Autor: Segrelles, Vicente. 
   España ante la unidad europea     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 13. 

AHORA que una revista frivola francesa nos ha tildado como "pala menos europeo de Europa", parece particularmente útil y oportuno delimitar cuál sea el verdadero alcance del europeísmo ibérico.

Porque es cierto que España. "evangelizadora de la mitad del orbe, martillo >le herejes, lúz de Trento, espada de Roma, cuna de San Ignacio...", repudió un día. la marcha de Europa hacia formas racionalistas de vida, y en disconformidad con una Europa huera y formalista se encerró, desdeñosa, en au aislamiento. Mas no por falta de espiritu europeo, sino, precisamente, por ver quebrada la unidad de Europa, huérfana dé un, ideal y presa de un decantado espíritu doctrinarlo.

España, que con Carlos V había dado a Europa "la última gran construcción historie» con sentido universal", no podía entregarse conscientemente a la Europa nacida en Westfalia y en Utrecht, minimizada y rota en mil hijuelas y pedazos. "No quería sumarse a facciones ni ser séquito aislado, sino prieta levadura sobre buen candeal", como bellamente ha dicho un moderno historiador español. De entonces acá. un rimero continuo de frases injuriosas y desdenes ha sido el diálogo europeo constante con España. Pero desde la última guerra europea, la conciencia de un destino histórico común ha producido un giro copernicano en las convicciones europeas. Y asi, la nueva europeidad quiere colmar el vacío espiritual de la Europa contemporánea, estableciendo un diálogo sincero entre la fe y la razón.

Se habla, de nuevo, as la dignidad y libertad de la persona humana; de la restauración de las comunidades tradicionales; ds una Europa con espíritu de verdad, edificada sobre valores espirituales comunes; de "una nueva forma de civilización que está germinando entre nosotros".^, sobre todo, de una misión europea de orden espiritual.

La unidad de Europa quiere ser, definitivamente, una realidad. Y ante esta realidad, España, cuya europeidad fue siempre acompañada de un sentido generoso de misión, no puede ni debe estar ausente.

Urge, por ende, nuestra plena reincorporación & Europa, olvidando viejos prejuicios, desdenes y rencores. Profétícamente lo advirtió Menéndez Pidal, hace más de veinte años: "Sólo ahora algunos hombres vuelven a buscar afanosos un principio unificador que pueda restaurar en el mundo la deshecha ecumenicidad del Imparto de Carlos V. Si cualquier dia la Humanidad emprende tal restauración, entonces, sin duda, España, la de tos frutos tardíos del Renacimiento, tendrá algo que hacer en «1 abnegado camino de ese ideal."

Y Ortega lo confirma en su "Prólogo para alemanes", al señalar que: "Durante la Edad Contemporánea, España tenía poco que enseñar, porque Europa vivía en Revolución, y es la experiencia revolucionarla la única que ha faltado a mi país. Pero de las cosas que ahora empieza Europa a hacer, España entiende más que nadie entre los pueblos actuales de Occidente, porque fue la primera en la invención de esas formas, «rt el radicalismo de su Implantación y... en experimentar sus consecuencias."

Reconozcamos, por tanto, que ese doble perfil de lo europeo y lo español, nos está situando en una de las mejores coyunturas de nuestra historia. ¿Vamos ahora a desaprovecharla? Algo tendrá que decir España, creemos, cuando insistentemente y por doquier se habla de la unidad cultural y espiritual d« Europa. ¿No existe, acaso, un humanismo español, encarnado en el caballero cristiana, cantado por Morante, por Maeztu y por Valdecasas, y especialmente dotado para llenar de contenido, sustantivándolo, al nuevo "homo technicus", ensoberbecido y falto de re y de esperanza?

¿No puede *er España el fermento catalizador que apresure la verdadera unión europea, supuesta nuestra especial aptitud para la universalización de Iss ideas?

Cerremos con siete llaves y de une ves; para siempre nuestro terrible individualismo, "heredado de la gente goda", y sacudamos % Europa de la siesta que todavía paraliza a algunos de sus miembros, dándola un sentido y un ideal que acabe con eu« fórmulas híbridas y asépticas.

Advirtamos, por otra parte, que nunca podremos ejercer con autoridad un verdadero magisterio espiritual y cultural en relación con Hispanoamérica, ai tío somos parte activa de la nueva europeldad, miembro vivo de la Europa que se vislumbra,

¡Esto es. en fin de cuentas, lo que Europa y América esperan de nosotros: ser cabeza de puente de América «m Europa, para que, al tiempo que damos a ésta el caudal de espíritu que necesita en orden al logro de su unidad, ofrezcamos a la América Hispana una fórmula de salvación frente a la tremenda encrucijada que hoy tiene planteada ante sus ojos.

Solamente un sistema político, cuya apoyatura esté enraizada en las esencias más intimas de la Hispanidad, puede tener el vigor y la fuerza suficientes para oponerse a un marxismo que ha clavado ya su garra en tierras de Hispanoamérica.

Mas no hay tiempo que perder. El acento español—sin lirismos ni retóricas—puede y debe ser decisivo entre la europeidad y la hispanidad. Y, en definitiva, conviene recordar que "escandalizar ahora a nuestros hermanos de América, serla perderlos para siempre".

Vicente SEGRELLES

FOTO: MENDEZ PIDAL

FOTO: MAEZTU, GARCIA MORENTE Y VALDECASAS

 

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