Autor: Prades, Joaquina. 
 Los disidentes, ante el X Congreso del Partido Comunista de España /1. 
 Nicolás Sartorius sería un magnifico sostituto de Carrillo, según los renovadores     
 
 El País.    23/07/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 13. 

EL PAÍS, jueves 23 de julio de 1981

POLÍTICA

Los disidentes, ante el X Congreso del Partido Comunista de España / 1

"Nicolás Sartorius sería un magnífico sustituto de Carrillo", según los renovadores

JOAQUINA PRADES

La gran sorpresa de la reciente conferencia provincial de Madrid del Partido Comunista de España (PCE)

ha sido la fuerte implantación que ha logrado, en tan sólo dos meses, esa tendencia del PCE denominada

eurocomunistas renovadores.

Quienes han dado el gran susto a Santiago Carrillo, al conseguir —en convergencia de intereses con los

duros del partido— la legitimación de las corrientes organizadas, acuden al X Congreso con las armas

afiladas: allí replantearán de nuevo el reconocimiento de las corrientes internas, someterán a revisión qué

aspectos del eurocomunismo se han desarrollado y cuáles han sido bloqueados, e intentarán obtener un

tercio de los delegados —alrededor de cuatrocientos sobre el total— para lograr una presencia estable en

los órganos de dirección. En caso contrario, es muy probable que se retiren de las listas de candidatos,

como ya hicieron durante la elección del comité provincial de Madrid.

Pero, ¿quiénes son y qué proyecto político ofrecen los renovadores! EL PAÍS intenta responder a esta

pregunta, tras haber mantenido una serie de entrevistas con sus dirigentes más destacados y con militantes

de base, que firmaron el Manifiesto renovador, documento con el que se dieron a conocer y que

constituyó una auténtica sorpresa, por ser la primera vez que una parte de los comunistas madrileños se

atrevían a cuestionar la dirección de Santiago Carrillo con sus nombres y apellidos.

En realidad, el desplazamiento del actual secretario general y de sus hombres claves, situados en el

aparato del partido (fundamentalmente las secretarías de formación política y organización), es el objetivo

a medio plazo de los renovadores. «Para ello habrá que esperar al XI Congreso», reconocen, ya que, hoy

por hoy, saben que plantear la sustitución del todavía carismático Santiago Carrillo les iba a reportar más

animadversión que apoyos. Sin embargo, no dudan en afirmar que Carrillo simboliza hoy la división de

los comunistas españoles, mientras que el dirigente sindicalista Nicolás Sartorius sería para ellos «el

secretario general capaz de rellevar adelante la necesaria renovación del PCE y reconstruir de nuevo la

unidad interna».

Los renovadores son, en su inmensa mayoría, intelectuales y profesionales, aunque ellos están

convencidos de que más pronto o más tarde conseguirán el apoyo de los obreros «más abiertos, aquellos

que no se limitan a ser repetidores pasivos de las consignas que emanan de una dirección todopoderosa»,

y localizan su espacio electoral en el hueco que podría dejar el PSOE cuando deje de ser alternativa y se

convierta en poder: «Las circunstancias políticas españolas obligarán a los socialistas a gobernar con una

moderación derechizante», razonan, «y ahí surgirá un espacio para la gente de izquierdas que no esté

encuadrada en grupúsculos radicalizados».

Federalismo para el PCE

No cuestiona esta corriente del PCE las actuales tesis eurocomunistas: «Las asumimos en su totalidad»,

declaran. Y tampoco son contrarios a la actual organización interna de su partido, salvo en dos cuestiones

fundamentales: democratizar la comisión de candidaturas mediante la adopción del sistema proporcional

y de listas alternativas, y reconocer una estructura federalista en el partido, en base a un programa común.

Concretamente, conceder plena autonomía a los partidos comunistas de las nacionalidades y regiones para

aliarse con aquellas fuerzas políticas que consideren más oportunas, sin tener que esperar el visto bueno

de Madrid.

