Autor: Sacristán, Manuel. 
   A propósito del V Congreso del PSUC     
 
 El País.    22/01/1981.  Página: 14. Páginas: 1. Párrafos: 12. 

14/NACIONAL

POLÍTICA

EL PAÍS, jueves 22 de enero de 1981

TRIBUNA LIBRE

A propósito del V Congreso del PSUC

MANUEL SACRISTÁN

Uno de los aspectos más interesantes del V Congreso del PSUC es que constituye una excepción a lo que

comúnmente se piensa sobre las élites y sus bases. En este congreso, la base de una organización —y una

organización más estricta que otras— ha conseguido derrotar al vértice de la pirámide. (La metáfora de la

pirámide es seguramente insuficiente para la comprensión general de las cuestiones del poder, pero parece

bastar en este caso.)

La explicación conspirativa del acontecimiento, que lo atribuye a la actuación de unos pocos cuadros de

la secretaría de organización, es, en este caso, tan endeble como siempre. Es sólo un consuelo o desahogo

ritual y una vergonzante trinchera política del sector, cuya condición de minoría ha quedado de manifiesto

en el congreso. La secretaría de organización del PSUC llevaba muchos años —decenios— bajo la

dirección de una misma persona. En el supuesto de que la actuación de ésta y sus pocos colaboradores

inmediatos hubiera sido una causa eficaz del resultado de este V Congreso, habría que preguntarse por

qué lo ha sido ahora y no mucho antes. Por esta vía, como por otras varias, se llega a una conclusión

bastante clara para quien considere lo ocurrido sin espíritu de bandería: la irrealidad de la política del

PCE-PSUC, su inconsistencia analítica, salta ya a la vista de tal manera que la base obrera del partido,

pese a estar insuficientemente provista de elementos de juicio, ha podido superar las inhibiciones de la

disciplina y de la reverencia a los jefes. La interpretación conspirativa de los hechos no merece la

consideración de quien conoce la pasión con que los delegados obreros han sostenido sus puntos de vista,

articulados generalmente de manera muy simple, pero bastante esencial. El eurocomunismo, le gritaba un

delegado obrero en una comisión del congreso a uno de los delegados a los que la Prensa llama leninistas,

«no es una palabra; es romper huelgas».

No es ajena a lo dirimido en el V Congreso del PSUC la debilidad del eco que ha tenido esa sorprendente

oleada de democracia de base. Se pueden destacar, por lo exacto de sus observaciones al respecto un par

de párrafos en sendos editoriales de EL PAÍS, en los que el editorialista registraba la evidencia de que el

V Congreso del PSUC no ha sido un juego con cartas marcadas, como lo son tantos congresos de tantos

partidos y organizaciones; y, sobre todo, un editorial agudo y completo de Diario de Barcelona. Pero, en

general, la Prensa, y también la minoría derrotada, no parecen querer notar la interesante ruptura de la ley

de las burocracias que es el V Congreso del PSUC. La nueva extrema derecha está verdaderamente

escandalizada por el atrevimiento de la plebe política comunista: un editorial de Diario 16 reclama que se

desplieguen mecanismos de represión eficaces por si ese bajo pueblo comete desmanes.

La reacción contra la mayoría del V Congreso del PSUC suele tener carácter elitista, no sólo por parte de

la derecha, sino también en la pluma (y aun más violentamente en la boca) de la minoría derrotada. Esta

se expresa con una prepotencia despectiva que revela la consciencia de superioridad del especialista en la

técnica y poder sobre el rebaño de comunes mortales llamados a obedecer a los que saben y pueden. No

hay ninguna duda de que esa consciencia de superioridad está bien fundada si se acepta la jerarquía de

valores de esta sociedad. Los pobres vencedores del V Congreso muestran su pesar, con la primariedad de

sus conceptos y con su falta de intelectuales (en el aparato del partido y en la producción), que no pueden

sostener una batalla de palabras con la pequeña burguesía intelectual de técnicos y políticos profesionales

a la que han derrotado sorprendentemente y, sin duda, pírricamente.

Las divisiones de clase dentro de las mismas organizaciones políticas no han desaparecido por el hecho

de que la cultura dominante las ignore o las declare caducas. Pero esa no es la única evidencia recordada

por el V Congreso del PSUC. Otra de bastante interés es la organicidad social de los grupos de

intelectuales. El antimarxismo, hoy imperante, y la inveterada costumbre de citar a los clásicos de oídas

creen que el concepto gramsciano de la organicidad o inorganicidad de los grupos de intelectuales en

determinadas capas sociales es un asunto programático, o de voluntad política. En realidad no se trata de

un fenómeno tan político, sino de un hecho de raíces más profundas, y más accesible al estudio de los

sociólogos y los historiadores que a la voluntad de los políticos. La evolución del PSUC, cuyo resultado

