Autor: Cebrián Echarri, Juan Luis. 
   La opción del gobierno     
 
 Informaciones.    10/05/1975.  Página: 12. Páginas: 1. Párrafos: 9. 

LA OPCIÓN DEL GOBIERNO

ESTAMOS asistiendo a un espectáculo nada original, pero sí preocupante. Organizaciones e individuos de extrema derecha que claman por el orden se revuelven en desorden contra, el Gobierno. Y al hilo de los actos criminales que los terroristas de E. T. A. o los extremistas de izquierda cometen, estos jóvenes «Guerrilleros -leí Cielo» se manifiestan al grito de «no queremos Gobiernos débiles», en un intento explícito de debilitar, mediante el amedrentamiento o la amenaza, la autoridad de! propio Gobierno

Es tal la insistencia que muestran en su protesta —«menos apertura y más orden», espetan—, que ha llegado el momento de preguntarse si es que Saquean nuestros gobernantes y de contestar a la pregunta del ciudadano medio sobre si estamos o m» definitivamente en el camino drl caos.

La situarían es esta: un país de peculiares características económicas, en medio de una crisis grave, pero remontable, con un régimen politico singular, consecuencia de una guerra civil, que le dificulta en su política internacional, con problemas territoriales respecto a so vecino árabe y en trance de afrontar una transición política d« sisno histórico. Reivindicaciones de signo regional han degenerado en las provincias vascas en una actividad típicamente terrorista, que paga con las vida* de representantes del orden. Y en medio de todo eso, la incertidumbre del futuro: ¿Una evolución o cambio de signo democrático? ¿una regresión a formas más autoritarias todavía? ¿Un movimiento pendular a la portuguesa? lisa es la situación, pero ¿cuál la respuesta? Hace nada más que tres años la referencia de un Consejo de ministros como el de ayer —derecho, aunque límitado, de huelga, bilingüismo en las escuelas, indulgencia en la Universidad— hubiera bastado para hablar de una nueva etapa democratizadora. Ahora, en cambio, muchos se preguntan si los ministros no van de continuo tras la realidad, parcheando los baches de una carretera cuyo destino se ignora. Desconcierto es la palabra que mejor define este estado de cosas. En el ciudadano y en el gobernante. Tratamos de objetivar leyes y normas que han servido´ para un período político claramente subjetivizado. Pero no es licito, por eso, que quienes pretenden enarbolar la bandera del orden, siembren arbitrariamente la confusión y hasta la violencia al amparo de sus «slogans».

Ni el Gobierno español se caracteriza precisamente por su cortesía con la oposición —sea política, sindical o simplemente intelectual—," ni es admisible apedrear escaparates en nombre de la paz pública.

Decía un. editorial de este periódico —hace no más de dos días— que nunca como en estas situaciones los gobernantes precisan el apoyo de los gobernados. Apoyo que no ha de ser incondicional, sino condicionado precisamente a los fines que se persiguen y a la manera de conseguirlos. Lo que distingue a una sociedad civilizada de otra que no merezca ese adjetivo es su capacidad de cicatrizar pacíficamente las heridas de la violencia.

¿Es entonces o se muestra débil nuestro Gobierno en las presentes circunstancias? ¿Y en qué consiste la fortaleza de un régimen y de un Estado? Una medida de máxima dureza prevista en nuestras leyes -—el´ estado de excepción— no ha servido para evitar el aniquilamiento alevoso de un guardia civil y un policía. ¿Habrá que extremar los procedimientos o pensar más bien en otro tipo de soluciones? Lo que el Gobierno necesita es el apoyo de la opinión pública —y no hay opinión pública en el mundo que apruebe el asesinato en ninguna de sus formas—. Lo que núestros ministros precisan es ana base política Que no consista en una asociación, sino en el consenso generalizado del país en torno a cómo debe ser organizada nuestra convivencia. Yo no veo débil al Gobierno, l/o veo, sí, a veces tan desorientado como el resto de los ciudadanos. Y es ex.

