Autor: Gutiérrez, José Luis. 
 Viaje al interior de la iglesia comunista. 
 La crisis del PCE (I)     
 
 Diario 16.    22/09/1980.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 18. 

Diario 16/22-septiembre-80

NACIONAL

GRITOS Y SUSURROS

Viaje al interior de la iglesia comunista

La crisis del PCE (I)

José Luis Gutiérrez

Desde hace algún tiempo se viene hablando de la crisis interna del PCE. Nadie hasta ahora —en parte por

el dificilísimo acceso a las fuentes, que caracteriza al mundo comunista— la ha descrito con detalle. Esta

serie de cinco capítulos que hoy comienza y concluirá el viernes pretende ser una aportación rigurosa al

análisis del problema.

¿Qué pasa en el PCE? ¿Qué ocurre en el viejo e histórico partido desgajado de las Juventudes Socialistas

allá por el ano 1936? Algo ocurre en «Le Parti», «El partido» por antonomasia, la vieja y legendaria

organización obrera española.

Algo sucede cuando, por ejemplo, el histórico dirigente comunista vasco Ramón Ormazábal se dedica al

espionaje electrónico, a controlar los teléfonos del «euro» Robert Lerchundi, el batallador secretario

general del Partido Comunista de Euskadi. La anécdota del insignificante «watergate», en versión

vascocomunista, nos puede servir como ilustración de arranque de la crítica situación interna.

Porque también al PCE ha llegado la crisis que aqueja a toda la esfera política española. Una sería y

profunda crisis de militancia, de identidad política y hasta ideológica que adquiere progresiva y creciente

virulencia y que estos días contrasta con los despreocupados y festivos aires de fritanga, música y verbena

que ya se ventean ante la proximidad de la fiesta del PCE, a celebrar el próximo fin de semana en Madrid.

Los militantes se dan de baja o simplemente dejan de acudir a las agrupaciones. Una vasta y preocupante

riada de profesionales e intelectuales han abandonado el PCE y los enfrentamientos entre miembros de la

dirección comunista comienzan a traspasar los sólidos muros del partido.

El pasado mes de enero, la revista «La Calle» —semanario editado, auspiciado y escrito por miembros

del PCE— publicó un denso, completísimo «dossier« en dos capítulos, titulado «El PCE por dentro»,

firmado por Carlos Elordi, a la sazón miembro del partido. Un buen informe en suma. En él se daba como

dato, en el cuadro de militancia, los 201.000 miembros que tenía el partido en 1977, y los 171.000 del 78.

El partido contaba en 1975 con 15.000 militantes hasta llegar a las elecciones de 1977, donde surgió la

gran avalancha de los 200.000. Fue el «novecento» hispano, el fruto recogido por el único partido

seriamente organizado y estructurado en el interior, que resistió el inmenso hostigamiento de cuarenta

años de lucha clandestina contra el franquismo.

Después, las previsiones de Pilar Brabo, (miembro del secretariado), que calculaba 300.000

militantes para finales del 77, no se cumplieron. Al contrario. El propio Elordi da la cifra de 140.000

carnets para finales del 79, al tiempo que admite la existencia de «cifras hinchadas» en los datos del 77 y

un claro «descenso de la militancia».

El pasado mes de enero, el partido lanzó una masiva campaña de afiliación, dirigida por Vicente

Cazcarra, un miembro del secretariado —colectivo de quince personas, en el que residen las máximas

cotas de decisión y poder del partido—. Razón pública de la campaña: aumentar la afiliación.

La razón real, sin embargo, era otra. Conseguir detener el alarmante aumento de las fugas y tratar de

alcanzar los niveles de afiliación de años anteriores. La campaña fue un fracaso y, prácticamente, se

abandonó. No solamente no alcanzó sus objetivos previstos, ni siquiera logró actuar como cortafuegos y

evitar que la desbandada se extendiera. Y esta tónica es general en todo el país. Los propios dirigentes del

PSUC (comunistas catalanes) admiten una pérdida de militancia de 20.000 a 30.000 afiliados en Cataluña,

una de las zonas de más firme implantación del partido.

Según datos fiables recogidos por este columnista en fuentes del comité central, a finales de verano las

cifras reales estaban ya alrededor de los 110.000 militantes.

Las razones

Pero, ¿por qué se van? ¿Se trata solamente de un abrumador síntoma del cansancio revolucionario? El

dirigente Luis Lucio Lobato habla de «horas bajas» en el partido. Pero la «depresión» dura ya años y, lo

que es más grave, la sintomatología se agrava alarmantemente como hemos visto. La vida en las cerca de

3.000 agrupaciones comunistas de toda España languidece. Los militantes no acuden más que en número

insignificante, alrededor de un 15 o 20 por 100, según fuentes fiables, y hay agrupaciones que mantienen

escasamente dos o tres encuentros al año.

El nivel de discurso y debate político es muy bajo, al igual que en los demás partidos. El país no da para

más. Esta indigencia teórica y política se ha visto preocupantemente agravada por la masiva estampida de

intelectuales y profesionales —de la que hablaremos en capítulo aparte—, que nunca se integraron en las

agrupaciones de barrio, tras haber sido disueltas, en 1976, los colectivos profesionales —abogados,

periodistas, arquitectos, médicos, etcétera—. La militancia, lejos ya de la lucha contra la dictadura, ha

perdido su referente de riesgo, lucha y aventura, su silueta heroica, y se ha hecho más gris y cotidiana.

Hay, también, un porcentaje del famoso desencanto nacional del que tampoco se han librado las bases y

hasta algunos dirigentes intermedios.

«Euros contra pro soviéticos»

Pero, a juicio de todos los observadores, algunas de las razones principales de la crisis son de tipo

ideológico y político. La falta de democracia interna, de posibilidades de canalizar propuestas políticas de

«abajo arriba» y la frustración producida en los militantes de base al no consumarse las expectativas que

el modelo eurocomunista había procreado años antes, son los motivos de más relieve.

Y esta frustración ha conducido a un claro enfrentamiento entre la tendencia aperturista —los «euros»—

y los viejos dirigentes del aparato, aunque estas dos posturas no son las únicas que explican las numerosas

vicisitudes y corrientes que impregnan la compleja pirámide comunista.

El largo camino del eurocomunismo español comenzó en 1968, con la condena del PCE a la invasión de

Checoslovaquia y la salida del partido de los dirigentes pro soviéticos Enrique Líster, Agustín Gómez y

Eduardo García, e inició su declive en 1976 con el regreso al interior del país de los dirigentes comunistas

del exilio.

Desde esa fecha se produce un retroceso de la solución eurocomunista, con una escisión progresiva entre

dos tendencias cada vez más inconciliables. Una, de corte más clásico o pro soviética que, ante lo que

califica de socialdemocratización del PCE o de falta de elaboración estratégica del eurocomunismo,

defiende un enfrentamiento más radical con la derecha, e incluso con los socialistas, una hermandad más

estrecha con la U.R.S.S. y los países socialistas, la intensificación del centralismo democrático y la

proclividad al obrerismo y el antiintelectualismo. El peso de esta tendencia es mayoritario en la base del

partido y en el «staff» de la dirección, especialmente entre los viejos compañeros de Carrillo de las

Juventudes Socialistas Unificadas, como Federico Melchor, Ignacio Gallego, Santiago Alvarez, o Tomás

García.

 

< Volver