Autor: Ramírez, Pedro J.. 
   ¿Puede caer Carrillo?     
 
 ABC.    05/01/1981.  Página: 3. Páginas: 1. Párrafos: 19. 

Diario16/5enero81

OPINION

PEDRO J. RAMIREZ

¿Puede caer Carrillo?

TAL y como ya han relatado algunos cronistas, la presentación del libro de Juan Luis Cebrián «La España

que bosteza» se convirtió hace unos días en una especie de competición de «sokatira» entre políticos y

periodistas. Mientras nosotros, imbuidos por el vigor de la insatisfacción y el desencanto, tratábamos de

arrastrarles hacia una situación más dinámica en la que fuera concebible la irrupción de nuevos jugadores

a la hora de repartir la baraja del poder, ellos clavaban sus tacones en el suelo y echaban hacia atrás el

espinazo, resistiéndose a ser desplazados un solo centímetro, bajo la excusa de que siendo tan enormes los

problemas de España es tiempo de solidaridad antes que de crítica.

El único que no aunó decididamente sus fuerzas a las de los otros fue José María de Areil/.a, lo cual se

explica tanto en función de su superior capacidad intelectual como de sus altas expectativas defraudadas.

Este último factor vuelto del revés —¿quién les iba a decir a ellos que su encumbramiento sería tanto al

cumplirse un lustro de transición democrática? justifica el entusiasmo que el vicepresidente CalvoSotelo y

el ministro Cahanillas exhibieron al defender la continuidad de lo que hay.

Mucho menos comprensible y bastante más desilusionante resultó la complicidad que a esta tesis

inmovilista aportó Felipc González, súbitamente transfigurado en apóstol corporativista de la clase

política. Los socialistas saben que su gran oportunidad de cara a las próximas elecciones consiste en

agotar ia segunda mitad de la legislatura en medio del mismo ambiente de fracaso y derrumbamiento que

viene impregnando a la primera. Cuanto más dure Suárez y peor lo haga, mejor para ellos y de ahí que,

paradójicamente, también ayuden a preservar la estabilidad ruinosa que mantiene a sus enemigos en el

poder. Ahora bien, ¿dónde van a quedar depositados los ideales de las nuevas generaciones de españoles,

si Felipe González, el último en cuya mano aún se reconoce la antorcha de la esperanza, se nos vuelve

también conservador?

Conservador, pero de izquierdas

Ser conservador no implica estar de acuerdo con Fraga, Reagan o la señora Thatcher. La mayoría de los

conservadores se autodefinen de derechas, pero igualmente abundan los enraizados en el centro y en la

izquierda. Conservador es quien pugna por conservar lo que tiene, y de hecho nadie se aferra tanto a lo

suyo en la política española como el señor Carrillo.

Intentando demostrar que el comportamiento de la clase política está siendo mucho más responsable de lo

que con frecuencia se supone, más parecía el presidente de un banco haciendo piruetas para defender un

rumbo económico que, aunque destroza, al país, a él le supone suculentos dividendos. Cuando Carrillo

nos echó en cara a los periodistas nuestro «aristocraticismo intelectual», más de uno recordó la

descalificación lanzada por Dolores Ibarruri contra Semprún, Claudín y compañía, aquellos «intelectuales

con cabeza de chorlito» que osaban discutir y entorpecer la línea marcada por la dirección del partido.

Aquel día (como cualquier otro de los cuatro últimos años) el análisis de Carrillo desembocó en su

propuesta de «Gobierno de concentración», sin duda la ás estática y conservadora de cuantas recetas

políticas se predican en el mercado. Hacerle caso supondría abrir un paréntesis de equis años durante los

cuales la maquinaria de la democracia parlamentaria quedaría paralizada, dando paso a un «Estado de

obras», bastante similar al preconizado por Gonzalo Fernández de la Mora o los teóricos de la Escuela de

Funcionarios de Alcalá de Henares que impulsara Luis Carrero Blanco.

