Autor: Gutiérrez, José Luis. 
 La crisis del PCE (y V). 
 Euros, prosoviéticos y carrillistas     
 
 Diario 16.    26/09/1980.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 17. 

Diario 16/26-septiembre-80

NACIONAL

GRITOS Y SUSURROS

La crisis del PCE (y V)

«Euros», prosoviéticos y carrillistas

José Luis Gutiérrez

Hablábamos en capítulos anteriores de la fuga de profesionales, del desastre de «Mundo Obrero» y de la

gran escapada de periodistas del PCE, a raíz de la crisis y posterior cierre del órgano oficial comunista.

De más de cien periodistas con que contaba el partido a principios de 1977, en la actualidad apenas

quedan una docena.

Mencionábamos asimismo la desbandada en él sector sanitario y mencionábamos al doctor Pedro Caba

como uno de los dimisionarios, cuando en realidad queríamos referirnos al también doctor Alberto Villa

Landa. Villa ha sido un hombre mítico en las filas del partido, un dirigente histórico durante los años del

franquismo, en los que fue responsable del sector de sanidad a nivel nacional. El doctor Villa Landa

también ha abandonado la militancia del Partido Comunista, que cumplirá este año su LX aniversario.

A riesgo de pecar de inexactos y de caer en algún esquematismo no deseado, empezaremos con las

alineaciones de «euros», prosoviéticos y carrillistas que conviven en el seno del partido.

Según este criterio, y con las debidas reservas y los convenientes matices, podría establecerse una lista de

defensores decididos de la tendencia «euro» comenzando con el poeta Marcos Ana; Nicolás Sartorius,

número dos de Comisiones Obreras; Manuel Azcárate, responsable de relaciones internacionales del

partido; Eugenio Triana, miembro del secretariado, y Pilar Brabo, que también lo es; Carlos París, decano

de la Universidad Autónoma de Madrid; Julio González Campos, catedrático de Derecho Internacional;

Cristina Almeida, concejal del Ayuntamiento de Madrid; Roberto Lerchundi, líder de los comunistas

vascos; Antoni Gutiérrez —«El Guti»—, secretario general de los comunistas catalanes; Ernest García,

recién dimitido secretario general del PC valenciano; Ángel Guerrero, secretario general de Galicia; el

diputado catalán Solé Tura; Ramón Tamames; la ex diputado catalana María Dolores Calvet; Carlos

Alonso Zaldivar, miembro del secretariado, y la sevillana Amparo Rubiales, miembro del comité central,

entre otros.

«Soviéticos» y «santiaguistas»

Entre los «duros» y prosoviéticos estarían Federico Melchor, director de «Mundo Obrero»; Armando

López Salinas, del secretariado; Santiago Alvarez, también del secretariado; Tomás García, diputado por

Málaga; Melquiseder Rodríguez Chao, del comité central; el vasco Ramón Ormazábal; Antonio

Palomares, rival en Valencia de Ernest García; Horacio Fernández Iguanzo, histórico líder asturiano

elevado a la categoría de mito musical por Víctor Manuel; Ignacio Gallego, vicepresidente del Congreso

de los Diputados; García Salve, el «cura Paco»; Anselmo Hoyos, responsable del campo y miembro del

comité central; Ignacio Latierro, del comité eje cutivo de Euskadi; José Luis Núñez Casal, de la secretaría

del grupo parlamentario; el granadino Damián Pretel, miembro del comité central, y Ambrosio

Sansebastián, «El Chicarrón», recientemente expulsado de la secretaría de Santander.

Existiría un tercer apartado de los llamados «incondicionales de Carrillo», entre los que podría citarse al

joven, brillante, prometedor —y hasta apuesto, según dicen ellas— Enrique Curiel, secretario del grupo

parlamentario comunista y candidato a ocupar el escaño que deje vacante Marcelino Camacho; Jaime

Ballesteros, «aparatista» de pro, que controla en sus manos todos y cada uno de los hilos del partido; José

Carlos Mauricio, secretario general de Canarias; José María Gonzélez Jerez, miembro del ejecutivo y

responsable de propaganda y de la organización de la fiesta del PCE; Romero Marín; Fernando Soto,

secretario general de Andalucía; Luis Lucio Lobato, miembro del ejecutivo, de sesenta y dos años de

edad, responsable de la juventud (?); Vicente Cazcarra, del secretaria do y responsable de la campaña de

afiliación, y Gerardo Iglesias, «Gerardín», secretario de Asturias, también conocido como «Follardín»,

por su desmedida afición a la militancia femenina.

Naturalmente, entre los tres apartados, establecidos convencionalmente, existen unos sutiles vasos de

comunicación capilar, que intercomunican a algunos personajes de un vértice del triángulo a otros.

Muchos de los disidentes son partidarios de desmitificar esa historia de «euros» y «no euros» que a su

juicio no es otra cosa que una cortina para ocultar la batalla de influencias en el seno del partido.