presente queda de manifiesto en el V Congreso, ha llevado a que el grupo de intelectuales (incluidos los

políticos profesionales que lo representan en los parlamentos y otras instituciones) no sea orgánico en su

base obrera, sino más bien en el dispositivo político de la clase dominante, y así en esta misma. (Ese no es

un hecho sin precedentes: en la segunda internacional, ocurrió ya antes de la primera guerra mundial,

causando en varias secciones nacionales choques entre las fracciones parlamentarias y otras instancias del

partido.) De ahí que se exprese respecto de la base obrera con el mismo desprecio y la misma violencia

que los intelectuales explícitamente orgánicos en la clase dominante, por ejemplo, los periodistas de la

derecha social. De ahí también que éstos sientan ahora simpatía por los intelectuales —de aparato o no—

dominantes en los grupos parlamentarios comunistas: el mismo número de Diario 16 que levantaba el

paredón para los obreros comunistas publicaba un elogio de uno de los intelectuales parlamentarios del

PSUC.

Interpretaciones

La intelectualidad del PSUC y del PCE ha empezado en seguida a realizar una de las tareas más

características del trabajo intelectual: la interpretación de lo ocurrido. (Su situación al hacerlo es

excepcional: trabaja pro domo sua, ella misma es el grupo dominante a cuyo poder directo ha de servir su

trabajo, cosa insólita en la práctica intelectual.) Hasta el momento ha producido dos interpretaciones, una

de las cuales se presenta en dos versiones. Miembros del grupo procedente de bandera roja ofrecen como

interpretación de lo ocurrido la construcción, ya mencionada, en clave de la teoría conspirativa de la

historia. No vale la pena detenerse ante ese pobre intento. La primera versión de la otra explicación ha

sido repetidamente propuesta por Santiago Carrillo. Consiste en reconocer el malestar de la base

comunista, que habría llevado en el PSUC al resultado del V Congreso, explicando ese malestar por la

crisis económica y las dificultades de la transición.

Parece permisible inferir de esa explicación, por implicación, que Santiago Carrillo ve en el descontento

de la mayoría de la base obrera comunista ingenuidad política, frustración de esperanzas infundadas, en

suma, la ignorancia de los legos. Seguramente hay mucha verdad en esa explicación. Creemos que su

defecto es que está demasiado lejos de ser toda la verdad. La segunda versión de esta explicación se

puede atribuir a Antonio Gutiérrez: consiste en añadir a la versión anterior el reconocimiento autocrítico

de errores, por ejemplo, en el seguimiento de los acuerdos de la Moncloa. Esta versión tiene también su

verdad —algo más que la anterior, al menos en la intención—, pero igualmente deja fuera de

consideración una causa importante de la frustración de la mayoría obrera comunista.

Esa causa es el hecho de que su partido se ha identificado en la crisis con un sistema socioeconómico al

que las crisis son inherentes, el hecho de que su partido ha aceptado una Constitución que consagra una

economía que avanza a través de crisis, el hecho de que su partido ha pretendido demagógicamente hallar

salidas progresivas a la crisis estrictamente dentro del sistema, y ha presentado así la crisis como un

extraño resultado de la mala voluntad o de la incompetencia de los gobernantes. La base obrera del

partido comunista no es tan necia como para reprocharle a éste que el capitalismo sufra crisis (sobre los

problemas económicos de las sociedades del Este no tiene ni información ni instrumentos conceptuales,

que no encuentra ni en el partido ni fuera de él); lo que le reprocha es su adhesión al sistema de las crisis,

su complicidad con lo establecido.

La mayoría del V Congreso del PSUC no ha conseguido decir claramente más que dos ideas: que rechaza

el tipo de política que da de sí cosas como los pactos de la Moncloa, y que la oposición al imperialismo

capitalista es un elemento de su identidad moral e ideal. Esto último lo ha dicho en la resolución final del

congreso, con la condena del innumerable asesinato cotidiano perpetrado en El Salvador por un Gobierno

títere de Estados Unidos, bajo la dirección de asesores norteamericanos. Ambas posiciones, por

escasamente lograda que esté su articulación, consiguen la adhesión de todas las personas y de todos los

grupos que tienen algo que ver con las ideas comunistas. Eso explica el florecimiento de iniciativas,

discusiones, reuniones de ex militantes del PSUC y del PCE que se están produciendo estos días en

