Autor: ;Prieto, Joaquín. 
 No a la OTAN y numerosas alusiones a la posibilidad de un nuevo golpe militar. 
 Carrillo atca frontalmente a las tendencias y justifica la política de concentraci´çon como la única posible     
 
 El País.    29/07/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 19. 

X Congreso del Partido Comunista de España

No a la OTAN y numerosas alusiones a la posibilidad de un nuevo golpe militar

Carrillo ataca frontalmente a las tendencias y justifica la "política de concentración" como la única

posible

Santiago Carrillo invitó ayer a los miembros de su partido a cerrar filas en torno al mismo y hacer frente a

las tendencias disgregadoras que supondrían las corrientes internas, al tiempo que descalificó a los que

atacan a la vieja guardia y a los líderes carismáticos. Tras justificar la «política de concentración» como la

única posible en la transición e insistir en un Gobierno UCDPSOE, Carrillo anunció una renovación del

comité central, comité ejecutivo y secretariado del partido, afirmando que la capacidad y seguridad —«o

más bien firmeza»— deben ser cualidades decisivas al efectuar la elección. «Es un mal ejemplo cuando

un líder del partido abandona éste, y debemos procurar que la selección nos depare las menores sorpresas

de ese género», dijo, en evidente referencia a Ramón Tamames y Eugenio Triana, dirigentes que

abandonaron recientemente el PCE.

Tras exponer la negativa del PCE a la entrada de España en la OTAN y saludar con calor la victoria de

Mitterrand —«el líder más importante hoy de la izquierda europea»—, defendió la política de

concentración y los pactos de la Moncloa. En este punto dijo que los comunistas deben autocriticarse.

porque, «en vez de actuar como un bloque, denunciando la responsabilidad de quienes los incumplían y

recabando para el partido el mérito de ser fieles a nuestra signatura, nos dividimos entre quienes

justificaban la firma de los pactos y quienes la impugnaban. Así se manifestó algo que el partido deberá

superar si quiere reforzar su peso en la sociedad: su insuficiente homogeneidad política».

Defendió igualmente la Constitución como un gran logro democrático «los españoles se empezaron a dar

cuenta con claridad de su valor tras el 23 de febrero pasado»— y el método de consenso utilizado para

ello —«estamos por la discusión en asambleas, pero el asamblearismo nunca sustituirá el papel de las

direcciones políticas».

El PSOE buscaba el voto burgués

La siguiente fase del discurso consistió en analizar las relaciones con el PSOE. Y aquí, a fuer de valorar

notablemente el pacto municipal de izquierda, Carrillo no ahorró críticas a las posiciones del citado

partido, cuyos miembros no fueron conscientes, hasta el 23 de febrero, «de que las condiciones para un

Gobierno exclusivamente de izquierda, ni aun sobre la base del proyecto autónomo que reiteradamente

dicen propugnar, no han madurado aún en nuestro país».

Tras asegurar que el PSOE ha tratado de buscar el voto centrista y burgués, Carrillo afirmó que «la

tentación socialdemócrata está presente en estas actitudes» y prácticamente responsabilizó al PSOE, junto

con UCD, de que en este país haya aumentado el paro tras la colaboración de los dos partidos citados en

la aprobación del Estatuto de los Trabajadores. En esta fase del discurso. Carrillo citó irónicamente al

entonces ministro de Trabajo, «que en aquellos debates anunciaba la creación de mil puestos de trabajo

diariamente».

«Con el golpe del 23 de febrero, intentado contra un Gobierno de derecha, los hombres políticos de este

país se convencieron, al fin, de la fragilidad de las instituciones democráticas, dándonos la razón a los

comunistas, que éramos conscientes de ello desde que comenzó el cambio». Y después de hacer esta

afirmación. Carrillo prosiguió: «La verdad es que se estuvo cerca de que el golpe triunfara, de que la

solidaridad corporativa entre las Fuerzas Armadas determinase la pasividad de amplios sectores de éstas

ante los golpistas. La decisión del Rey y la obediencia que le prestaron la inmensa mayoría de los jefes

militares salvó esa noche la Constitución».

En su análisis posterior de lo que sucedería en España, caso de triunfo de un golpe, aventuró las

siguientes hipótesis: la dictadura impuesta tendría el tiempo contado (aun después de una represión

brutal); quizá no hubiera fuerza para retener a Euskadi y Cataluña como partes integrantes de España; no

se sabe en qué manos terminarían Cataluña y Baleares; el terrorismo podría dejar de ser un fenómeno

vasco, para generalizarse y extenderse, legitimado por la existencia de una tiranía.

Propuso después cuatro medidas, que calificó de «indispensables», para impedir que la democracia

zozobre: existencia de un servicio de información firme y probadamente leal al sistema político; garantía

de que las unidades de intervención rápida estén dispuestas a actuar contra cualquier brote golpista;

punición severa, con arreglo a la ley, de los golpistas y de cuantos conspiren contra las instituciones; y

cese de la propaganda ultraderechista en el Ejército.