Así, citan como ejemplo el de Pilar Brabo, aupada al número dos o tres de la jerarquía comunista, merced

al apoyo de Carrillo y sus propias habilidades manejando las palancas del aparato interno. Pilar Brabo ha

caído en desgracia tras un enfrenta miento con Carrillo hace dos años. Algunos dirigentes vieron llorar a

Pilar, tras las duras palabras de Santiago. La Brabo, tras un tormentoso idilio con Michi Panero —el de la

película «El desencanto»— ha «desaparecido» prácticamente de la escena pública y ha llegado a

comentar con amigos suyos, en la broma amable de las sobremesas, que «lo que hay que hacer es irse del

partido y poner un pub». Otro de los «desaparecidos» es el miembro del secretariado Eugenio Triana.

Por su parte, los carrillistas padecen los mismos síntomas —salvando las distancias— que la Unión de

Centro Democrático: reciben golpes desde ambos flancos del espectro, en su delicada y difícil postura de

funámbulos, intentando conciliar ambas pro puestas.

En este sentido, las críticas al eurocomunismo y a su debilidad teórica frente a la monolítica y bien

armada teoría de los ortodoxos, son constantes los rudimentos del eurocomunismo, ya se conocían

desde Kautsky, cuando, a principios de siglo, el secretario de Engels optó por el acceso al poder por la

vía pacífica y parlamentaria. No ha habido un desarrollo teórico del eurocomunismo, quizá porque el

PCE, a diferencia del PCI, no ha contado con un teórico de tan inmensa altura como Gramsci, que

estando encarcelado por Mussolini y en pleno auge del «jefe» José Stalin, tuvo el arrojo de declararse

antistalinista.

Quizá también porque tampoco tuvo a su Palmiro Togliatti.

Los méritos históricos de Carrillo

El caso es que los críticos de Carrillo denuncian su sentido patrimonial del partido, y su pre sunta y

obsesiva preocupación por su imagen histórica personal. Nadie, sin embargo, le niega sus méritos,

Carrillo provocó el abandono de la lucha guerrillera en la década de los cuarenta y fue el responsable del

giro en redondo dado por el partido en 1968, cuando se produce la terminante condena del PCE a la

invasión de Checoslovaquia. Pero, sobre todo, su gran mérito histórico ha sido el ser el «padre» de la

política de reconciliación nacional en 1956, de la que se ha nutrido todo el proceso actual de tránsito a la

democracia, al igual que por haber sido el principal inspirador de la fundamental Junta Democrática.

Los críticos, no obstante, constatan la ausencia de análisis, debate y autocrítica en el seno de la dirección,

en los últimos años, con lo cual, según uno de los dimisionarios «se sigue falseando la realidad, en lugar

de someter al partido a un profundo proceso de limpieza interna y autocrítica. La política del Partido en

los últimos años ha sido errónea, y no se ha reconocido, se ha seguido ocultándola con el silencio».

Los «delfines»

Por las manos de Carrillo, dicen algunos de los disidentes, pasó la oportunidad de crear el partido nuevo

que el país requería, apoyado en los cuadros jóvenes —que son los que se están marchando— surgidos de

la década más activa y brillante, la de 1965-1975.

¿Se plantea, pues, la sustitución de Carrillo? Nadie piensa en ella. El cambio en el PCE, en este momento,

tendría que hacerse, según todos los testimonios, con el propio Carrillo. Los únicos que se atreven a

plantarle cara al secretario general son los comunistas catalanes, totalmente autónomos y que van «por

libre»: Antoni Gutiérrez hace meses que no acude a las reuniones de Castelló (sede central del PCE).

De todas formas, se sigue hablando de «delfines». Y en la lista aparece, en primer lugar, Nico Sartorius,

considerado por muchos como el sustituto «ideal», el «berlinguer» español —también es noble, al igual

que el dirigente italiano—. Otros le reprochan, sin embargo, su escaso empuje y decisión. Carlos Alonso

Zaldívar, miembro del secretariado, es otro de los candidatos. Joven y notable bailarín díscotequero,

ingeniero aeronáutico, es uno de los dirigentes más inteligentes, imaginativos y formados del PCE. Y uno

de los más valientes y decididos, junto con Tamames. Jaime Ballesteros es para muchos el «aparatista» y

«tapado» de Carrillo, el auténtico delfín del secretario general. En otro orden de importancia aparece Jordi

Solé Tura. Caso aparte es el de Tamames. El espectacular y «glamouroso» y un tanto «libertario»

diputado no parece gozar de muchas simpatías dentro de la jerarquía. «Ni un solo miembro del

secretariado le votaría», señalaba a este columnista un dirigente del partido. Acusado de

«regeneracionista» y escasamente marxista, es sin embargo, uno de los pocos líderes que lo son sin la

etiqueta del PCE, por sus propios méritos y su apabullante personalidad. Y como se nos acaba el espacio,

de momento sigan leyendo el editorial. Otro día seguiremos. Hoy este diario abre sus páginas al debate

que muchos militantes tan encarecidamente solicitan.

 

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