Autor: Gutiérrez, José Luis. 
 La crisis del PCE (II). 
 Los que se fueron     
 
 Diario 16.    23/09/1980.  Página: 5. Páginas: 1. Párrafos: 20. 

Díario16/23-septiembre-80

NACIONAL

GRITOS Y SUSURROS

La crisis del PCE (II)

José Luis Gutiérrez

Antes de nada, una noticia. Marcelino Camacho se va del Parlamento. El líder de Comisiones Obreras ha

encontrado su «camino de Damasco» en la República Popular China, donde ha quedado profundamente

impresionado por el ambiente de discusión en el seno del partido y la participación obrera en las fábricas.

Y, visto lo que allí sucede, ha pensado que la acumulación de cargos no es lo más conveniente, por lo que

abandonará su escaño para dedicarse al sindicato. Candidatos a sucederle: su «número dos» en CC 00,

Nicolás Sartorius, y Enrique Curiel, el joven y brillante miembro del secretariado y del grupo

parlamentario comunista. Es posible que Curiel ocupe el escaño. El denso trabajo sindical reclama a

Sartorius.

La marcha de los profesionales del partido ha sido una de las principales preocupaciones de los dirigentes

del mismo, desde que comenzó hace ya algún tiempo, y de la que hablamos en este capítulo.

Los que se fueron

En el capítulo anterior reseñábamos las características del sector pro soviético dentro del PCE. De los

eurocomunistas, por su parte, cabe decir que han perdido influencia desde que abandonaron el partido una

gran parte de jóvenes dirigentes, procedentes de las áreas universitarias y profesionales, que en la primera

mitad de la década de los 70 asumieron la imagen y muchas de las responsabilidades del PCE del interior.

Estos sectores se caracterizan por promover una mayor democratización interna, impulsar la renovación

de los viejos cuadros dirigentes, la critica acentuada al modelo socialista existente en los países del Este

de Europa, optar por una mayor colaboración con el PSOE y la separación e independencia de CC OO

con respecto al partido.

En el plano teórico, ponen el énfasis en el carácter transformador de los nuevos movimientos

independientes y marginales —ecologistas, feministas, jóvenes, etcétera—. La punta de lanza y refugio de

los «euros» ha sido la revista teórica «Nuestra Bandera», donde han establecido su tribuna los dirigentes y

militantes más renovadores, como Manuel Azcárate, Carlos Alonso Zaldivar, Ernest García y Manolo

Castells, entre otros. En las páginas de la revista han aparecido incluso serias críticas contra el propio

secretario general.

Y en medio, Santiago Carrillo, eurocomunista de puertas afuera, pero protector de los más inmovilistas en

el aparato. Carrillo, con su proverbial habilidad, intenta conciliar las dos posturas cada vez más

antagónicas, al precio de perder, por un lado, credibilidad política y, por el otro, una parte sustantiva de

los cuadros que impulsaron el eurocomunismo en las filas del PCE, a partir de 1968. Esta postura no le ha

impedido hacerse con el control omnímodo y absoluto de todos y cada uno de los hilos del partido. En el

PCE, nadie respira sin permiso de Santiago...

El Austria carmesí

Diversas anécdotas pueden dar una idea casi exacta de la omnipresencia de Carrillo en cualquier instancia

del partido, su poder absoluto de Austria carmesí que nadie discute.

En los primeros debates constitucionales, cuando el borrador de la Carta Magna aún estaba en Comisión,

el comité ejecutivo —treinta y cinco miembros— se reunió con el grupo parlamentario para debatir una

posible enmienda a favor de la República. Eran los primeros tiempos del debate constitucional y el

partido —al igual que el PSOE— aún hacía alardes de republicanismo.

En el seno de la reunión se produjeron airados y casi unánimes comentarios en pro de una postura de

fuerza a favor de la citada moción. Tan sólo Jordi Solé Tura, el prudente diputado catalán, se mostró

reticente. Carrillo estaba en Barcelona y en aquel momento sonó el teléfono: era Santiago. Jordi le

informó del debate y de las posturas casi unánimes a favor de la moción. Guardó silencio apenas un

minuto, mientras asentía con la cabeza, y colgó. «Dice Santiago que la moción es inviable.» Se hizo un

silencio absoluto, nadie volvió a defender la conveniencia de la moción republicana y se dio por zanjado

el asunto. Tal es el grado de sumisión política al secretario general.

Y si Carrillo está presente en la reunión, el acatamiento y la docilidad son aún más patentes.

