Autor: Tusell, Javier. 
   Del P.C.E. y la historia     
 
    Páginas: 1. Párrafos: 4. 

Del P. C. E. y la Historia

Mi admirado «Cándido», a quien conocí personalmente en una escalera real, me reprocha, en su columna

del sábado pasado, que utilice el breve folleto de Arrabal «Carta a los militantes comunistas españoles»

como tema de reflexión política. «Cándido» no quiere entrar en esta última, pero me recuerda lo que él

llama «origen oscuro» de las páginas de Arrabal. Todo arrancaría de los estrenos de nuestro dramaturgo

en los escenarios españoles, concluidas en el más rotundo de los fracasos, de los que culpó a los

comunistas. Pero no habría que hacerle mucho caso, porque Arrabal no se ha caracterizado por su

capacidad de sustentar algo reflexivamente.

Bien; vayamos por partes. Yo, que no tengo la envidiable facilidad de pluma de «Cándido», tengo la

sensación de haber sido mal interpretado. Yo no considero al folleto de Arrabal como un modelo de

literatura histórica, ni siquiera como un paradigma de lo que debería ser la literatura polémica. A mi

personalmente me irrita la desmesura y por eso digo bien claramente que Arrabal no ha escrito un tratado

político ni ha intentado ser imparcial, sino que ha expectorado violenta y vitriólica denuncia acerca de los

dirigentes comunistas españoles desde 1936 hasta el momento presente. Es más, tengo la sensación de

que un librito como el de Arrabal puede tener un efecto contraproducente para unos comunistas como los

españoles, que tienden a recluirse en su «ghetto» cuando se poducen ataques contra ellos. Y no estoy

seguro de que, desde un ángulo político, estrictamente político, pueda resultar conveniente atacar a un

partido que, en estos momentos, objetivamente y porque esos son sus intereses circunstanciales, está

jugando un papel muy importante en la consolidación de la democracia. Sin embargo, la lectura del

folleto de Arrabal me dejó el amargo recuerdo de algo que ya sabía y que me sentí obligado a mencionar.

Toda esa acumulación fantasmal de requisitorias de expulsados, disidentes o heterodoxos dije —y sigo

diciendo— que da la sensación de ser cierta.

Mi admirado «Cándido» debería recordar que la verdad es la verdad, dígala Agamenón o el porquero. Yo

no sé del carácter de Arrabal más que lo que todos, pero me parece que su veta libertaria le hubiera

proporcionado un violento anticomunismo en todo caso. Aunque sus estrenos hubieran ido bien en

España, probablemente denunciaría a los comunistas como hace Ionesco en Francia. Pero, además,

siempre uno puede encontrar argumentos «ad hominem». Uno puede decir, por ejemplo, que Castro

Delgado era un militante indisciplinado o que Jesús Hernández resultó ser un trotskista

camuflado, o que —como dijo Dolores Ibárruri— Semprún y Claudin son unos intelectuales cabeza de

chorlito. Uno puede inventar una interpretación freudiana para explicar la actitud crítica de una larga

retahíla de ex comunistas desde Tagüeña a Líster. Pero cuando uno es historiador, lee un libro en el que se

enumeran tantos testimonios y se pregunta por la coherencia interna de los personajes contra quienes van

dirigidos estos ataques, uno debe concluir por lo menos dos cosas: la primera de ellas, que los comunistas

españoles han hecho en el pasado algo muy diferente de lo que dicen en el presente. Y la segunda, que se

han comportado con sus propios correligionarios de una manera que resulta poco esperanzadora para

quienes puedan ser sus antagonistas eventuales o permanentes. La gravedad del contenido de estos dos

puntos no es fácilmente determinable, pero creo que resulta ya de por si un hecho suficientemente grave

la incapacidad o la falta de voluntad del P. C. E. para hablar de su inmediato pasado. El velo del silencio

que ha cubierto a los afiliados más preeminentes del P. C. E desde que hace unos meses apareció el libro

de Semprún no puede ser más significativo.

A veces la misión de un historiador es ingrata; le convierte a uno en un aguafiestas o en un ser intratable y

hosco. Pero pienso yo que no se puede renunciar a la Historia para interpretar el presente, ni aun en el

caso de que sea un dramaturgo el que acumule las citas, si éstas son veraces. El «eurocarrillismo» tiene

por lo menos un punto de contacto con el franquismo: el de que una parte del país admite sin crítica y con

entusiasmo todo lo que sus dirigentes dicen de sí mismos. Y contra esta actitud yo reivindico la función

iconoclasta de la Historia, como también la del puro y simple pensamiento político. Porque —y en esto no

creo que nadie dude de que Arrabal tiene razón— esta España amnésica puede preparar, otra vez, una

nación amordazada.

Javier TUSELL

 

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