plicable: están haciendo crisis algunos de los dogmas políticos *e los últimos años. Lo grave del caso es que no se trata sólo de un «stress» ideológico el que el sistema padece, sino de un «stress» funcional: la más clásica de las argumentaciones en pro de un poder autoritario que son la paz social y el orden público no se dan entre nosotros desde hace tiempo. No porque el Poder se muestre más endeble que antaño, ni porque no cuente con los mismos instrumentos legales y punitivos con que siempre contó. Lo que sucede es que ha cambiado 1» tipología del paciente. Esta España, señores, es definitivamente distinta a la de hace cuarenta años.

Estas cosas que digo no encierran nada de particular. Basta avecinarse a los despachos oficiales o a los cenáculos de la oposición para comprender basta qué punto es coincidente en ambos muchas veces el análisis de los hechos. La dialéctica del poder o la pureza de los comportamientos —según los casos— les lleva. luego a aplicar soluciones bien distantes. Sin embargo, c u a n do el presidente Arias pronunció so ya tópico discurso del 12 de febrero, parecía que se había logrado el milagro. Todo un presidente de Gobierno, y de manera solemne, se mostraba beligerante, digámoslo a las claras, en el cambio político.

Ese consenso generalizado del país al que antes aludía se pudo lograr 7 se logró de hecho en torno a aquel discurso. No obstante —me confesaba un miembro del actual Gabinete hace algunas semanas—, ana cosa es predicar y otra dar trigo. La decepción cansada más tarde en el país fue pareja a la expectación que se produjo en aquel entonces. ¿Estaremos a tiempo todavía? Entre los que claman por la «ruptura democrática» y los que optan por la «ref mas —no hay reforma sin t algo inevitablemente se rompa ¿existe la posibilidad de tei un puente sólido y fácil d« ti pasar? La impresión que el ote vador recibe es que las autoridades se debaten en el dilema entre satisfacer a los ortodo que reclaman dureza a ultran´ a su propio convencimiento les habla de la necesidad de c bios profundos, optan no pi veces por dar una de cal y > de arena. Sistema útil cuand edificio se encuentra sólido, | que amenaza con el derrun miento si lo que se pretendí evitar la ruina. Y que a la po no convence ni a los unos r los otros.

Mientras tanto, un gigante proyecto político, capaz quizá concitar renovados entusiaso ha hecho acto de presencia ei horizonte. «Operación Transid se bautiza de ordinario en Prensa, y consiste ni más ni me: que en un calendario para el rel —institucionalmente previst en la más alta Magistratura Estado. Algo que permitiría p cisamente afrontar las solucion políticas globales que el país dama. Las dificultades para cambio de este tipo se crean en mismo ámbito que las que s. ; zaron contra el «espíritu del 12 > febrero»: en la clase burocrátic política del Régimen, que ve en transición un riesgo evidente p ra ella. No existen verdaderos r paros ideológicos al tema, su funcionales, de grupos y persona ¿Pero es lícito condenar a un pa al desorden a cambio de maníner esas postaras?

La llamada a la serenidad, a cha por el director general de seguridad en Bilbao, y el contenió real de los acuerdos del Consejo de ministros ,de ayer, pueden se signos de que todavía hay quiet cree que es posible hacer lo que hay que hacer, aunque sea cada día más difícil. España, a corta plazo, está irremisiblemente destinada a la democracia. El Gobierno puede optar ñor dos caminos: ser rotunda y nanamente beligerante en el cambio político —con lo que el Gobierno se quemaría, sin duda, pero se salvarían no poca» «osas que es preciso salvar— o cerrarse en posiciones que sectores temerosos y hasta desesperados del ^establishment» le empujan a escoger. Con lo qu« no se evitaría el advenimiento del futuro, pero se elevaría enormemente el costo histórico y social de la España que los nuevos españoles tienen derecho a reclamar. Y es en la respuesta a esa opción donde el propio Gobierno contestará a las Interrogantes sobre sa fortaleza.

 

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