Autor: Oliván, Federico. 
   Unamuno y Ortega     
 
 ABC.     Páginas: 2. Párrafos: 20. 

Don Miguel de Unamuno.

Don Jose Ortega y Gasset.

UNAMUNO Y ORTEGA

Por FEDERICO OLIVAN

LA amabilidad de algunos lectores de ABC que me piden insista en este tema peliagudo d« parangón, incompatibilidad o enfrentamiento de estos dos grandes pensadores españoles, me obliga a tocarlo de nuevo d« refilón, aunque no «e abrigaba el propósito de hacerlo ¡por aquello de que nunca segundas partes fueron buenas. Pero para no desatender ruego tan cortés, he de recurrir al bien pertrechado arsenal del sabio jesuita español padre Nemesio G. Caminero, profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana de Boma, que sabe de la materia casi tanto—que ya es saber—como mi dilecto amigo Javier Zubiri, discípulo amado del autor de "La rebelión de las masas".

Antes de nada quiero reiterar la afirmación que la pasada vez insinuaba de no pretender profundizar en el espinoso asunto, sino de "sobrevolarlo", refiriéndome superficialmente al anecdotario d« esos antagonismos o rivalidades siquiera .provinieran de dos excepcionales valores hispanos, de perfiles contrapuestos que, refulgiendo con luz propia de astros deslumbrantes, giraban en órbitas y constelaciones distintas sin entrechocar ni destruirse.

Como es bien sabido, cuándo Ortega gana sus oposiciones a la Cátedra de Meta risica de la Universidad Central. Unamuno e» rector famoso de la de Salamanca.

Los dos se han educado en Bilbao. Don Miguel, porque allí nació y cursó el bachillerato. Y Ortega, porque realizó sus estudios de Derecho y Filosofía y Letras en Deusto con los padres ignacianos.

Hay un momento en que el primero, acuciado por su insatisfacción, por su sed de verdad, adolescente todavía, sueña con ser tanto—´"San Miguel Bueno, Mártir", como ae titula una de sus "nivelas"—, aunque le falta la humildad, que es la prenda más cara a los ojos de Dios para alcanzar la santidad. En cambio, don José, cuando sale fie Deusto, terminadas sus carreras, le escribe a su hermano Eduardo: "be buena nos hemos librado. Si continuamos ahí habríamos terminado por ser como los indios de las misiones del Paraguay, autómatas, cuyos movimientos estaban regidos por la campana de comunidad que tocaba uno d* los reverendos.""

Mientras Ortega, hombre de mundo, no desdeña frecuentar la sociedad aristocrática y granjearse la admiración de las duquesas, Unamuno se ha compuesto ya su figura estrambótica—no tanto como la de Valle-Inclán—con su fisonomía dé buho, eu alzacuellos y su negro y redondo sombrerito, que le dan un extraño aspecto de pastor protestante. Y en tanto, Ortega dialoga y subyuga con *us brillantes metáforas, que arropan sus originales ideas recién importadas de Alemania—-donde, bebiendo en las fuentes hegelianas, ha convivido con Heldegger y Holderlin, neutralizando las oscuras teorías de Krause, confusamente traídas a España por Sana del Río—, el autor del "Sentimiento trágico de la Vida", descubridor d« Kierbegaard, pontifica en todas partes sin tolerar que nadie le interrumpa y menos le contradiga. (El imprudente que lo osara será fulminado con un anatema.) Y así, toda su vida es un perpetuo monólogo; un continuo plantear de dudas, de meditaciones, de su mundo interior; una proyección externa de su Yo absorbente, despótico, implacable, masivo y compacto, como tallado en granito.

Esto «acá de quicio al joven filósofo hegeliano, que tildará a don Miguel de "morabito máximo que, entre las piedras reverberantes de Salamanca, inicia una tórrida juventud hacia el energumenismo".

"El Escorial, montón de escorias; el ministro de la Desgobernación y el de Desgracia e Injusticia; Fernando VII y pico...", son los mordaces juegos de palabras que, destilando acíbar, salen de sus labios p de la pluma del eterno rebelde que es Unamuno, que contra todo protesta y de todo discrepa, .por el prurito de llevar la contraria y hacer critica negativa. Y, en cambio, Ortega, aunque no se distingue por su fervor religioso, tiene la sobria elegancia de declarar en público desde el primer momento que no está dispuesto "a dejarse arrastrar por los mascarones de proa de un arcaico anticlericalismo".

Y es que Ortega y Gasset, profesor eminente y escritor cautivante, verdadero cincelador del idioma, se limita a sus funciones docentes, a dar conferencias, a escribir sus libros y a colaborar en la Prensa, pero sin salirse de sus cauces metaf isleos y didácticos. En tanto que Unamuno, con su estilo seco y tajante, ´toca todas las teclas, invade todos los terrenos, polemiza con todo bicho viviente y cultiva en las más dispares disciplinas toda la gama de la intelectualidad y todos los ramos de la literatura, la historiografía, la filosofía, la critica y el arte. Y escribe ensayos, novelas o "nivelas", poesías, artículos y comedias. Todo ello sin concesiones a la galería y al gran público, aportando a cada trabajo sus obsesiones e inquietudes sobre el misterio de la muerte y del máa allá, que le acongoja y estremece.

