El X Congreso     
 
 Diario 16.    28/07/1981.  Páginas: 1. Párrafos: 8. 

El X Congreso

El proceso democrático español ha circulado por las carreteras de la historia a velocidades ciertamente

supersónicas y, en estos últimos cinco años, el país ha avanzado a grandes y frenéticas zancadas,

quemando etapas de decenios en apenas dos semanas. Y a tan vertiginosa influencia no se ha sustraído ni

siquiera el Partido Comunista, que vive uno de los momentos más críticos de su historia, cuando inicia

hoy las sesiones de su crucial X Congreso.

Efectivamente, nunca, en la historia de los comunistas españoles, se ha planteado un congreso con tal

acumulación de expectativas, con tan intensa carga de críticas y censuras hacia la figura otrora

todopoderosa, y casi sobrenatural, del primer secretario, Santiago Carrillo.

En los primeros instantes de la transición, con su euforia revolucionaria, el PCE se convirtió, por derecho

propio —recogiendo los frutos de su silenciosa, solitaria y abnegada labor de resistencia interior y

exterior al franquismo—, en la vanguardia de las fuerzas de la izquierda en nuestro país.

Pero tal situación duró, sin embargo, poco tiempo y del entusiasmo inicial el partido pasó por sucesivos

estadios de zozobra, hastío y desencanto, motivados, principalmente, por el desplazamiento de los jóvenes

dirigentes que protagonizaron la resistencia al franquismo desde el interior, y por la escasa implantación

—menos del 10 por 100 de los votos— obtenida en las dos consultas electorales del 77 y 79.

Así las cosas, las tribulaciones de Carrillo ante este X Congreso le vienen impuestas por ese bloque

apócrifo de renovadores y «afganos» que, desde posturas tan diametralmente opuestas, se le enfrentan.

Podría decirse que el líder comunista se encuentra ante una disyuntiva de muy difícil —si no imposible—

solución: por un lado, renovar el partido y adecuarlo a un país tan rabiosamente joven como es el nuestro,

y por el otro, permanecer fiel a sus ancestros políticos e ideológicos, a sus viejos camaradas de las JSU,

que controlan todos los resortes del aparato comunista y forman, desde hace veinticinco años, una

hermética e impenetrable guardia pretoriana.

Es probable que tenga razón Ramón Tamames cuando subraya la incapacidad de renovación del PCE

partiendo del liderazgo de Carrillo y de ahí que, en primer lugar, consideremos este cónclave como la

encrucijada oportuna para su jubilación. ¡Qué duda cabe que todo el esquema eurocomunista sería mucho

más verosímil y atractivo para las nuevas generaciones de españoles si tuviera como remate a un hombre

como Nicolás Sartorius, mucho más imbricado en la sensibilidad de hoy!

Pero si esta ocasión para el relevo no se aprovecha —y, como posición de retirada—, pensamos que

Carrillo debería rematar su ajetreada peripecia pública con un esfuerzo de sinceridad para consigo mismo

y para con sus camaradas, admitiendo que sus planteamientos eurocomunistas le deberían llevar a una

sistemática asunción de la mayoría de las tesis del sector renovador, que es en el que, en definitiva, reside

la savia que ha de hacer sobrevivir el partido, más allá de la muerte política de su actual líder.

 

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