Autor: Guerrero Burgos, Antonio. 
   Ni un minuto antes, ni un segundo después     
 
 ABC.    07/05/1975.  Páginas: 1. Párrafos: 20. 

NI UN MINUTO ANTES, NI UN SEGUNDO DESPUÉS

DOS ilustres embajadores han escrito muy recientemente sobre el, a mi juicio impropiamente denominado, tránsito sucesorio. El conde de Motrico, en «Informaciones», califica a la Monarquía como «un barco que hay que botar», y sugiere la conveniencia, a ser posible, de «una fecha determinada para hacerlo», con lo que, a su sentir, «se ganaría en seguridad»; y en «Le Fígaro» afirma que «si se produjese inmediatamente la coronación del Principe no se ofrecerían dificultades mayores».

Por su parte, el embajador Garrigues, en «La Vanguardia», sostiene «ser éste el momento adecuado, en beneficio de Franco, contando con su voluntad, y por encima de todo en beneficio de España, para descargar así al Jefe del Estado de sus responsabilidades como tal y que se produzca la sucesión».

Tan delicada cuestión induce a la más seria y profunda^de las meditaciones.

Lo verdaderamente importante es cómo ve S. E. el Jefe del Estado el llamado tránsito sucesorio, ya que él, gran protagonista de este asunto, es la única persona cuyas decisiones entran en el campo de la Historia. Ni nuestra experiencia ni la óptica de nuestras perspectivas, de observatorio, pueden ser jamás las mismas que las de Su Excelencia: él con un gran angular y una responsabilidad exclusiva y nosotros sin ésta. Pero aún así, cuando sólo inspira el limpio deseo de lo mejor para nuestra patria, para quienes la rigen o han de regirla, tal vez el ángulo de la calle pudiera llegar a ser complementario.

Mirando al pasado, nadie ha olvidado que el Jefe del Estado padeció una grave enfermedad el verano último. Un 19 de julio hubo de ponerse en marcha el mecanismo sucesorio, y por él Su Alteza Real Don Juan Carlos de Borbón y Borbón asumió la Jefatura del Estado concarácter provisional. Las disposiciones legales funcionaron adecuadamente y el pueblo español dio una ejemplar lección de madurez política. Los españoles entonces no vivieron discrepancia alguna ni ideológica ni práctica, sino la intranquilidad del interrogante ¿qué va a suceder después de Franco? Pasados aque líos primeros momentos, la realidad es que respiramos hondo por dos razones: la transmisión de poderes en favor del Príncipe de España había sido perfecta, brindando a Su Alteza Real la ocasión de manifestar bien pronto su prudente buen hacer; por otra parte, el Caudillo se recuperaba con asombrosa rapidez.

Un primero de septiembre Su Excelencia reasumía todas sus funciones.

A partir de ese momento no "pocos españoles, animados por un incuestionable respeto al Jefe del Estado, a cuya dilatada paz confiadamente se hallaban habituados, desprovistos de cualquier intencionalidad, se han formulado estas dos preguntas: «¿Cómo se volverá a verificar 1a" sucesión el día que Dios disponga de este hombre irrepetible?» «¿Acaso no hubiera sido conveniente que el .Principe continuase con el respaldo de Franco?»

Pero Francisco Franco, que desde hace mucho tiempo observa el rodaje de las instituciones, sabe bien que una situación por él calificada de «atada y bien atada» no atravesará momentos graves.

A quienes se preguntan ¿qué hubiera pasado si el Príncipe continuase con el respaldo del Generalísimo?, me permitiría hacerles una reflexión: a nadie ofrece dudas que fue el patriotismo y el sentido del deber, tan acrisolado en Su Excelencia, el que le hizo rápidamente y cuando aún no había finalizado del todo su posconvalencencia y descanso veraniego, reasumir sus funciones en la Jefatura del Estado.

Las motivaciones en aquellas fechas de esta determinación, sólo las conoce el Jefe del Estado a quien exclusivamente competen. Pero existen unos hechos tan notorios que basta la simple lectura de ía Prensa para recordar cómo fue a Francisco Franco y no a Don Juan. Carlos de Borbón, a quien el Rey de Marruecos le planteara la .reivindicación del Sahara y posteriormente insistiera en sus singulares pretensiones, llegando incluso a pretender extenderlas en otro momento a nuestras Plazas de Soberanía de Ceuta y Melilla.

Producto de la dificultad de los .tiempos en que nos ha tocado vivir hemos padecido un otoño y un invierno con conflictos laborales; con más de un grave, luctuoso y criminal atentado al orden público y la mundial agravación del problema económico. Hechos ´estos últimos con los que había que contar.

