Autor: Gómez-Jordana Prats, Rafael. 
   Tetuán, 2 de noviembre de 1960     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 14. 

Eli 18 de noviembre de 1918, murió, en Tetuán, el entonces alto comisarlo, teniente general D, Francisco Gomez Jordana. use mismo año, nació en la misma Villa el autor de estas lineas, y quizá por esa comunidad de vida y muerte, por esa perpendicularidad de destinos, haya guardado hacia mi abuelo un recuerdo lleno de admiración y no ausente de romanticismos,

SI año 18—año de paz y esperanzas.— perdió más con su muerte que ganó con mi nacimiento, porque su vida era preciosa pai´a España en aquellos años de Iniciación de nuestro Protectorado, por sus enormes conocimientos de Marruecos adquiridos en su época de Jefatura en la Comandancia de Melilla y porque su política personal era algo intransferible,

Terminaba el ano 1917, y el general Gómez Jordana, muy quebrantado de salud, no obstante su extraordinaria fortaleza que tuvo» que ceder ante tantos años de ingente trabajo y sinsabores, fue a visitar ti un especialista, que comunicó, claramente a sus familiares y discretamente a él, que padecía de una enfermedad de corazón incurable y que sólo podía dilatarse aquella vida mediante un reposo absoluto, exento de todas preocupaciones. Así lo hizo saber el general al Gobierno, y éste, por midió del entonces ministro de la Guerra, señor La Cierva, apeló al patriotismo de aquel hombre ejemplar para que continuara en su puesto, -autorizándole para permanecer alejado de él todo el tiempo qus se juégate preciso para su descanso. Se negó rotunda/mente a ello; pero el Gobierno sé obstinó en no aceptar su dimisión, conviniéndose que se toma» un permiso de unos meses para que se repusiera y meditase mejor su Irrevocable y reiterada resolución v de abandonar el cargo.

"El estado de mi salud no mejora ni mucho menos con la rapidez que yo desearla —escribía el general—, debido, sin duda, a la inquietud que siento sin cesar por la situación anormal por la que atravieso. En vista de ello insisto en la dimisión que he presentado de los cargos de alto comisario y general en jefe del Ejército de África y ruego al Gobierno la acepte a la mayor brevedad posible." „

"Si el Gobierno no pudiera hablar de mi relevo en Consejo de Ministros, si se necesita que yo vuelva a Marruecos, irla aun a obsta de mi vida..."

Pasó el tiempo que el Gobierno le habla dado para reponer su salud, y comprendiendo que era inútil insistir en su dimisión, pues su presencia era muy necesaria en Marruecos, volvió de nuevo a su cargo de alto comisarlo, empleándose en él con la misma actividad y energía, a sabiendas de dtte cada minuto intenso de su vida de trabajo significaba un dia menos de su existencia en este mundo.

El diagnóstico del doctor que le había examinado se cumplió inexorablemente, Pero él, que esperaba la muerte, fue poco a poco poniendo en orden las cosas, como el buen padre que´ pone en orden los bienes de sus hijos.

El mismo día de su fallecimiento escribió una histórica carta al conde de Romanones que después de leerla y releerla varias veces ne. llegado a convencerme de que él sabia que aquella carta era su testamento,

Nadie como su hijo, que entonces desempeñaba la Jefatura del Estado Mayor del Ejército de África y del Gabinete Militar de la Alta Comisaría, pudo describir mejor las circunstancias que acompañaron a/la muerte del teniente general Jordana.

"Acababa de enviar a ini ´padre y jefe —escribe el entonces coronel Gómez-Jordana—los dos ejemplares que habían de ser firmados (uno para el ministro de Estado, conde de Romanones, y otro para el general Berenguer, ministro de la Guerra), lo que le anuncié por teléfono, sin que nada anormal observase en mi breve conversación con él, cuando un incoherente y urgente aviso telefónico por el que se me llamaba con apremio, me hizo conocer que mi padre se hallaba en estado gravísimo. Corrí. a la Alta Comisaria y lo encontré sentado en su sillón de trabajo y como si durmiera; aún respiraba, pero bien pronto paró su gran corazón. Aquel hombre, lleno hasta entonces de energías y actividad, aquel gran patriota, que se consagró a su trabajo titánico y desinteresado, sucumbió, como ya había anunciado cuando el año 1917 presentó su dimisión con carácter irrevocable, vencido por el problema de Marruecos, al que dedicó gran parte de su vida, Mil amarguras y la lucha contra el imposible vencieron aquella recia naturaleza en el apogeo de «u rendimiento. Dejó como herencia su gran obra y esa carta programa Juzgada por el entonce* ministro de Catado, «onde de Romanones, en carta suya que conservo, "como verdadero monumento", y a sus hijos un nombre honorable y nulo patrimonio, .testimonio este dé su acrisolada honrad»."

El año 44, a la misma edad de sesenta y ocho años, y en circunstancias muy parecidas, murió el entonces coronel Gómez» Jordana, siendo también teniente general del Ejército, y desempeñando el cargo de ministro de Asuntos Exteriores, Cualquiera de sus hijos hubiéramos podido escribir sobre él las mismas palabras que, tan sencilla y humanamente, dedicó él a su padre.

Ea fácil de comprender la cantidad de emociones y la inmensidad de recuerdos que me asaltaron, cuando el pasado 2 de noviembre acudí a Tetuán—donde no iba casi desde >m niñez—para rendir homenaje a la memoria de mi insigne abuelo. Me uní a la sencilla, pero emotiva, ceremonia que con motivo de ese día de difuntos organizó el cónsul general de España en Tetuán para honrar a nuestros ilustres muertos del cementerio militar de aquella ciudad, y junto*a la corona que depositó el señor García Pruneda, coloqué un ramo de flores.

Conocedor, por los documentos que poseo, de su actuación al frente de los cargos que ostentó, de su dedicación absorbente a este país- marroquí, porque asi se lo encomendó España, no pude menos de sentir un profundo orgullo al verle allí erguido con su noble figura, q*ue esculpida con su gesto de mando, y dominando, por su emplazamiento, el cementerio militar, parecía arengar a todo aquel ´Ejército silencioso que allí yace.

Había, sin embargo, algo de bondad en su rostro, alfa paternal y protector dedicado a aquellos oficiales que bajo su mausoleo descansan en gran número, y que dieron su vida por España antes de alcanzar su mayoría de «dad. Había también en su gesto, como un esbozo de sonrisa: es la paz que deben sentir los qu* mueren con la conciencia de haber hecho lo posible por cumplir con su deber.

Rafael GOMEZ-JORDANA PRATS

 

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