La obsesión de Carrillo por congelar el «statu quo» —recuérdese que se opuso hasta el final a la

convocatoria de las legislativas del 79— nace de un lado de su desconfianza en la fuerza del partido de

cara a nuevos envites, y del otro de su miedo profundo a perder la peana personal en la que se halla

encaramado. A pesar de que el PC ha tocado techo en España bastante por debajo de las cotas alcanzadas

por los comunistas franceses e italianos. Carrillo se siente conformista con este sosegado y respetable

último tramo de su vida política, difícilmente imaginable en la turbulencia del exilio.

Para la vieja guardia del partido, curtida en las estrecheces de la clandestini dad, las humillaciones de la

dependencia soviética y las impiedades de las conjuras internas, la transición está suponiendo un dulce

final de trayecto con tintes de balneario centroeuropeo. Con avezada maestría Carrillo rehuye conflicto

tras conflicto. De puertas afuera lo que quiere no es cambiar la sociedad, sino ser recibido de cuando en

cuando por el Rey y hablar algún día que otro por la televisión, explicando su endeblemente estructurado

eurocomunismo con la misma placidez con que un veterano realizador retirado concurre a la irreal

palestra de una cátedra de cine.

De puertas adentro aspira a prolongar la conspiración del silencio de la época de las catacumbas para no

ser perturbado en sus concienzudas intentonas de desmochar las aristas del leninismo, mediante

procedimientos ortodoxamente leninistas. Por eso ofrece la callada por respuesta cada vez que un Enrique

Lister, un Semprún, un Claudín o un Ramón Tamames discuten públicamente su conducta, desde una

perspectiva u otra. Por eso, ha preferido no comparecer en el congreso del PSUC, antes que coger el toro

por los cuernos y verse implicado en un debate en profundidad sobre los objetivos, fines y medios del

comunismo en Cataluña y en España.

Presencia política, penetración social

Lógicamente el gran aliado de Carrillo en esta estrategia desactivadora de toda posibilidad dinámica del

Partido Comunista tanto en un sentido democrático, corno en un sentido totalitario— es la oligarquía de

los intereses. Cuestiones esté ticas aparte, Carrillo es santo de especial devoción de esa élite dirigente

en la medida en que constituye la principal válvula de seguridad de que el comunismo español

continuará siendo un movimiento domesticado y a la vez débil.

Todo un sueño, teniendo en cuenta que mi otros países de la Europa occidental la aceptación por parte de

los comunistas de las reglas del juego de la democracia burguesa ha revertido para ellos en una creciente

implantación electoral. En España Carrillo realiza una doble función, realmente suculenta desde posicio

nes de anticomunismo inteligente: su Terrea autoridad contiene, por una parte, a quienes propugnan

comportamientos más beligerantes y extremistas; su continuidad al frente del partido genera, entre tanto,

un saludable rechazo intuitivo en el cuerpo electoral y, sobre todo, entre los jóvenes, lo que impide que, ni

con altas cotas de abstención, pueda el PCE ir más allá del listón del diez por ciento.

"Para la oligarquía ominante la continuidad e Carrillo constituye la rincipal válvula de eguridad de que el

comunismo español ontinuará siendo un ovimiento domesticado y la vez débil"

Las elecciones de marzo del 79 supusieron un monumental fracaso para el «eurocomunismo a la

española», que al cabo de dos años de presencia política normalizada no pudo recolectar sino el mismo

número de votos que consiguió al salir de la clandestinidad. Un leve análisis de las aportaciones

regionales a su grupo parlamentario revela que su implantación es tremendamente desigual. Más que

como un auténtico partido de raigambre nacional, el PCE aparece como un colectivo respetablemente

asentado en el tercio sudoriental de la Península gracias en buena parte al PSUC y casi extraparlamentario

en el resto. Al margen de los escaños obtenidos en Catalunya, Levante y Andalucía, no restan sino los

cuatro de Madrid y el del aislado coto asturiano. En cuarenta de las cincuenta y dos circunscripciones los

comunistas se quedaron sin ningún diputado y absolutamente en todas fueron batidos por sus directos

competidores socialistas. De su centenar y medio de candidatos al Senado sólo uno, y con el rótulo de

independiente el nacionalista catalán Benet—, logró salir elegido.

