Autor: Díaz-Plaja, Guillermo. 
   El vacío en torno al poder     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 15. 

EL VACIO EN TORNO AL PODER

LA psicología del hombre inscrito en las órbitas del Poder ofrecería, sin duda, campo de actividad para un sociólogo experimentado. El hombre que asciende hasta lograr una instalación en el mando ¿es el mismo de la víspera? La experiencia puede iniciarse a nivel del recuerdo personal. Tal amigo ha ascendido a ministro, y se le ha felicitado como mandan las reglas y la sincera satisfacción experimentada por nosotros. Pasan unas semanas, unos meses, y hemos acudido al personaje, en inevitable necesidad de atender a alguien. La carta de contestación está escrita «en ministro». En la misma letra parece vibrar una voz ahuecada, solemne y «distinta», por debajo de las fórmulas de amabilidad que no suelen excluirse.

¿Corresponde esta realidad a los carísmas del Poder? ¿Aparece una noción específica que distancia al politico y a la vez nos distancia a nosotros? De ser ello cierto, nos explicaría la impresión que nos producen los personajes que, de pronto, aparecen- como rodeados de tierra inhabitada, de esa atmósfera irrespirable que parece rodear al hombre público. Claro está que, de ello, no se apercibe el interesado, en primer lugar, porque se siente acompañado por sus compañeros de equipo, que tienen así la impresión de que «todos» han mejorado con cada uno de los ascensos individuales. Se trata de un ejemplo clarísimo de sociología de grupo.

Me acuerdo ahora de una anécdota que me contó, durante los años de la República, don Francisco Cambó, quien, por cierto, tenía la singular e importante costumbre de llamar a su despacho a las gentes jóvenes que empezaban a sonar en el campo de la actividad pública.

—Cuando yo estudiaba la carrera —me explicó— convivía en una casa de huéspedes con un buen señor que padecía de llaga de estómago. Esta llaga era el barómetro con que ordenaba sus ideas políticas. Cuando la llaga dolía, me decía: «Amigo Cambó, España va muy mal...»

Y en este posible repertorio de filosofía barata, bien podría añadir la estupenda sentencia de un fondista catalán amigo mío que solía decirme: «Las dos cosas más distintas que existen en este mundo, créame, son: que me duela la cabeza a mí o a usted.»

De estos singulares espejismos aplicados al propio yo, se deducen muchos pesimismos y optimismos, y en consecuencia una curiosa gama de actitudes. Pero volvamos a la soledad del político.

El político no se siente solo —decíamos— porque avanza en equipo con un grupo de amigos para quienes, sin duda, «España va muy bien». Y señalamos en seguida que tampoco se percata del vacío

en su derredor, porque ese hueco se llena seguidamente de la tumultuaria panda de aduladores, de aprovechados; de esos que constituyen el singular ejército que siempre acude «en socorro del vencedor».

Sin embargo, el fenómeno vale una meditación. Son muchos los posibles amigos que, precisamente para no dar lugar a confusiones, echan -un paso atrás. Y yo diría que con manifiesta injusticia; y acaso con gran daño para la colectividad.

Cierto que, en nuestra historia reciente, surgida, como no olvidamos, de una guerra civil, existió una distinción maniquea entre los «buenos» y los «malso». Y que, en aquel momento, pocas manos sinceras se tendieron hacia el «enemigo», que, cuando no huido, se retiró a la vida privada; se inhibió. No se tuvo en cuenta, entonces, desde el bando vencedor, la importancia de un contingente que, neutralizado o «converso», podía ser útil para robustecer, precisamente, al grupo que exigía perentoriamente «pureza», «antecedentes políticos», «vejez» de «camisa» o ejecutorias militares, con lo que se condenaba inexorablemente a minoridad perpetua a una enorme cantidad de españoles traumatizados por la derrota.

Se establecía, pues, un «no man´s land», una tierra de nadie devastadoramente abierta entre el gobernante vencedor y el gobernado vencido, que, en cualquier caso, se sentía orgullosamente inclinado a no mendigar. Quienes no hayan meditado sobre este tema no podrán entender la panorámica sociopolítica de nuestro país.

Ahora bien: con la misma fuerza con que señalo esta realidad, que es sobremanera patética, ofrezco también como tema de meditación la gravedad que este absentismo comporta en lo que se refiere no tanto al porvenir de una determinada política, cuanto al de la comunidad general de los españoles. Transformar el monólogo en diálogo no es sencillo. Primero, porque el detentor de la palabra no gusta de compartirla; segundo, porque existe la posibilidad de que una de las partes, al ser requerida, no acepte el papel de interlocutor, alegando —acaso con razón— que le faltan garantías para el establecimiento de una total convivencia basada en ese entendimiento. Para entender mejor el tema traigo un comentario que me parece de actualidad y que, curiosamente, procede también de don Francisco Cambó. Quien, en su libro «Las Dictaduras» (1929), completa las observaciones que él mismo había formulado en una obra anterior «En torno al fascismo italiano». Para Cambó, los inicios de la «era fascista» no deben fecharse en la marcha sobre Roma» (1922), cuando el Rey Víctor Manuel encargó el gobierno a aquel que figuraba al frente de las columnas de «squadristí» y que se presentó con la frase: «Maestá, vi porto l´Italía di Vittorio Véneto», ya que Mussolini en realidad empezó a gobernar con una Cámara abierta y hostil.

Fue a raíz del imperdonable asesinato de Matteoti (1924) cuando el «Duce», conturbado, ofreció a los partidos unas fórmulas de negociación sobre la base de la reconciliación. Si la oposición democrática hubiese aceptado —comenta Cambó—, la dictadura fascista hubiera durado unos pocos meses. Pero la oposición decidió la ruptura total, retirándose al Aventino —con excepción del partido de Giolitti—, intentando la asfixia por el vacío. Como consecuencia de ello —anota Cambó—, Mussolini reconsideró su ofrecimiento y, con la energía que surge en el hombre acorralado, utilizó hasta el máximo los recursos que !e deparaba el Poder y tomó la ofensiva (3 de enero de 1925).

Esta es, en efecto, según el citado político, la fecha inicial de la era fascista, entendida como fórmula totalitaria —a espejo del antiliberalismo leninista—, extirpando hasta la más mínima apariencia de oposición. Cuando estas fuerzas quisieron volver al estado de beligerancia era ya demasiado tarde. Las circunstancias no son siempre las mismas, ni parecido siquiera el juego de las posiciones. Pero dejo a la sutileza del lector establecer las coyunturas de paralelismo con nuestras realidades políticas.

Transformar el monólogo en diálogo es, decíamos, tan difícil como necesario. Permanecer en el monólogo es igualmente grave tanto cuando se está en el Poder como cuando se permanece en la oposición. Cuando el hombre —o el grupo— se sienten en soledad, son objeto de tremendas tentaciones.

En una noche de soledad —recordémosle— el doctor Faust decidió venderle el alma al diablo.

Guillermo DIAZ-PLAJA De la Real Academia Española

 

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