Hasta hace menos de dos años los renovadores confiaban en que el propio Carrillo llevaría adelante la

renovación y el desarrollo del eurocomunismo, tal y como se aprobó en el IX Congreso. «Nosotros, en la

clandestinidad», señalaron, «esperábamos la vuelta de Carrillo con los brazos abiertos, y ninguno

dudamos en salir a jugarnos el tipo cuando le detuvieron con la peluca puesta». Una serie de gestos

audaces adoptados con firmeza por Santiago Carrillo le convirtieron en su líder incuestionable. Estos

gestos audaces fueron, entre otros, la adopción de la política de reconciliación nacional, en 1956; la

condena de la invasión soviética en Checoslovaquia, en 1968; el abandono del leninismo en el IX

Congreso; la autonomía con que funcionaban durante la clandestinidad bajo la inteligente dirección de

Simón Sánchez Montero y, sobre todo, el Manifiesto de 1975, donde se definía con claridad el acceso al

socialismo en libertad y democracia, y donde la «alianza de las fuerzas del trabajo y de la cultura»

resultaba capital para esa transformación del capitalismo.

Sin embargo, dicen que no tuvieron que esperar mucho para cuestionarse su plena confianza en Carrillo,

ya que se produjeron una serie de hechos a su juicio alarmantes: Santiago Carrillo había colocado en los

puestos clave del partido a los viejos estalinistas. Esta fue la primera gran contradicción: «¿Cómo van a

ser capaces de llevar adelante el eurocomunismo y defender la democracia», se preguntaron, «hombres

que han creído desde siempre en la dictadura del proletariado y en la gran patria soviética, y han hablado

peyorativamente de las libertades burguesas?».

Después, en la práctica cotidiana, comprobaron como la actual dirección comunista barría literalmente a

los intelectuales, al eliminar las organizaciones profesionales que habían funcionado eficazmente hasta la

llegada de Carrillo de su exilio de París. Las agrupaciones de base se convirtieron —según ellos— en

lugares donde jamás se ha producido el debate político, y la misión de los militantes no ha sido otra que

pegar carteles o vender bonos para la financiación de las fiestas del partido. Junto a ello, los movimientos

sociales que cuestionan al capitalismo, como pueden ser el feminismo, los homosexuales, las asociaciones

de vecinos o los ecologistas, se «trataban muy bien en los papeles, pero en la práctica no se les ha

prestado ninguna atención, ni se les ha permitido elaborar su propia política de actuación».

El «desastre de Mundo Obrero» que, en palabras de José Luis Malo, «nos ha costado más millones que

una campaña electoral y ahí siguen, tan campantes, sus responsables, el masivo abandono de la militancia

y la contradicción entre predicar la unidad de acción con el PSOE y estar constantemente hostigándoles

en el terreno sindical» parece ser que han sido las gotas que han colmado el vaso de los recelos y que les

han conducido a plantear abiertamente la crítica, y exigir responsabilidades ante tantos errores.

Los ataques de Carrillo

Actualmente, los renovadores no piensan abandonar el partido ni dar marcha atrás en sus planteamientos.

Su fuerza responde a que han aglutinado el descontento existente en el seno del PCE, que, a juzgar por los

resultados, parece no ser poco.

Sin embargo, los comunistas de la línea dura (leninistas y prosoviéticos) les acusan de reformistas y

socialdemócratas, y con un enemigo de la talla política de Carrillo, que ya les ha declarado abiertamente

la guerra, las cosas no les van a resultar nada fáciles a hombres corno Luis Larroque, Jaime Sartorius,

Alberto Infante, Eduardo Mangada, José Luis Malo, Alfredo Tejero y tantos otros; ni a los diputados

como Pilar Brabo, Emerit Bono y el andaluz Pérez Royo, ni tampoco a los secretarios generales de

Galicia y Euskadi, Guerreiro y Lertxundi, respectivamente, considerados como renovadores.

Estos aseguran que Carrillo no les perdona el haber desplazado el debate que él tenía preparado para este

congreso: eurocomunismo o prosovietismo, y que por ello les ha acusado de haber hecho pinza con

losprosovieticos, lo cual no es cierto más que en el punto referente a las corrientes de opinión.

 

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