Barcelona y su comarca, Asturias y Andalucía, que sepamos. La reacción primaria en estos ambientes,

frecuentados por personas que dejaron el partido comunista durante los últimos diez años, es de

acercamiento a ese partido, atraídas por la tendencia de la base obrera a recuperar su consciencia

anticapitalista. Pero no es probable que ese estado de ánimo dure mucho, porque la debilidad relativa de

los vencedores del V Congreso del PSUC, la enérgica y unitaria reacción del establecimiento burgués —

desde la extrema derecha, pasando por los socialistas, hasta los mismos intelectuales y políticos

derrotados del PSUC— contra la osadía de los incultos, y, por último, la función previsible —y en parte

confesada ya— de los cuadros injustificadamente llamados leninistas, que es la de escamotear la victoria

de quienes los han votado y desanimar a la mayoría obrera, hacen muy poco probable que ese curiosum

que es para la ciencia política el V Congreso del PSUC llegue a dar lugar a algo que se consolide. Lo más

probable es que la ley de las élites burocráticas vuelva a imponerse en poco tiempo: los obreros del

cinturón industrial estarán de sus ocho a diez horas en las fábricas y en los tajos, mientras los políticos

profesionales, alimentados con sus cuotas o con las remuneraciones ganadas mediante sus votos, dedican

veinte horas al día a recomponer la red mágica de la opresión cultural. La base obrera mayoritaria en el V

Congreso puede contar con muy pocos intelectuales —unos cuantos abogados laboralistas, un ingeniero,

un político profesional, y muy pocos más—, y aún sólo relativamente, pues, como se vio en el congreso,

las posiciones a las que apasionadamente llegó la mayoría obrera rebasaban ampliamente las

formulaciones del núcleo que intentaba ser su portavoz. En cualquier caso, estos pocos portavoces no se

decidirán a intentar una batalla de ideas contra el ejército de profesores, periodistas, magistrados,

arquitectos, médicos, políticos profesionales... Esta sociedad es así. En ella siguen vigentes cosas vistas

—y, en nuestra opinión, mal entendidas— por Kautsky y por Lenin hace mucho tiempo a propósito de las

relaciones entre obreros e intelectuales.

Dudas sobre la consolidación

De modo que consideramos muy poco probable que la fugaz victoria de la mayoría obrera del PSUC se

consolide. Por otra parte, creemos que una conmoción en sí misma tan notable como el V Congreso del

PSUC es todavía demasiado poco para poner en marcha un proceso de reconstrucción comunista. El PCE

y el PSUC llevan ya tantos años degradando su sustancia que, aunque sus crisis puedan tener importancia

en el camino hacia la constitución de una nueva cultura comunista, no abren un horizonte suficiente para

ese camino. El mismo estallido de consciencia obrera en el V Congreso del PSUC adopta, por falta de

otra cosa, los conceptos acomodaticios y el léxico vago de los eurocomunistas.

La situación de derrota del comunismo entre el martillo imperialista occidental y el yunque del

despotismo oriental es demasiado grave para que la pueda compensar la crisis de consciencia de un

partido.

Esa crisis, sin embargo, tiene mucho interés, porque recuerda que la base humana, social y moral del

comunismo sigue ahí, en las necesidades de la humanidad explotada y oprimida. Esa persistencia, por

debajo de la marea ideológica y propagandística que acompaña a los primeros escarceos de la nueva

ofensiva imperialista del rearme y la generalización de las técnicas destructoras del planeta, constituye el

principal fundamento en que basar la resistencia al futuro, muy poco deseable, implicado por la

recomposición de la economía capitalista a través de esta crisis. En ese fundamento pueden conseguir

consistencia los intentos de hallar formas de vida alternativas a la perspectiva anunciada por la nueva

escalada del armamento atómico, el creciente desarrollo de las armas biológicas y las centrales nucleares,

pensando en cuyo plutonio se regodean ya tantos aguerridos estrategas de países pequeños o medianos.

Hace tiempo ya que la esperanza de evitar el fatal camino seguido por las clases dominantes estriba en

llegar a la unión del movimiento obrero, no con sus explotadores —en Gobiernos de concentración o en

consensos—, sino con las fuerzas que rechazan la dinámica del desastre. También en este punto el V

Congreso del PSUC da cierta vida a esa esperanza, con su oposición a las centrales nucleares. Mucha

gente puede obtener la nueva o reforzada motivación para seguir esforzándose dentro de esa perspectiva.

Mientras tanto, el V Congreso del PSUC nos ha refrescado con el agradable espectáculo de la derrota (por

fugaz que sea) de un equipo político de pequeños burgueses, profesionales de la palabra, a manos,

principalmente, de obreros de la construcción del Valles y el Bajo Llobregat.

Esta tribuna está firmada también por los miembros de la redacción de la revista Mientras Tanto,

compuesta por María José Aubet, Ezequiel Baro, Miguel Candel, Juan Ramón Capella, Antoni

Domenech, Paco Fernandez Buey Ramón Garrabou, Antonio Izquierdo Enric Pérez Nadal, Víctor Ríos

Eduard Rodríguez Farre.

 

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