Autor: González-Deleito, Nicolás. 
   La importancia de llamarse Carlos     
 
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LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE CARLOS

LOS recientes acontecimiento» de Argelia y la restauración del orden público (en su aspecto externo de orden concreto") plantean de nuevo no sólo el problema de las insurgencias justificadas o justificables, sino también el imperativo ´histórico de obrar de acuerdo con directrices tradicionales representativas de continuidad.

El general Da Gaulle, presidente de la República francesa, es un soldado preeminente de su patria. Ha prestado a Francia servicios valiosísimos (fundamentalmente, ese servicio maravilloso de abrir el alma a la esperanza en los días trágicos del mes de junio de 1940, cuando los ejércitos germánicos invadían el territorio «alo y ocupaban París, cuando los altos jerarcas militares capitulaban ante el enemigo, cuando todo parecía propicio a la conversión de Hitler en dictador perpetuo de una Europa vencida). Pero, adema*—y ello no es baladí—, el general-presidente se llama Carlos. Ser soldado de Francia impone especiales deberes. ´Llamarse Carlos los impone también. Porque no deja de ser curioso que en las épocas más críticas de la (historia de (Europa, cuando nuestro vetusto y glorioso continente se ve expuesto a un rapto (y no por el celeste toro de la mitología), aparezca relevantemente en el escenario de la vida pública un hombre llamado Carlos; (¿Azar?... Tal vez... No en balde Federico II, al sentirse filósofo de la Historia, rendía culto a "Sa Sacre Majesté le Hasard".)

No es ahora la primera vez que los pueblos o las tribus de África amenazan a Europa. En la Historia se vive siempre aquel "eterno retorno" de Heráclito y de Nietzsche. Nada acaece realmente por primera vez. Todo tiene siempre un antecedente.

En 1922 publicaba el historiador Pirenne en la "Revue Belge de Philologie et d´Histoire", de Bruselas, el interesante trabájo titulado "Mahoma y Carlomagno". se refería Pirenne a la centelleante ofensiva de lo» árabes en los siglos VII a X, ofensiva que, a su juicio, "cambíó la faz del mundo". "Su repentina invasión trastornó la antigua Europa. Puso fin a la unión mediterránea que le daba su fuerza... El Mediterráneo había sido un lago romano. En su mayor parte se convirtió en un lago musulmán." Otro historiador—Vasíliev—, en sus estudios sobre el Imperio bizantino, suscribe las frases de Pirenne, aunque con "algunas reservas". Evidentemente, el peligro fue inmenso. Pirenne ve en él nada menos que el motivo fundacional del Imperio franco: "Sin el Islam, el Imperio franco no habría existido probablemente nunca. Carlomagno es inconcebible sin Mahoma." En efecto, el Emperador de la barba florida reacciona vigorosamente contra el peligro musulmán. No deja de preocuparle en ningún momento el problema de ´la unidad de Europa y de la dominación del Mediterráneo. Su Sacro Imperio carece de la "pars orientalis" (Bizancio, subsistencia del mundo clásico en un medievo gótico). Y para que sólo haya un Imperio propone el matrimonio a Irene, emperatriz bizantina. Pero ésta es destronada en el año "802". Y el plan de Carlomagno no se realiza. Pero el Emperador entra en el ámbito de la Historia con los más vivos destellos d« europeidad. Sesenta y ocho años después de la batalla de Poitiers—donde también es un Carlos quien detiene el impulso conquistador de las huestes de la Media ´Luna; Carlos Martel—. el fundador del Sacro Imperio ve en el peligro musulmán la primera amenaza que ha de ser repelida por la Europa cristiana.

En el siglo XVI el César de Occidente,, la gran figura de Europa, ES nuestro Emperador Carlos V (el de_ Túnez, el de la expedición1 a Argelia, el de la defensa del Mediterráneo como vehículo y símbolo de civilización). No puede, ciertamente, ser considerado nuestro Emperador como un "colonialista" en el sentido peyorativo que, un tanto inconscientemente, se da hoy a la palabra. La colonización americana, escrupulosamente, consultada con juristas -y teólogos, íué más espiritual que castrense, y se tradujo en una legislación igualadora de españoles e indios. Y la política militar de defensa del "Mare Nostrum" y de expediciones al Norte de África sólo surge cuando, tras años de pacientes y diplomáticas esperas, se convence Carlos V de que no existe posibilidad de solución distinta. Frente a Solimán el Magnífico y frente al pirata (Barbarroja, el Emperador sabe cumplir el designio histórico de evitar la conversión del Mediterráneo en lago musulmán (grave problema replanteado al cabo de cuatro siglos con más encono, con más ferocidad—si cabe—>).

En el Occidente de Europa, al frente de Francia, figura hoy otro Carlos insigne (presidente de ´República con aire y tono de Rey-sol). Graves, gravísimos son los problemas que tiene planteados, los problemas que debe resolver. ¿Cómo ha de resolverlos?... El más grave de esos problemas es, sin duda, el de Argelia. La pérdida de este territorio no sólo constituiría un inmenso .mal para Francia, sino también para Europa, para el Occidente (incluso para alguna potencia occidental que ingenuamente considera defendible la creación de un Estado musulmán argelino).

Y, además, esa pérdida no significaría en ningún caso la independencia de Argelia. Argelia dejaría de ser francesa, pero no sería independiente; sino que dependería de otra potencia cuya cita no es necesaria. Se habría producido no la "independencia", sino "un cambio de señor" (como elegantemente ha dsetacado el profesor Perez Serrano): ese "cambio de señor" que realmente se ha producido en tantos pueblos afroasiáticos al alcanzar una supuesta "independencia". El general De Gaulle ha de pensar en todo el sentido y alcance del problema, en sus consecuencias, en sus riesgos de toda índole. Y el general De Oaulle debe representar, en definitiva, una continuidad histórica, una consagración de auténtica y renovada europeidad. Es un soldado francés y se llama Carlos. Es importante lo primero. Pero aún tiene unas Importancia llamarse Carlos... En esta hora del Occidente, un Carlos está obligado a sentirse continuador de Carlomagno y de Carlos V; es decir, defensor de Europa, defensor del Mediterráneo, defensor de la civilización.

Nicolás GONZALEZ-DELEITO

FOTO: CARLOS V

FOTO: CHARLES DE GAULLE

FOTO: CARIOMAGNO

 

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