Durante ese tiempo, el Gobierno, consciente de su responsabilidad, ha permitido, en cuanto resultaba tolerable, que se escriba constantemente sobre una apertura cuya conveniencia estaba en la mente ús muchos españoles; parece que bajo el mandato de Franco se va a regular el derecho a la huelga, y fue el propio Generalísimo el que con su intervención directa y decisiva, sancionó el Estatuto de Asociaciones, ancho para unos, estrecho para los más, pero que en todo caso abre, sin discusión, por y bajo el patrocinio de Francisco Franco, el legítimo pluralismo político.

Cuanto antecede resulta una integral de hechos.

Aun sin poder entrar en las causas y motivaciones, de determinaciones volitivas tan importantes, la más elementad conciencia pública se demanda, ¿´acaso •el patriotismo de Francisco Franco no le ha determinado a anteponer a cualquier otra consideración, la conveniencia de afrontar por sí problemas graves, que su sagacidad veía venir, como asimismo, la necesidad de facilitar al futuro Rey los medios jurídicos y políticos que le permitirán iniciar su reinado acorde con cuanto España necesita?

¿No ha cargado el Jefe del Estado, de septiembre acá, con demasiadas cosas, sin duda considerando una vez más que su deber se lo imponía?

S. A. R. el Príncipe de España, últimamente debe a Francisco Franco, de una parte que todos los graves problemas que pesan sobre el país estén consciente y responsablemente en manos de S. E. Y de otra, que éste haya dotado a España de los medios jurídicos y políticos reguladores del asociacionismo, o dicho de otra forma, que la iniciación de la apertura y el pluralismo lo haya hecho el propio Generalísimo.

Evitando con esto último a S. A. R. en un futuro que celtiberismos de sectores, propicios a las radicalizaciones, pudieran dificultar la labor del nuevo Rey, mediante vanas imputaciones de desviaciones o el planteamiento de un subjetivo problema de lealtades excluyentes, -con olvido de que la fidelidad es solo una.

No hace falta que yo repita y ¡proclame el acierto y buena estrella de Francisco Franco, ni mi fe :en que S. A. R. el Príncipe de España sabrá llevarnos a un futuro sin sobresaltos, hacia una España entrañable, en la que el orden, el entendimiento, la paz y la justicia social reinen con absoluta armonía.

Salvando las distancias, tan inescrutables pueden resultar al español medio los designios de la Divina Providencia, como las decisiones que en cada momento pudiera adoptar un hombre de la magnitud política y humana de Francisco Franco. Este, con la misma decisión con que un 22 de julio de 1969 proclamara sucesor a título de Rey al Príncipe de España, o que un 1 de septiembre de 1974 reasumiera la Jefatura del Estado, si Francisco Franco considera, en bien de España y de su pueblo, llegado el momento, llevaría _ a cabo por su propia mano la coronación de S. A. R. Don Juan Carlos de Borbón.

De cara a un futuro, que es presente, hay quienes piensan que la coexistencia entre Francisco Franco (por derecho y legitimidad histórica, Generalísimo de los Ejércitos, Caudillo de España y Jefe Nacional del Movimiento, todo «lio vitaliciamente), y el Rey, supondrían para España y los españoles garantía de respaldo y contribución al rápido afianzamiento de la Corona; y un fondo de serena seguridad a un tránsito que hecho por Franco y con Franco, conduciría a un futuro exento de conflictos y protegido por ía permanencia simultánea de ambas altas personalidades. Limitándome a recordar las innumerables veces que el tiempo ha refrendado el acierto decisorio de nuestro Jefe del Estado, y que sabrá acertar, una vez más y para terminar, deseo referirme a las sabias palabras de una persona para mí venerable, que me honró en vida con su amistad y afecto. Me refiero a S. E. Reverendísima don Leopoldo Eijo y Garay, patriarca de las Indias occidentales y obispo que fue de Madrid-Alcalá, pastor modelo, hombre que supo siempre armonizar él afecto, la amistad y el respeto a la figura de Francisco Franco, con un acendrado e irreprimible sentimiento monárquico. A él le oí decir en más de una ocasión: «Pido a Dios todos los días afl ofrecer la Misa, que dé el acierto al Caudillo de que nos traiga al Rey, pero muy especialmente elevo mis súplicas para que ello no suceda: ni un minuto antes, ni un segundo después del momento que sea mejor para España.»

Antonio GUERRERO BURGOS

 

< Volver