Carrillo reconoció que «el golpe del 23 de febrero, aunque fallido, ha causado un gran daño al prestigio

del poder civil» y «la situación de emergencia abierta con el acontecimiento ha acercado a las fuerzas

constitucionales». Pero las acciones movilizadoras no han continuado, por reserva de los partidos

burgueses y también del PSOE. Asimismo, se preguntó por qué no hay ya ministros del PSOE en el

Gobierno, si Calvo Sotelo y Felipe González dan la impresión de dirigir concertadamente la política de

este país.

"Los comunistas están destruyendo su patrimonio político"

No es que se haya logrado todo lo que el partido ha intentado, prosiguió Carrillo, «pero con toda

responsabilidad rechazamos la actitud ultracrítica de quienes hacen un atadillo de nuestra gestión política

en este período y la echan a la basura».

Calificó de «enfrentamiento nihilista» el que se ha producido en el PCE, y dijo que encontraría lógica una

crítica a la participación en el proceso de cambio democrático o a la política de concentración; pero

manifestó que, en cambio, los mismos comunistas se están encargando de destruir lo que debería ser su

patrimonio político ante unas próximas elecciones, esto es, la defensa de las soluciones más realistas y

aptas para asegurar el progreso de la democracia española.

Devolvió las críticas recibidas por el funcionamiento de las agrupaciones de base a quienes las formulan,

afirmando que dirigentes y cuadros se han desvinculado de ellas y se dedican a hacer política por arriba;

criticó la composición excesivamente amplia de los órganos de dirección, que convierte a sus miembros

en depositarios de una distinción, en lugar de un trabajo político; acusó a muchos órganos intermedios de

funcionar con un burocratismo exasperante, «que convierte en cantones algunos sectores del partido»; e

incluso criticó con dureza problemas de funcionamiento financiero, tales como el calcetín en que

numerosas agrupaciones o secciones locales guardan el dinero, en lugar de ponerlo todo bajo el control

del Comité Central, que «podría depositarlo en una cuenta bancaria con un interés mucho más elevado».

Calificó de demagógicas las críticas que se hacen al aparato del partido, afirmando que ocurre

precisamente lo contrario, es decir, que el PCE carece de aparato fuerte; y definió los conñictos que se

han producido como «un enfrentamiento en el interior del aparato, entre los elegidos, los cuadros sin

dicales, los liberados y los colaboradores de la dirección».

Calificó de «error» haber eliminado el órgano del partido encargado específicamente del sindicato, por

haber sucumbido a las críticas sobre la concepción del sindicato como correa de transmisión; y aceptó que

también fue erróneo suprimirlas organizaciones de profesionales. Incluso fue más allá en este tema, al

lamentar que no se hayan formado sindicatos unitarios, independientes de las centrales, exclusivamente

para profesionales.

«La primera tarea de democratización del partido exige el retorno a las agrupaciones, y no sólo cuando va

a haber conferencias o congresos». Dedicó muchas palabras a la base del partido —«ese trabajo oscuro y

abnegado que muchas veces realizan solamente los camaradas modestos, a los que algunos consideran, de

facto, la infantería del partido»—; y atacó frontalmente la posibilidad de que se legalicen las corrientes

internas, que «se aleja radicalmente del concepto del partido de vanguardia».

Proporcionalidad, igual a ingobernabilidad

Con las corrientes, prosiguió Carrillo, «reproduciríamos en la organización del partido los procedimientos

que, en su crítica a la dirección, censuran, a veces agriamente, algunos enmaradas como un vicio de la

política parlamentaría: la política de consenso, los pactos, las componendas y arreglos de pasillos. Y si

lleváramos la legalización de las corrientes a su conclusión lógica, la proporcionalidad electoral,

podríamos traspasar igualmente otro fenómeno que se da a veces en la sociedad en el interior del partido:

la ingobernabilidad de éste».

E invitó veladamente a los disidentes a marcharse del partido si no están de acuerdo, con estas palabras:

«Yo comprendo que los miembros de los partidos comunistas que ejercen el poder, en países donde no

funcionan otros partidos y donde, en consecuencia, el partido único sí debería ser el reflejo de la sociedad,

reclamen la legalización de corrientes; es el único medio de contrarrestar la ausencia de pluralismo. En

nuestro país, en cambio, hay diversos partidos y grupos entre los que escoger».

Se preguntó después «quién está detrás de esos grupos dogmáticos», para afirmar: «Yo no quiero hacer

acusaciones gratuitas, pero, en todo caso, de alguna manera les inspira una política que no es la que

nosotros, en uso de nuestra independencia, nos hemos dado; les inspira un modelo de partido que no

tolera fracciones ni disidencias, y que las corta drásticamente; un modelo de socialismo que no nos vale».

Y se declaró sorprendido de ver coincidir con ellos a algunos otros que ideoiógicamente aparecen en sus

antípodas; «no podemos creer que esta coincidencia vaya a la búsqueda de más democracia, sino hacia el

debilitamiento del PCE».

Rechazó de plano que la renovación represente la barrida indiscriminada de la vieja guardia, y puso gran

énfasis en afirmar que no es ningún baldón haber luchado contra el fascismo con las armas en la mano;

«¡parece mentira que sea necesario decir esto en el Partido Comunista de España!», añadió. Y,

seguidamente, el líder del PCE dedicó los minutos siguientes a defender la necesidad de líderes con

carisma; «los que hablan contra los líderes aspiran, generalmente, a ser líderes ellos mismos».

 

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