Comenzó el X Congreso del PCE. 
 Carrillo: No a la Barrida de la vieja guardia comunista     
 
 ABC.    29/07/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

MIÉRCOLES 29-7-81

NACIONAL

Comenzó el X Congreso del PCE

Carrillo: No a la «barrida de la vieja guardia comunista»

MADRID (Pilar Urbano). Afónico, tras cuatro horas de lectura declamada de un larguísimo informe político; de pie, en el escenario del cine Quevedo, con la ca-misa azul celeste arremangada y ante un inmenso telón rojo, en el que grandes letras blancas proclamaban el lema de X Congreso del PCE: «Un partido para la paz civil, la democracia y el socialismo», Santiago Carrillo enfatizó su párrafo final: «En este Congreso, el PCE se encuentra en una encrucijada: o su perma-nencia y su posibilidad de transformarse a plazo medio en un partido de conside-rable fuerza electoral... o su disgregación en un sector dogmático, por un lado, y la desbandada hacia otro partido, por otro. Ello tendría connotaciones peligrosas para la democracia en la situación histórica de España: porque si a la crisis de UCD y de otros grupos políticos se une la del PCE, lo que hacemos es ofrecer un terreno ideal a los potenciales autores de un golpe de Estado.»

La amenaza golpista fue el leit-motiv y la cadencia del discurso de Carrillo, plato fuerte y casi único de la primera jornada congresual, que reúne desde ayer, en Madrid, a 957 dele-gados de toda España, más un nutrido grupo de representaciones de los Partidos Comunis-tas y Socialistas de treinta y ocho países. Con una fuerte ovación dedicada a Dolores Ibárruri, que ocupó un asiento en la mesa presidencial, y al propio Santiago Carrillo, se había iniciado la gran «cumbre» ideológico-política del Partido Comunista de España, cuyas dos únicas claves de interés para los observadores ajenos a «la marca» de la hoz y el martillo serán durante los cuatro días de su desarrollo los debates sobre «las tenden-cias organizadas» y «las candidaturas»; toda vez que el gran tema decisivo «Carrillo sí, Carrillo no», parece ya en la recta de salida fuera de discusión. «Santiago —según el co-mentario entusiasta de los más y derrotista de los menos— no sólo tiene cuerda para dos nuevos Congresos del PCE, sino que no morirá en el cargo.» La guerra es tan desi-gual en contingentes que, de haber algún epi-sodio, no pasaría de ser escaramuza o bata-lla frustrada. El «aparato carrillísta» —y no creo que quepa esperar sorprendentes lances congresuales— entra en el X Congreso con todos los naipes en la mano. No habrá, pues, emoción.

• DEFENSA DE LA «VIEJA GUARDIA»

Dos rotundas negativas arrojó Carrillo a la masa comunista que le escuchaba en si-lencio: No «a las corrientes, tendencias, frac-ciones, o como se las quiera llamar..., que empobrecen, diezman y rompen el partido». No a su propia liquidación y a la de los diri-gentes «viejo estilo»; «rechazo de plano —dijo— que la renovación represente la ba-rrida indiscriminada de la "vieja guardia" del partido (...). Para el PCE no es ningún baldón que haya todavía en sus filas, en su direc-ción, hombres que lucharon con las armas contra el fascismo».

Amplio espacio dedicó a explicar la oposi-ción comunista a la entrada de España en la OTAN y a glosar la actuación del PCE du-rante la transición en el panorama nacional e internacional.

• SI EL «23-F» HUBIERA TRIUNFADO...

Más adelante se detuvo en la consi-deración del «23-F», analizando sus causas y riesgos, en el caso de haber triunfado. De-nunció que el peligro golpista procede «del distanciamiento que todavía existe entre la España democrática y parte de sus Fuerzas Armadas». Refirió con pormenores la situa-ción que podríamos tener tras un golpe´ invo-lutivo: «No habría fuerza que retuviera a Eus-kadi y Cataluña como partes integrantes de España... ¿En manos de quién terminarían Baleares y Canarias?...

Los que en el golpe fueran yunque se transformarían en martillo por el ansia de venganza, que quebraría toda posibilidad de desarrollo democrático pací-fico... España podría convertirse de nuevo en campo en que se afrontasen, y no de manera política, no sólo las diversas clases sociales y grupos políticos, sino las grandes potencias mundiales... Los problemas económicos, el paro, el precio del petróleo, etcétera, no los resolvería ninguna dictadura militar... El terro-rismo podría dejar de ser un fenómeno vasco para generalizarse y extenderse, legitimado por la existencia de una tiranía...»

• «¡NO HAY APARATO!»

Contempló más tarde el secretario ge-neral «saliente» las relaciones actuales entre el Gobierno y la oposición, preguntándose «¿por qué si el PSOE está colaborando tan estrechamente con el Gobierno, que Calvo-Sotelo y Felipe González dan la impresión de dirigir concertadamente la política, no hay ya Gobierno de amplia mayoría parlamentaria y ministros del PSOE?».

Decepcionante y flojo fue el tramo de su alocución titulado sugestivamente «los errores en el trabajo del partido y su dirección», donde se esperaba una sólida autocrítica; si-quiera fuera con «respuesta pagada» de justi-ficación. Carrillo se limitó a entonar el «nostra culpa» por «una marcada tendencia a hacer política por arriba y hacía arriba», que achacó inmediatamente al «cambio de tareas desde la clandestinidad a la legalidad» y «la persis-tencia de ciertos métodos de dirección de la clandestinidad». Recomendó el retorno a las agrupaciones de base, «de las que los cua-dros hemos desertado», y la relación entre di-rigentes y militantes.

En algunos rostros de delegados, significa-damente críticos hacia las tesis carrillistas, pudo apreciarse un gesto de perplejidad cuando el viejo dirigente, después de apelar a la necesidad de un «aparato fuerte», declaró: «Hoy en el PCE el problema no es que haya un aparato que oprime la democracia de par-tido..., sino que no hay aparato.» Y razonó su aserto diciendo que las luchas intestinas del PCE son más bien «luchas en el interior del aparato», señalando frontalmente que «las posiciones sectarias y dogmáticas de Cata-luña» o la del «documento de los 253» de Madrid están encabezadas precisamente «por camaradas del aparato».

Y cuando ofreció un retablo de «señas de identidad del partido», tras afirmar como punto de partida irrenunciable la «defensa in-condicional de la gran revolución socialista de octubre en Rusia» y la «adscripción a las teo-rías del marxismo revolucionario creador», se preguntó: «¿Acaso los comunistas nos hemos vuelto más demócratas», para responderse de inmediato y llanamente: «Los comunistas nos hemos vuelto más demócratas... y consi-deramos ahora la democracia como algo fun-damental para el florecimiento del socia-lismo.» 

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