En tal sentido no cabo duda que «s el precursor de estos conflictos anímicos, de este, angustia que también lleva Sartre * la escena, aunque en el fundador del moderno existenclalismo no asome ninguna preocupación teológica y si, en cambio, una aniquiladora tendencia nihilista, llámese anarquismo, acracia o comunismo, de demoledores y corrosivos efectos.

Pero no puede decirse que tos estrenos de Unamuno sean de franco éxito, dada su ausencia de técnica de bastidores, la falta de acción y el exceso discursivo de sus (Personajes, que son siempre la prolongación, el reflejo de su persona engreída hasta ila más feroz e inaudita egolatría.

En cambio la contemplación de la naturaleza le sugiere, lo mismo que a Ganivet. descripciones emotivas, sobre todo cuando las relacionen con sus estados de ánimo, como ocurre en su libro, "Paisajes de alma". En esos relatos entablan rudas •porfías su corazón de creyente y su razón de panteista, en la que a veces la glacial frialdad de los juicios sintéticos se disuelva ante las llamaradas de la exaltación.

No en vano es un vasco—un vasco, según él. que vino a Castilla a enseñar el castellano—, y, por tanto, como en las gentes de Vasconia, su fe se reaviva de vea en cuando, cual los rescoldos del fuego en apariencia apagado.

Ortega, por el contrario, no parece empujado por esas borrascas espirituales que atormentan al intemperante y tronitonante rector. Y serenamente alterna sus actividades didácticas con una normal parIticipación en las habituales costumbres >te un español corriente, que llegan hasta la tertulia de café y la afición a los toros (según él, mayor que su vocación filosófica).

Sus ideas, originales y maduradas, van tan bien engarzadas en BU estilo barroco, elegantísimo y centelleante—muy a lo Chateaubriand—que sus monografías d« "El espectador" y sus teorías sobre "El hombre y sus circunstancias" embelesan a sus lectores y oyentes e imprimen nuevos rumbos a las rutinas trasnochadas de la generación del 98.

Sin embargo... Para desgracia suya y de los españoles, hay un momento en el que los dos grandes ¡hombres coinciden. Cuando en 1931 opinan, con equivocada visión, que hay que proclamar te República , y derribar "La Monarquía de Sagunto". "Delenda est Monarohia" se titula el artículo orteguiano de "El Sol", que acarreará funestas consecuencias. Como tendrán efectos desdichados—bien aprovechados por el extremismo rojo—las "Hojas Libres", editadas desde Hendaya por el rebelde bilbaíno, allí desterrado para poder contemplar con nostalgia melancólica Jas montañas de su patria y la playa de Fuenterrabía, a pocos metros de distancia.

Pero olvidémoslo. Porque, sinceros patriotas, ambos comprendieron su error y rectificaron..., aunque demasiado tarde, cuando ya la sangre corría a torrentes y empapaba y fecundaba las resecas tierras del solar hispano, que ellos amaban con pasión.

Y mientras Unamuno hacía el elogio de la juventud "fajista" y despreciaba a las ´tierras", aquellas mugrientas individuas émulas de "La Pasionaria", Ortega fustigaba en el Congreso a los "payasos, tenores y Jabalíes y escribiendo el "No-es eso, no es eso...)" incrustó sus frases lapidarias— los luceros, 1» intemperie, el quehacer, la verdadera línea—en las frias combativas de. la Universidad redimida, que tomó las arma» para salvar a España O sucumbir por ella en los "paseos ante el paredón" de tos asesinos marxistas,

Aquí debieran terminar en realidad estas lineas, que bastante he abusado del espacio del periódico y de la paciencia del lector. Pero no resisto la tentación de poner a modo de colofón este magistral párrafo con que Ortega, autorretratándose. contestó en el Parlamento a los ataques de Indalecio Prieto, que le tildaba de "recitador retorico de pensamientos meditados". Helo aqui:

"Todo lo auténtico es real, y todo lo real debe gozar de plenitud de derechos. Mas por lo mismo recabo yo Integramente el mío de manifestarme como soy. Ingresé en la política, pero sin abandonar mi sustancia. No me las doy de nada. Pero literato, ideador, teorizador, curioso de ciencia... no son cosas que yo pretenda ser. sino, ¡qué diablo!, las soy; las soy hasta la raíz. Y es un poco ridículo que el señor Prieto parezca ahora imputármelas como afectaciones y arrequives. La Imagen y la melodía en la frase son tendencias incoercibles de mi ser. Las he llevado a la cátedra, a la ciencia, a la conversación del café, como viceversa, he llevado la filosofía al periódico. ¿Qué le voy hacer? Eso qué el señor Prieto considera como una corbata vistosa que me ha puesto, resulta ser mi misma columna vertebral, que se transparente,"

Federico OLIVAN

 

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