Autor: Jiménez Lozano, José. 
   Un puñado de claveles     
 
 Informaciones.    21/05/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 4. 

UN PUÑADO DE CLAVELES

Por José JIMÉNEZ LOZANO

POR el camino que vamos, va a resultar imposible hasta tener en casa o en el pequeño jardín una maceta de clave les. Estas flores han sido politizadas de la noche a la mañana, y no se sabe bien lo que el vecino puede pensar de nuestro amor a los claveles, y es seguro que el vecino o quien sea pensarán. Aquí, siempre se piensa en hacer la pascua a alguien.

Los claveles adornan también con frecuencia las mesas y a uno le gustaba llevarse un clavel de la mano, pero resulta que esta decisión se ha complicado, porque por lo visto si se lleva un clavel rojo de la mano podría pensarse que se anda haciendo propaganda de la revolución portuguesa, y la verdad es que, al menos quien esto escribe, no tiene vocación de propagandista de nada, y menos de revoluciones de casi 360 grados, como la portuguesa, que a lo mejor dejan en sustancia las cosa* como cataban, seto que pintándola» 4* colorado. Pero si se lleva uno un elavel blanco, entonces pueden pensar que se hace propaganda antirrevolucionaria y la moda es ser revolucionario. Y tampoco se lo va a poner uno en el ojal de la chaqueta como si fuera de boda a un pueblo. ¿Y se pueden llevar claveles rojos ai cementerio? Se puede pensar que los lleva uno a la tumba de Pablo Iglesias o de algún colega ideológico, aunque uno se los lleve, digamos que a Baroja o a don Américo Castro, que también están enterrados en el cementerio civil. O a Salmerón, que era hombre antiviolento y dimitió de la Presidencia de la República antes que firmar una sentencia de muerte, o que cuando estaba en la oposición dijo qn« los libros eran sus armas. A ver si a los españoles se nos pegaba algo de esa antiviolencia, que falta nos hace. Pero ya digo que más vale abstenerse de andar de un lado para otro con claveles. Pero las rosas dicen también que son símbolo del Opus, aunque ya había una rosa en el escudo de Lutero; si se llevan barbas se evoca sin querer al Che o a Fidel y otros barbudos revolucionarios, y hasta parece que se necesita un cierto valor para andar con corbata. No estoy exagerando demasiado.

No estoy exagerando demasiado y es muy malo que las cosas más inocentes se hayan vuelto tan significativas. Cuando una cosa asi sucede, es que una sociedad entera ha entrado en el paroxismo de una o muchas ortodoxias y el hombre está a punto de ser víctima de ellas. Ya ha sucedido muchas veces en este mismo país. Al pobre, inocente, fray Luis de León le acusaron, entre otras cosas, de que en una boda había hablado de que el Mesías no había venido o no vino, y de nada le sirvió argumentar que la conversación había girado un momento sobre la calidad del vino que se servia y no sobre teologías. ¿Y cuántos pobres judíos y moriscos, enfermos del estómago, no se atragantaban con torreznos y magras para pasar por cristianos viejos? Por lo menos hacían que sus ropas y sus casas olí eran a tocino, que era signo de cristiandad» ¿¥ quién de nuestros abuelos de la época se atrevía a decir que tenía frío después de comer? No quiero hacer referencias más cercanas y dramáticas de estos juegos de signos y símbolos siniestros, montados a, capricho sobre las cosas más sencillas y hermosas, pero ¿es que vamos a volver a las andadas? No parece que tenga sentida alguno la vida humana si hasta tenemos que mezclar la política y las ideologías histéricas a una maceta de claveles o al atuendo personal, y de momento, me parece ésta una cuestión más inminente que la de la polución de la Naturaleza y tan importante como ella. ¿Es que no podríamos recoger 25.000 firmas entre todos los españoles que queremos que los claveles sean claveles, y las rosas, rosas, y las barbas, barbas, sin más símbolo ni trascendencia y polución, y fundar ahora, con est« de las asociaciones, la más necesaria de todas: la de la antipolución ideológica o «Los claveles son flores»? Podríamos ponerla bajo el patronato de Pero Grullo, que es un señor de quien se ha reído todo el mundo, pero ya se ve cuan precisas nos son sus doctrinas: a la mano cerrada la llamaba puño, y al clavel, una flor

 

< Volver