Autor: Cebrián Echarri, Juan Luis. 
   El beso del ministro     
 
 Informaciones.    11/04/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 6. 

Corresponsal en Madrid

El beso del ministro

Por Juan Luis CEBRIAN

EL «A B C» no nos tenía acostumbrados a tantas sorpresas, pero hay que reconocer que últimamente es generoso de ellas. La última, o una de las últimas, ha sido la de ver a un ministro en su primera página besando ostensiblemente a un ama de casa. La instantánea del señor Cerón estampando emocionado sos labios sobre la mejilla de la buena mujer ha tenido que impresionar a no pocas lectoras. Ser besada por un ministro no es plato de todos los días. Y supongo que más de una habrá dado vuelta a la hoja reconociendo que «esto de la democracia no es tan mala cosan. Los ministros de antes, por lo visto, no daban besos.

La anécdota e-> mínima, desde luego, y me la ha refrescado la lectura de ese estupendo libro de Amando de Miguel sobre la «Sociología del franquismo», cuya importancia merece comentario aparte. Pone de relieve Amando, entre otras muchas- cosas, cómo el sistema, sintiéndose autoritario pero deseándose democrático, ha generado un tipo de híbrida actitud política muy notable: la del señor que es nombrado a dedo, pero se comporta públicamente como si tuviera que ganarse los votos en la calle. Por remitirnos al ejemplo que nos ocupa, lo normal es que en Europa los líderes políticos besen a las mujeres en la plaza antes de ser ministros mucho más que después de serlo. Es, claro está, una manera tan lícita como cualquier otra de obtener sus votos.

Aquí 1 s cosas son diferentes y, sin embargo, las apariencias se fuerzan de manera constante por presentarse iguales. Hemos producido los tics y las formas de una sociedad capitalista democrática y de consumo. Y hemos mantenido una estructura de poder autoritaria sin las garantías cívicas ni las libertades formales de que gozan nuestros vecinos. La incongruencia de la actitud es considerable. Un ministro en España no necesita ser popular para ser ministro. Y las encuestas demuestran casi constantemente que precisamente popularidad y poder son muchas veces antagónicos en nuestro país. En este sentido, el paradigma de Carrero, de López Rodó y de tantos otros es ejemplar. Y el ministro más popular de los dos Gobiernos Arias, Pío Cabanillas, fue cesado en pleno cénit de su fama. La no existencia de organizaciones políticas al margen del Poder, lo innecesario de acudir a una base de electores y de defender un programa ante la opinión, han originado en este como en ningún otro país un apego al cargo por encima de muchas otras consideraciones. La razón es evidente: fuera de la poltrona, la política es tierra de nadie, y sólo desde el Poder es posible llevar a cabo una actividad pública provechosa o satisfactoria. La dimisión era por eso impensable entre nosotros, y cuando se producía —muy rara vez— no constituía un acto político, sino un repliegue moral del dimisionario. Sólo cuando la clase dirigente ha intuido —mucho más tarde de que lo intuyera la Iglesia, por ejemplo— que un cambio profundo se avecina en España, la dimisión ha cobrado entre nosotros caracteres políticos. Y es que comienza a estimarse que la calle va a tener en un futuro próximo algo que opinar sobre sus gobernantes y que el acceso y la permanencia de éstos en sus puestos dependerá de la capacidad de entusiasmo que logren provocar en las masas. Porque el destino de todo político es, desde luego, el de gobernar, pero no como sea, cuando sea ni para lo que sea. Así, dos ilustres personalidades del mundo de tas finanzas se habrían negado, en la reciente crisis de Gobierno, a ocupar la cartera de Industria, motivo, entre otros, por el que parece que se alargó la resolución de dicha crisis. No es una gran noticia, pero es síntoma de que algo empieza a ser diferente.

Las ficciones democráticas, sin embargo, que se mantuvieron vivas durante los últimos quince años, ya no nos valen. El régimen ha pervivido intacto desde su fundación basado única y exclusivamente en la autoridad indiscutida de Franco y en su innegable habilidad de estadista. Sólo ha habido un acto legislativo, en los últimos cuarenta años, de auténtica vocación democratizante: la ley de Prensa. Y es bien evidente que ésta ha sido limitad^ de continuo en su ejercicio por los que entendían, con toda coherencia, que la libertad de expresión es incompatible con fos autoritarismos. Los besos a las amas de casa, no. Ni los besos, ni las charlas de Ullastres por televisión, ni los aires tecnocráticos de tantos ministros como han sido...

El profesor Aranguren ha escrito en repetidas ocasiones que lo que él reprocha al sistema es precisamente que no cumpla lo que promete; que no sea una verdadera democracia orgánica. Cabe entender que ni siquiera el «tercerismo español en búsqueda de una democracia propia ha funcionado durante estos años si no es como una ficción o una muleta semántica. Creo que esto es bastante evidente y que lo admiten los propios fundadores del Régimen, que se esfuerzan ahora por establecer una ley de incompatibilidades, articular unas asociaciones políticas, autentificar las Cortes, progresar ~n la representatividad sindical, etc., etc. ¿Por qué ahora y no antes?, cabría preguntarles. ¿Por qué ha sido necesario un golpe de Estado en Portugal, la caída de la dictadura en Grecia, el progreso de los partidos comunistas italiano y francés, la ofensiva marroquí sobre nuestros territorios africanos, para que la clase política del régimen comprendiera que sin Franco carecían de una base sólida, articulada y estable? Es muy difícil explicar a las nuevas generaciones de españoles que ahora ha llegado, por fin, el momento de bajar a los mercados, de buscar al voto y de vibrar con la calle desde los despachos ministeriales. Eso se ha pasado ya Hoy. la «madurez del pueblo español exige reformas más que sonrisas. Y el tiempo apremia. Porque, como bien dice Seneca, no es que tengamos poco, sino que hemos perdido mucho.

 

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