Autor: Díaz Cañabate, Antonio. 
   Imprensión callejera: ¡Qué hombre más simpático!     
 
 ABC.    22/12/1959.  Página: 55-56. Páginas: 2. Párrafos: 9. 

IMPRESION CALLEJERA:

«¡QUE HOMBRE MAS SIMPÁTICO!»

A las cuatro de la tarde desembocó en la Puerta del Sol por la calle de Carretas. Me la encuentro muy

triste. Apenas circulan coches. Los peatones van todos en una misma dirección: la calle de la Montera.

Las tiendas están cerradas. Por la Puerta del Sol ya no cruzan los acontecimientos que señalan fechas en

la vida madrileña. El Presidente de los Estados Unidos está llegando a Madrid. No pasará por la Puerta

del Sol; por esto es su aire melancólico. De ella me da pena, pero también paso de largo. Voy a la Gran

Vía, que es la vencedora de la pobre Puerta del Sol. Voy hacia ella por las callejuelas antañonas que aún

perduran. Me la encuentro esplendente, ataviada con múltiples banderolas. Las tropas forman junto al

bordillo de las aceras. Ocho o diez filas compactas de gente se agolpan detrás. Es muy pronto aún.

Resuenan altavoces que nadie comprende.

Tomo posiciones entre las calles de la Abada y Mesonero Romanos. Domino hasta la Red de San Luis,

por un lado, y hasta la plaza del Callao, por el otro. Corre viento no muy frío. La gente arropa. El

"sinsombrerismo" ayuda a la mejor visibilidad. A las cuatro y veinticinco, los que presumen de entender

los altavoces informan que acaba de llegar a Torrejón el avión de Eisenhower. Empiezan las conjeturas.

Se lanzan pronósticos. "Tardará una hora" "¡Qué va en media se planta aquí!" "¡Oiga usted, que no viene

en helicóptero! " Silencio en los altavoces, silencio que se rompe a poco con el pasodoble de "Las

corsarias", aquel de "Banderjta tú ,eres roja; banderita, tú eres gualda". Y a sus jaraneros compases

mueven los pies, que se van quedando como sorbetes. Muchos niños. "¡Mamá, no veo nada!" "En cuanto

llegue papá te subirá en hombros". El que está detrás de papá da media vuelta y se larga.

A las cinco y diez, gran movimiento de coches en dirección a la plaza de España. Nerviosismo en la

gente.

Se abren los balcones y se agolpan en ellos, como racimos los espectadores. Estos van aumentando sin

parar en las aceras, por las que apenas ya se puede circular. Un motorista con bandera amarilla. Y un

sabihondo anuncia: "¡Ya está ahí! Ese es el piloto" Cuatro padres pican y suben en hombros a sus retoños.

Desfila raudo un autobús de Prensa. El movimiento impele al gentío en oleadas. Renace la calma. Y así

transcurre una hora. Delante de mí una señora cubre su cabeza con un pañuelo muy bonito. Leo en él

"París a la belle epoque". Y veo la fachada de la Ópera y delante de ella un "fiacre" del que desciende un

señor vestido de frac azul y una señora con pelísón. En los altavoces tan pronto se oyen voces gangosas

ininteligibles corno música. No hago más que mirar a la señora del polisón que no acaba nunca de entrar

en la Opera. Parece que también viene a saludar a "Ike". Cuatro señoritas, dos de ellas francamente

guapas, que van en vanguardia, se abren paso y casi se colocan en primera fila. Menos mal que son

bajitas. A las seis menos diez llega un señor amigo de ellas. Al distinguirlas, les dice:

—¡Eh, chicas, Encarna, Mercedes, buen sitio habéis elegido! Vengo de la televisión. Acaban de salir de

Castellar. ¡Qué recibimiento; no podéis figuraros!

—¿Se le verá bien?

—Superior..

—¿Es verdad que el coche es de plástico?

—No he "reparao" en el detalle.

A las seis y diez zumban tres motos. ¡Ahora sí que sí! "¡Sube a la niña, Pepe!" Y Pepe sube a la niña.

"¿Ves algo, rica?" "Nada". Desilusión generaL Pero a los cinco minutos aparece el escuadrón de la

Guardía Municipal. La Gran Vía está abarrotada. Es de noche. Cae fina llovizna. Todo el mundo se pone

de puntillas. Las cuatro señoritas sufren un vaivén de la gente y se encuentran de pronto junto a la

fachada. Gritan. Inútil. Allí se quedan. Enorme algarabía. Se agitan pañuelos. Suenan, ovaciones.

Resuenan vítores. El coche, con la guardia de Franco a caballo, surca lento el centro de la calle.

Eisenhower, en pie, al lado del Caudillo, agita las dos manos en alto. La derecha enarbola su sombrero

flexible. Su sonrisa refulge bajo los focos. ¡Qué tío más "salao"! ¡Qué hombre más simpático! La gente

vibra. Eisenhower se dirige a los balcones, a las aceras. Saluda con garbo. Un niño llora. Su padre se

enfada. La madre exclama: "Déjale que llore, que yo también estoy llorando. Me ha emocionado el "Ike"

mírale, pobrecillo, con el viaje que lleva y va tan campante."

Y allá va "Ike". Aún se percibe su sombrero en alto sobre las lanzas de la escolta, en ademán

cordialísimo. Allá, va "Ike" entre el frenesí de la multitud, que poco a poco se va desparramando por las

callejuelas afluyentes a la Gran Vía, y yo vue1vo a cruzar la Puerta del Sol, a la que encuentro alegre,

como si las fuentes con su murmullo dijeran: "¿Qué creíais, que la Puerta del Sol se iba a estar quieta?

Quiá, hijos, la Puerta del Sol está donde esté Madrid, y Eisenhower, que me ha visto, me ha saludado muy

especialmente desde la Red de San Luis."

— Antonio DIAZ-CAÑABATE.

 

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