Autor: Rojas y Ordóñez, Eduardo de (CONDE DE MONTARCO). 
   ¡Hagan juego, señores!     
 
 ABC.    11/03/1975.  Página: 03. Páginas: 1. Párrafos: 15. 

¡HAGAN JUEGO, SEÑORES!

LA entrada en vigor del Estatuto de Asocianes políticas provocó la curiosidad de muchos, la indagación informativa de la Prensa, la ambición figurativa de unos cuantos y las cavilaciones de aquellas personalidades políticas con responsabilidad ante el futuro de España.

Los españoles, en general, son conscientes de lo que se nos viene encima como consecuencia de la postura inmovilista de quienes dominan la maquinaria del sistema y se oponen a la ascendente marea democrática de corte occidental europeo. Debido a esto prestan escasa atención a ´esas Asociaciones que están apareciendo y que, hasta ahora, nada nuevo han de aportar a la solución del problema. En cambio sí les interesa la posible aparición de una alianza de fuerzas políticas que representase un peso de tal envergadura que fuera capaz de abrir el camino que lleve, tras las imprescindibles reformas constitucionales, a la ansiada estabilidad del país.

Pero toda unión de fuerzas políticas, más o menos afines, es difícil de realizar. Requiere tacto, habilidad, comprensión y generosidad; además de mutuas concesiones para establecer el programa común. Esto ocurre en la derecha y en la izquierda, en España y fuera de España.

Las coaliciones y la dirección colegiada, en política, tienen complicaciones evidentes y sólo son factibles con un cierto nivel de educación política y humana. Todo ello, en consecuencia, acarrea una menor libertad de acción y de agilidad en la actuación del campo político. Por esto, en las etapas históricas de graves complicaciones —sobre todo prebélicas— surgen naturalmente los caudillajes o lideratos políticos. Frente a la coyuntura difícil se concede el mando fácil.

Pero el mundo, ahora, y, pese a la grave coyuntura con que se enfrenta, no está propicio a esos caudillajes y lideratos. Posiblemente como reacción pendular a la era fascista, que no resultó en lo humano ningún éxito precisamente. Las circunstancias de esa etapa histórica permitieron la aparición de hombres con gran talla política —dando la razón a Ortega y Gasset— e indistintamente en países totalitarios o democráticos ejercieron sus dotes de mando: Mussolini, Hitler, Stalín, Roosevelt, Churchill, De Gaulle, Franco e incluso en la Iglesia Pío XII.

Esta reacción, contemporánea, de los pueblos contra los lideratos se ha llevado por delante al estalinismo, al gaullismo, a Nixon, a Caetano, a ciertas jerarquías de la Iglesia e incluso, últimamente, ha erosionado el carisma franquista. En el mito griego de Orfeo esto representa el triunfo de Aglaonice y las Bacantes. Y a esto hay que atenerse con todas sus consecuencias.

Ante la situación presente española, la más sensata posición de las derechas, conscientes de la realidad, ha sido auspiciar una agrupación de aquellos sectores más afines para obtener una fuerza representativa que apoye, con eficacia, un prudente proceso de cambio y la sincronizada democratización efectiva del país.

Pese a los inconvenientes que, para llevar a cabo estos fines, ´pudiera representar la participación en el juego de las Asociaciones, lo cierto es que los políticos más significados en estos sectores de la derecha —civilizada, inteligente o liberal—, haciendo de tripas corazón, estaban dispuestos a llegar a un acuerdo dando de lado sus convicciones o cualquier personalismo para constituir una Asociación válida, representativa de una extensa masa de la derecha española, que hubiera entrañado posiblemente una participación mayoritaria.

Sin embargo, como conviene hablar con claridad, este proyecto fue decididamente torpedeado en su día. Y conviene analizar por qué ocurrió así para que cada cual cargue con su responsabilidad.

Por de pronto los continuistas, los inmovilistas, los del «bunker» —con todos estos nombres se les denomina— han sabido maniobrar hábilmente en las altas esferas del Poder encontrando el suficiente apoyo para impedir toda posibilidad de alianza y de actuación. Les atemoriza que una agrupación política con fuerte respaldo en la opinión pública y con absoluta independencia de acción respecto a la oligarquía dominante, inicie una operación sensata para asegurar una futura estabilidad en la vida nacional. La vía de la auténtica democratización, mediante el sufragio directo, aunque se transitara por ella con la debida prudencia y tomando las necesarias garantías, representa para esa oligarquía la pérdida de sus privilegios y de su mando absolutista. Es de justicia decir que algunas personas

de este sector nocivo actúan por dogmatismo intransigente y no por móviles egoístas personales.

En la otra banda* la Junta Democrática, movida por el partido comunista español, también actuó de modo decidido para sabotear la constitución de esta alianza. Sabe que ésta sería posiblemente la única solución viable para asegurar el tránsito, sin conmociones, de un sistema como el actual a otro realmente democrático. Al partido comunista le interesa que al término de esta situación haya la desorientación precisa para coger un sitio importante, al revuelo de la fluidez que se produzca, y afirmar su posición. Le conviene crear ahora un vacío político. Sabe que si ninguna fuerza importante —estacionada en la oposición aunque no extramuros— interviene en esta «tapa política el Régimen tendrá que radicalizarse ante la asfixia amenazante. .Y una y otra cosa es lo que le conviene a la Junta.

Lo grave de todo esto es que gentes de la derecha centrista o liberal, al ver que no es posible su participación —agrupados en la forma en que les gustaría intervenir politicamente— porque el sistema no lo permite, se sienten empujados a adoptar la táctica de la Junta (que consiste en acelerar el proceso de liquidación de lo actual) pensando en que luego podrá establecerse la democracia deseada. A estas gentes de buena fe acaso el ejemplo portugués les haga comprender que no se establece una democracia, a estilo occidental, del brazo con el partido comunista.

Luego hay una fracción de la izquierda intelectual —comentaristas políticos, economistas, profesores, etc.— que ski ser comunistas desean la aniquilación de la estructura de esta sociedad democrática occidental pensando en un socialismo utópico, a la chilena. Todos ellos también son aliados circunstanciales de la Junta, y a éstos también podría ilustrarles el caso chileno o el de Portugal A quienes no hace falta recordárselo es a los auténticos socialistas demócratas, que siempre recelan de la buena fe democrática comunista y ahora ven confirmados sus temores con las penalidades de Soares.

Así, cañoneada por babor y por estribor la alianza de las derechas centristas y liberales, nada de extraño tiene que, ante el fracaso del asociacionismo, haya tomado el largo y busque otro rumbo para llegar a puerto.

Cuantos esfuerzos se hagan por parte de todos para que pueda ser una realidad esa alianza, necesaria, gozarán del beneplácito de muchísimos españoles que desean reformar ciertas estructuras obsoletas para asegurar la transición cambiante de este sistema, sin conmociones, en un próximo futuro.

EL CONDE DE MONTARCO

 

< Volver