Hace meses, Tamames, en unas declaraciones, sugirió al teniente general Vega como ministro del

Interior. Las declaraciones de Tamames serían desmentidas por Carrillo, quien señaló que el comité

ejecutivo no estaba de acuerdo. Tamames se excusó diciendo que había sido mal interpretado por la

prensa. Poco después, sin embargo, durante una visita a Gijón, Tamames volvería a insistir sobre la

candidatura de Vega. En la siguiente reunión del grupo parlamentario, en presencia de todos los diputados

comunistas, Carrillo le diría a Tamames, con un claro tono de enfado: «Ramón: ¿Esta vez también se han

equivocado los periodistas?» Tamames, visiblemente turbado y nervioso, redactó apresuradamente una

nota desmintiendo sus afirmaciones, y se la pasó al responsable de prensa para que le diera curso...

El poder de Carrillo y el copo de los puestos clave de la dirección por parte de los viejos líderes del exilio

es una de las causas de la diáspora de la «intelligentsia» comunista. José María Mohedano, protagonista

como acusador en el «caso Atocha», y uno de los abogados más brillantes del partido —que acaba de

abandonar muy recientemente—, escribía el pasado 17 de septiembre en este diario sus impresiones sobre

el asunto. «Sorprende comprobar —decía Mohedano— que los encargados de resolver el problema

(rescatar a los intelectuales) sean los mismos dirigentes de confianza que dentro de una pesada atmósfera

de intrigas, husmearon y denunciaron cualquier manifestación de "arrogancia intelectual" y que

denunciaron en bloque a los "picos de oro".» La expresión «picos de oro» fue empleada por Carrillo,

peyorativamente, refiriéndose a los profesionales e intelectuales jóvenes durante el IX Congreso, en mayo

del 78.

Los que se fueron

Otra de las causas de la marcha de los intelectuales —entretejida con las motivaciones particulares de

cada uno— fue la disolución de los colectivos profesionales, decidida en 1976. La excusa que dio el

partido fue la necesidad de que se integraran en la estructura territorial —la «territorialización»— de las

agrupaciones. Para los disidentes, sin embargo, la disolución de sus colectivos se produjo para evitar

la molesta crítica de estos sectores, sobre todo de cara al IX Congreso.

Constituyen una lista muy respetable, no sólo por el número, que es elevado, sino también por la calidad

de sus integrantes. Solamente del colectivo de abogados madrileños del PCE, constituido por más de 130,

se estima en fuentes solventes que han entregado el carnet o, simplemente, han dejado de pertenecer «de

tacto» al partido más de 100 letrados. Entre ellos, el propio Mohedano; o Manolo López, que fue el

abogado de Carrillo cuando le detuvieron en Madrid en 1976, con el famosos «affaire» de la peluca.

Antonio Rato, que lleva los temas de «Mundo Obrero». O Manola Carmena, esposa del dirigente de

arquitectos, Eduardo Leira. Manola acaba de ganar un flamante título: el de juez de Primera Instancia en

unas recientes oposiciones.

Una de las ausencias más sentidas ha sido la de Manuel Sacristán y su escuela teórica en Barcelona —si

bien su marcha lo ha sido por razones distintas—, considerado como el máximo teórico del PCE y uno de

los intelectuales más importantes de la izquierda europea.

El caso de los arquitectos madrileños es similar al de los abogados. De los 70 arquitectos con carnet se

han ido la inmensa mayoría, empezando por Eduardo Leira, responsable del colectivo de arquitectura y

urbanismo del partido. Al igual que los médicos. Su dirigente, Carlos Borrasteros, también ha

abandonado la militancia. O Mario Trinidad, responsable nacional de los funcionarios. También se ha ido

Pablo Cantó, reputado economista.

Muy parecido es lo ocurrido con los periodistas madrileños, muchos de ellos fuera del partido, o

distanciados «de facto», de los que hablaremos en otro capítulo.

Junto a éstos hay un largo etcétera de dirigentes de peso como Herrero Merediz, o Valentín Areces,

ambos asturianos y del comité central y fuera ya del PCE. O el popular líder sindical Tranquilino

Sánchez, pasado de CC OO a UGT; o Garmendía de CC OO de Euskadi, autor de un reciente libro sobre

ETA, que también ha entregado su carnet.

Y en la Universidad madrileña, la desbandada ha sido total. De 2.000 militantes —entre profesores y

alumnos— con que contaba el partido en 1977, en la actualidad quedan menos de 150...

Otros, tan connotados como los anteriores, también han abandonado las filas comunistas. Como Dolores

Sacristán, ex miembro del comité central y responsable de la Federación Norte de Madrid; Juan Irigoyen,

secretario de organización de Santander; el fiscal Chamorro, que aunque nunca perteneció «de iure» —

por imposibilidades de su profesión— sí estaba muy próximo al partido y ahora se ha alejado

definitivamente de él; incluso Pedro Caba, reputado médico, responsable de la salud de Dolores Ibarruri

«La Pasionaria», o Pedro Amalio López, realizador de TVE...

 

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