unilateral que dio Stalin, y aceptaron los dirigentes de los partidos comunistas de obediencia soviética,

de una obra que, por su gran extensión y por sus múltiples y en ocasiones contradictorios enfoques, no se

presta a un resumen catequístico. El carácter paramilitar y rígidamente disciplinado de los partidos, la

validez universal de la insurrección armada y la dictadura del proletariado, la indiscutible hegemonía de

la clase obrera y de su único partido (el comunista), la necesidad de un centro director de la estrategia

mundial revolucionaria, son algunos de los rasgos de ese «leninismo canónico».

Según el famoso texto de Stalin titulado Fundamentos del leninismo, que hasta el XX Congreso del

Partido Comunista de la URSS, de 1956, fue el alimento teórico básico de los comunistas de todo el

mundo, el leninismo «es el marxismo de la época del imperialismo y de la revolución proletaria». En el

apogeo del stalinismo, la definición del «leninismo» como simple aplicación a las nuevas condiciones del

siglo XX de la matriz marxista (presente en la fórmula «marxismo-leninismo») fue progresivamente

dejando paso a la premisa implícita de que las teorías de Lenin, tal y como habían sido expuestas por

Stalin, eran la única lectura pertinente para los comunistas. Los textos de Stalin y algunas obras de Lenin

que habían sido glosadas por su sucesor (¿ Qué hacer?, Dos tácticas de la socialdemocracia. Un paso

adelante, dos atrás, El Estado y la revolución, El izquierdismo, enfermedad infantil del comunismo) se

convirtieron en la dieta teórica casi exclusiva de los militantes de todo el planeta, que se esforzaban por

sobreponer a realidades muy distintas de la Rusia de comienzos del siglo XX los pronósticos de Lenin

acerca de la caída del zarismo, y sus análisis de los problemas de un gigantesco imperio gobernado de

manera autocrática y con un 80 % de población campesina. De esta forma, prácticamente desaparecerían

las posibilidades de los comunistas de operar sobre la realidad de las sociedades industriales avanzadas; e,

incluso en los países atrasados, Mao Tse-tung necesitó, para conquistar el poder, dar la vuelta a la página

de los manuales de leninismo, que condenaban cualquier intento de hacer la revolución con el apoyo

básico del campesinado.

La santificación de Lenin, los objetivos políticos perseguidos por Stalin al proclamarse su sucesor, el

primitivismo y tosquedad teórica del celador de la ortodoxia leninista, la inadecuación de unos análisis

concebidos para un país y una época con carácter particular, para servir de recetas válidas de carácter

general: tales son los principales ingredientes de ese «leninismo» al que los partidos comunistas

occidentales comienzan formalmente a renunciar. Esa decisión deja en pie, sin embargo, la valoración,

fuera de la idolatría y del corsé staliniano, de los escritos políticos de Lenin, situados dentro de una

corriente del marxismo en perpetuo diálogo con las tradiciones jacobinas de la Revolución Francesa, de la

revolución de 1848 y de la Comuna de París, y penetrada por el voluntarismo revolucionario de los

populistas rusos.

 

< Volver