Autor: Vázquez Dodero, José Luis. 
   El hermano Rafael ha encontrado la paz     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 12. 

FOTO: RAFAEL SANCHEZ-GUERRA

EL HERMANO RAFAEL HA ENCONTRADO LA PAZ

AHORA mismo, al aparecer eli Navarra las confidencias de Rafael Sanchez-Guerra—-en un librito de febril temperatura afectiva—acaba de publicarse en París "L´Art et l´Ame", de Rene Huyghe, académico y conservador de museos, que se propone mostrarnos la amadísima inmensidad de la creación artística universal como un erran suspiro de los espíritus. Nada carece de razón de ser; y la del Arte consiste, para Huyghe, en lo que el artista tiene que decir a los demás hombres.

Venia a mi memoria este planteamiento al leer, con regocijo a veces, a veces con emoción, las páginas de fray Rafael, frailecito que al huir del mundo, del que está desengañado, no busca una Tebaida solitaria, sino una bulliciosa colmena donde 250 hombres, algunos todavía adolescentes, trabajan infatigablemente y logran la alegría por el camino de la abnegación.

Fray Rafael tiene hijos y nietos que le atan con fuertes lazos a su vida antigua. Y su antigua vida—la del hombre viejo— todos la conocen: era la de un caballero español de temperamento indómito, bravo para cualquier clase de actividades, sin excluir las pendencias, activísimo en la política, el periodismo y los deportes, puntilloso en el honor y, a escondidas de todo «lio, bondadoso y tierno.

El motivo inmediato de su apartamiento en el claustro ha sido la muerte de su mujer. Sobre ella escribe el primer capítulo de "Mi convento", breves memorias que solazan y conmueven. La leyenda personal de Raimundo Luí lo o la de Francisco de Borja reflorece ahora, mística y humana, en la vida de este hombre mundanal. Pero la mujer que aquí anda por medio es la propia, una dama de subidos encantos que enferma y muere para que el amor acendrado de su marido ascienda por esa escala donde cada peldaño quema, al principio, porque tiene un fuego purificador que obliga a seguir subiendo hasta encontrar a Dios. Fray Rafael, que no es teólogo, aunque si hombre de libros, y sobre todo de corazón, acierta a compendiar su aventura en una fórmula de precisa y desnuda belleza: "Yo ya sé que no se puede Ingresar en un convento por haber perdido "algo", sino por haberlo encontrado "Todo",

Ese hallazgo plenario es el que hace caminar al nuevo hermano dominico por la senda de la paz. "Me parece—dice—que ya voy acercándome bastante, a pesar de todos mis defectos, al logro de mi completa felicidad".

Lo cual no significa que no siga sintiendo como hombre todo lo que contraría y aflige a cualquiera de los que vivimos en ese mundo que el novicio de Villaba considera "insensato". Cuando le toca servir el* desayuno con pulso temblón, sufre al derramar la leche o el chocolate, aunque se disculpa diciendo que ser buen camarero no es tan sencillo como a primera vista parece. Cuando piensa en que una visita de sus hijos y de sus nietos termina en despedida, se siente agobiado de humanísima tristeza, Le hacen pupa los callos que se le han formado en las rodilla». Se acuerda de Amundsen cuando reza

a dos grados en la iglesia; se le abren las carnes pensando en inviernos venideros.

Sin embargo, la mayor contrariedad es la que le lastima por la banda del espíritu. Fray Rafael se siente indigente. Tiene que pedir permiso para comprar tabaco. Le parece volver a la infancia y revivir los años en que don José Sánchez Querrá le daba un duro los domingos para que fuese al cine. Pero aunque se aniñe, le duele. Esto de no disponer de nada—confiesa el hermano cooperador—("constituye para mi la primera contrariedad de mi nueva vida".

¡Ah, la pobreza! El frío, el dolor físico, la separación, son menos penosos que este

empecatado amor del hombre a su dinero, a veces mas por "suyo" que por el dinero mismo. Qué lección de humildad la de fray Rafael contándonos que le duele más el corazón que las rodillas.

No importa. El hermano Rafael ha encontrado la paz. Todos le han comprendido: los postulantes—Ribera, Aristóbulo, Tosantos, Artieda, Quiñones, Pedro, Alonso, Jesús...—y los novicios, que tienen, por cierto, nombres como de las "Florecillas" de San Francisco: fray Olcoz, fray Víctor, fray Ignacio, fray Aldaz, fray Bernardo, fray Prieto, fray Silvio... Y las Dominicas de la cercana Betania, hacendosas Martas, místicas Marías; las que lavan la ropa y hacen la comida, solícitas como abejas. Y los frailes graves; el Provincial, el Superior, el Maestro.

Fray Rafael, que tomó el hábito el pasado noviembre y hará sus votos el próximo noviembre, tiene miedo de volverse atrás: la enfermedad, sus hijos, sus nietos... La muerte no le asusta; más bien la desea plácidamente, con una absoluta confianza en Dios. Antes tampoco le amilanaba la muerte: ni cuando retaba a duelo, ni cuando luchaba en África, voluntario de Regulares, y era herido por amor a España. Duelista, soldado o fraile, el temperamento de fray Rafael es el de un español de antaño. Por eso teme ahora, no a la muerte, sino a la vida. Porque sólo la vida puede todavía arrebatarle la paz.

En una de las páginas de "Mi convento" declara fray Rafael su última voluntad. Quisiera que los doce novicios de su promoción permanezcan siempre intimamente unidos y que cuando él muera, fray Aldaz, el Jardinero, corte unas flores del jardín conventual para que los once vayan a llevarlas a la tumba del cementerio de Villaba, después de ponerlas a los pies de la Virgen.

Yo me apunto desde ahora con esos once. Yo quisiera, si vivo, ir también, desde Madrid, a esa sepultura y dejar en ella unas llores en honor de fray Rafael Sanchea-Guerra, español de pelo en pecho y fraile de Santo Domingo.

J. L. VÁZQUEZ DODERO

 

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