Autor: López Sancho, Lorenzo (ISIDRO). 
   La tentación perniciosa     
 
 ABC.    13/02/1975.  Página: 16. Páginas: 1. Párrafos: 5. 

Planetario

LA TENTACIÓN PERNICIOSA

De vez en cuando el escritor sufre la tentación más perniciosa. La de escríbir ese artículo que no gustara a nadie, «we no aprobará nadie. En tan penosa situación, la honradez Sel escritor depende ¿e que escriba o no escriba ese artículo.

Se tratará, tal vez, puede tratarse, de un hombre que adviene al Poder en dramáticas circunstancias. Su antecesor ha sido asesinado. ¿Por une no presentarse como el hombre duro, implacable, que va a apretar despiadadamente todos los tornillos del Poder? Todo el mundo_lo comprendería y hasta los más diamefralmente opuestos a esa actitud "econocerían_ la necesidad ocasional de su disposición. Por el contrario, ese hombre al que nada obliga, asume el compromiso de abrir unos cauces nunca ensayados en más de tres decenios. En lugar de ocultar por completo la realidad mediante los recursos que el Poder de nuestro tiempo pone a su alcance, permitirá que una imagen, si no exacta, sí posible, aparezca ante los ciudadanos. Admitirá s«r, personalmente, criticado, y cuando alguien, en nombre de la intransigencia le increpe, —«señor presidente»— no lo impedirá. Aceptar» el envite sin modificar la leve sonrisa de su rostro atezado por el aire marinero o serrano. Consentirá el airado «humorazo»^de un político de la reserva. No negará que los tiempos son malos, que hay conflictos, que cualquier triunfalismo pertenece al pasado. En suma, ese hombre, qu« nada hace por mitificar su figura, habrá sacado a España en poco tiempo —doce meses son un soplo— de la charca inmóvil en la que todo se mineraliza para ponerla en mar abierto, donde las ondas, vivificadoras, la combaten.

Se tratará de desaprobar a aquellos 8ue ocultos en el cartón-piedra de las viejas y falsas decoraciones, le exigen lúe vuelva la cabeza atrás para convertirte en estatua de sal. Se tratará de reconvenir a quienes tratan de utilizar ¡u cauta apertura, para consolidar bajo apariencias nuevas posiciones viejas, credos desgastados. Se reprochará a los que se llenan la boca hablando de libertad, que apenas brotada, capullo incierto, tímido, delicado en la débil rama nueva, la desfloren, !a violen, la desacrediten.

Solo, entre tantas mezquindades, entre tantos exclusivismos, entre tantas intransigencias idénticas con signos dispares, ese hombre habrá sido el único, en toda una época histórica, que haya tendido la mano a su país y le haya dicho con sencillez: «Levántate, anda». Unos, a la derecha, le increparán exigiéndole el regreso a formas que la pura contingencia histórica pudo hacer necesarias, pero que, de suyo, son provisionales y no eternas. Otros, a la izquierda, le gritarán que su libertad es poco, que quieren más libertad. Los unos y los otros confluyen —¿intencionadamente?— a un mismo fin: a que su designio liberador, autentificador, fracase y toda libertad siga siendo imposible entre nosotros.

La tentación perniciosa para el escritor consiste en atreverse a decir a los unos y a los otros que se tengan, que se callen, que respeten la hercúlea decisión de ese hombre solo que tiene en sus manos la mayor cantidad de entera razón política, de verdadero futuro, que hombre público alguno ha tenido en este tiempo bajo este sistema. Su soledad es ya el podio sobre el que se alza su estatura en nuestra historia.—

Lorenzo LÓPEZ SANCHO.

 

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