Autor: García Mercadal, José. 
 Maeztu y Ayala. 
 Por un mismo sendero     
 
 ABC.     Páginas: 1. Párrafos: 13. 

FOTO: DON RAMIRO DE MAEZTU

FOTO: DON RAMON PEREZ DE AYALA

MAEZTU Y AYALA POR UN MISMO SENDERO

PÉREZ de Ayala, al sentirse en los umbrales de la Juventud, en su mocedad o adolescencia, escribió la primera parte de un gran poema, en el que se debían ir cuajando las distintas etapas de su existencia: "la paz del sendero". Pasados algunos años, acometió la segunda parte del mencionado poema en grande, oon "El sendero innumerable", al sentirse en los umbrales de la madurez. La primera de esas dos etapas fue el poema de la tierra; la segunda, el del mar. Quedaban pendientes dos poemas, correspondientes y obligados a los otros dos elementos del cosmos, el fuego y el aire, el sol y el cielo; es decir, los poemas de la madurez y de la senectud.

Maeztu se hallaba en Londres, donde fuera pionero de corresponsal literario, cuando surgid en los escaparates de las librerías de Madrid "El sendero innumerable", pero no tardó en enterarse de aquella gran novedad poética, y, desde las columnas de "Nuevo Mundo", donde en ese tiempo colaboraba, declaró haber llegado la hora de hablar de aquel en quien encontraba bien dicho casi todo lo que decía, a pesar de la afición permanente en Maeztu de discutir, para no dejar que se enmoheciese su locomoción cerebral.

A Pérez de Ayala, como .poeta, Maeztu le reconocía él derecho a todo. "La poesía, y todo el arte, es metáfora—escribía don Ramiro— Y metáfora es hablar del espíritu como si fuera vida, mocedad, juventud, madurez y senectuti." Ahora bien, para Maeztu, Pérez da Ayala, además de poeta, y buen poeta, era un pensador, y en este segundo aspecto le tenia un poco de miedo, porque entendía que en el servicio del pensamiento son peligrosas las metáforas.

Encarándose con "El sendero innumerable", le importaba poco que el poema fuese o no de mocedad, aun habiéndose escrito con experiencias de ella; pero lo juzgaba, sí, plenamente, el poema de la personalidad. Leyéndolo, Maeztu, entre las nieblas marceñas del Tamesis, había sentido pasar por el alma de España un ímpetu de Renacimiento. Confirmando su en? tender de que Renacimiento y personalidad eran palabras indisolublemente unidas, el gran español decía: "El Renacimiento descubrió al hombre la personalidad, o, mejor dicho, llamamos Renacimiento a aquel momento histórico en que los hombres dieron a su personalidad el valor tíe cosa única, irreemplazable y preciosa sobre todas las cosas."

Era lógico que así hablase, porque Maeztu se sentía rodeado, en su Patria, de un verdadero Renacimiento, un principio de segunda Edad de Oro. Un plantel de escritores que llegaban a la madurez, los del 98, tan distintos unos de otros, se habían reunido en algo común a todos ellos: "el culto fiero de su personalidad, de sus rasgos diferenciales". Seguian. después de esa reunión, caminos distintos, pero todos ellos partían de una encrucijada en la que se habían juntado para ir a la conquista de la notoriedad, con el mismo impulso de redimir a una Patria en trance agónico, de agotamiento y próxima muerte. Veía también Maeatu junto a la realidad cuajada de su generación de paladines, los brotes briosos y prometedores de la generación siguiente, que tantos frutos debía dar pronto para Justificar la noble y generosa confianza que despertara.

Y en esa generación veía a Pérez de Ayala comió la personalidad más personalista del mundo literario de ese tiempo, salvando la figura de don Miguel de Unamuno, ambos tan suyos, tan devotos de si mismos, y en el caso de Ayala, esa condición era el firme en que se asentaba la poca simpatía que muchos tenían al escritor asturiano, entre éstos el propio Maeztu.

Ayala tenía envidiosos, porque escribía demasiado bien, siendo todavía un chaval. Le reconocían el humor, la gracia, el fervor lírico, la curiosidad insaciable en la intelectual, la sutileza, y, sobre todo, el don de las palabras. Pero lo que más sorprendía y molestaba en los escritoras que le leían era la cualidad de su fluidez. "He aquí un escritor—decía Maeztu—que posee tal caudal de palabras, imágenes y giros, que podría hacernos leer sin la menor fatiga un párrafo de doscientas líneas en que no hubiese punto, ni dos puntos, ni punto y coma, si le diera la juguetona comezón de enjaezarlo."

Junto a esto, un reparo importante. Todos esos talentos los empañaba con una comezón de presencia personal, un incontenible impulso, en medio del examen y descripción del mundo, de exclamar: "Aquí estoy yo, que no soy un muerto, sino un hombre vivo, y bien vivo." A uní buena parte de los que le leían molestábales la interrupción personal en el hilo del discurso, por no comprender que de historias o narraciones, mejor o peor contadas, estamos abundantemente surtidos, pero lo difícil, cuando se coge un libro o se lee un trabajo periodístico, es encontrarse con un hombre libre, al que merezca la pena escuchar.

Maeztu, ya lo hemos dicho, encontraba como substancia de "El sendero innumerable", el elogio a la personalidad. "El universo halla su quicio y su razón en mí", decía el poeta, y con ese sentido de su orientación, ya entonces no le parecía inoportuna la irrupción de Ayala en el asunto tratado, y por eso mismo entendía haber sonado la hora de ´hablar de don Ramón Pérez de Ayala, aunque no hubiera

sentido alguna que otra vez simpatía ninguna por su compañero de profesión.

Al enfrentarse Ayala con el sendero innumerable, esto es, con el mar, el de los caminos infinitos, todos ellos resumidos en dos, Venus y Cristo, la senda de Citérea y la senda de Palestina, la del amor profano y la del sacro amor, en el alma del poeta, que entonaba su cántico en honor de todos los seres humanos, de los buenos como de los malos, se le vela agitado de continuo por una exaltación y turbulencia a manera de delirio, arrebato sufrido al par de él por el mundo entero. Su espíritu panteísta hacíale preferir el caos del mar a la ordenación jerárquica de la tierra.

Pero, en ese anhelo de abarcar el universo en su totalidad, no llegaba a soltar las amarras del buen asturiano, ni se divorciaba de otro firme anhelo, racial y predominante, el de que, cuando hubiera todavía sol en las bardas, el destino le devolviese a la casa rustica, al huerto donde crecía perenne un laurel, y al regazo familiar en que poder reclinar su cabeza.

Después de esto, Ayala publicó "El sendero andante", un poema de la madurez, del fuego y del sol.

Ya no le quedaba más que el último, el do la senectud, el del aire, el del cielo. Mas cuando lo empezó a escribir y las estrofas se iban engarzando en un triunfo de serena claridad, un día aciago, de esos que jamás se borran de la memoria, la parca fiera le hirió donde habia de dolerle má& que si lo hiciera en su propia carne. Vivió un episodio de loa que al cerebro más firme hacen desvariar, dudando de que sea posible encontrar explicación a lo que, nos ha ocurrido. Ese dia congeló la tinta de su Estilográfica, y hasta el presente, ni aún los ósculos de una nidada de ángeles, de su misma sangre, -han podido crear la temperatura necesaria para que la inspiración pueda dar nuevos alientos al hechizo creador.

 

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