La razón de esta especie de memorial de insuficiencias reside en la idea de que el proyecto

«eurocomunista», el abandono del ghetto de los viejos dogmas, sólo se justifica con una elevada presencia

política y una superior penetración social, tal y como fue concebida por Gramsci. Esta última es más

difícil de cuantificar si exceptuamos la parcela sindical. Aunque omisiones Obreras ha logrado mantener

su lugar de central hegemónica, las distancias se han acortado por parte de UGT, lo que hace suponer que

el trasvase de votos del terreno sindical al político ha funcionado en sentido inverso del que el IX

Congreso del PCE no cesó de proí´eti zar. Observadores del más diverso pelaje coinciden

complementariamente en detectar una sensible merma de la implantación comunista en los ambientes

intelectuales, profesionales y artísticos.

Como no es capaz de obtenerlas con la Tuerza de los votos, Carrillo busca cuotas de poder otorgadas,

sobre las que justificar su parálisis política, adornada siempre por los tópicos del buen demagogo que es.

La evolución de los acontecimientos en el mundo juega en su contra, pues la crisis económica está dando

paso en Occidente a unos Gobiernos mucho monos tolerantes con el expansionismo soviético, que sus

antecesores, y este pro ceso de «derechización» contribuye a radicalizar a las bases comunistas, tal y

como ha quedado patente en el congreso del PSUC.

La memoria histórica, factor decisivo

¿Existe todavía la oportunidad de intentar la vía eurocomunista a fondo en España? La actitud de Ramón

Tamames en los últimos meses parece indicar que desde su punto de vista esa esperanza existe, pero cada

día es más tenue, puesto que implica una apuesta decidida en favor de la democratización interna del

partido y un implacable relevo de su gerontocracia dirigente, iniciativas ambas muy alejadas de los planes

de Carrillo.

En amplios sectores del PCE y el PSUC «leninistas» y «afganos»— se percibe en cambio una clara

tendencia a dar por cancelada la era del «aggiornamiento» y volver a planteamientos más clásicos y

combativos, más incómodos para la burguesía instalada. ¿Continuará siendo Carrillo una solución de

compromiso entre ambas actitudes o traerá el X Congreso del partido su caída política, más o menos

controlada?

Aunque del comportamiento de Antoni Gutierrez y Nicolás Sartorius en los próximos meses depende en

gran parte la respuesta, todavía hay un factor que puede ser más determinante. Me reñero a la

recuperación de la memoria histórica del partido. El enérgico y un tanto estrafalario celo con que Carrillo

ha arremetido en China contra la «banda de los cuatro» muy bien podría ocultar un comprensible pánico a

verse algún día inmerso en un proceso de rendición de cuentas similar.

Si en el congreso del PSUC ha podido detectarse un limpio deseo de rehabilitar plenamente la memoria

de Joan Comorera, nada tendría de extraño que un buen día los jóvenes militantes, sean «afganos» del

Bajo Llobregat o «banderas blancas» de Pedralbes, se interesen en saber quien ordenó que desde «Mundo

Obrero» se iniciara contra él una furiosa persecución plagada de calumnias.

Y quién sabe si puestos a hablar del pasado esos mismos jóvenes se empeñan en saber quién mató a León

Trilla, quién entregó a Quiñones, o quién traicionó a Monzón. A lo mejor su insistencia es tal que no

queda otro remedio que cumplir lo prometido con ocasión del IX Congreso y abrir a los historiadores los

archivos del partido. Si ese día llega, más le vale a Carrillo volver a ponerse la peluca y pedirle asilo a

Pinochet.

 

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