Eisenhower-los brazos abiertos-cruza las calles de Madrid  :   
 Impresionantes manifestaciones de júbilo y admiración. 
 ABC.    22/12/1959.  Página: 52-53. Páginas: 2. Párrafos: 10. 

EISENHOWER-LOS BRAZOS ABIERTOS-CRUZA LAS CALLES DE MADRID

IMPRESIONANTES MANIFESTACIONES DE JUBILO Y ADMIRACIÓN

La base de Torrejón de Ardoz estaba preparada ayer, desde muy temprano, para recibir al presidente

Eisenhower. A las cuatro y diez de la tarde entró en la pista central de aterrizaje el jefe del Estado

español. Le precedió la conmoción de los clarines y de las voces de mando. El Caudillo vestía uniforme

de capitán general. Inmediatamente después pasó revista a las fuerzas españolas y norteamericanas que le

rindieron honores, e iban a rendírselo al presidente de los Estados Unidos. El día es plomizo. Acaso

algunos haces de luz pálida logran horadar la espesura del cielo. Hace frío. De pronto se oye el ronquido

del avión presidencial. Las tribunas de invitados y del público, que va a ser uno de los memorables

protagonistas de la. jornada, están totalmente repletas. Los minutos, los segundos que transcurren ahora

son de una expectación increíble. Toma tierra el avión esperado, y avanza lentamente. Traza una gran

curva y se acerca, cada vez más pausado; al lugar elegido de antemano.

Son las cuatro y veintidós de la tarde. Sobre el aparato parpadean algunas luces rojas. Silban los reactores.

Al fin, el avión se detiene. Acercan rápidamente una escalera rodante a la portezuela de proa. Descienden

los pilotos, y al instante aparece la figura conocida de Dwight Eisenhower, presidente de los Estados

Unidos de Norteamérica. Una enorme ovación estalla en las tribunas cuando el presidente abre los brazos

y traza en el aire el entrañable gesto de la paz. Viste un traje azul marino y un abrigo del misino color. El

sombrero, que ha agitado varias veces, es negro. El jefe del Estado le estrecha la mano al pie de la

escalera y le da la bienvenida. Ambos ascienden a una breve tribuna. Estamos a diez metros y podemos

ver muy bien el rostro de este poderoso anciano, que sonríe emocionadamente. Suenan los himnos de los

Estados Unidos y de España. El Jefe del Estado saluda militarmente, mientras el Presidente se mantiene

firme con la mano derecha a la altura del pecho. Luego pasan revista a las tropas. Eisenhower saluda a los

miembros del Gobierno español y sube de nuevo, con el Caudillo, a la tribuna de la gran recepción. Dan

las cuatro y media. Franco pronuncia unas palabras, que son traducidas. A continuación, habla

Eisenhower. Su voz es segura, tundida a veces por un temblor. Su gesto es amable. También es traducido

su saludo.

Los dos Jefes de Estado suben a un coche descubierto a las cinco y cuarto de la tarde. Luego de una

brevísima visita a la base de Torrejón emprenden el camino de Madrid. Dos helicópteros vuelan

constantemente por encima de la caravana, a la que precedemos a una velocidad aproximada a los

noventa kilómetros por hora con objeto de lograr alguna ventaja. La presencia fugitiva e inquietante de

estos extrañas insectos voladores va anunciando a las gentes del camino que Eisenhower se acerca. Miles

de niños agitan las banderas de los dos países. Desde el mismo Tórrejón comienzan a verse a los lados de

la carretera, grandes grupos que esperan ese formidable segundo en el que habrán de lanzar el grito de

bienvenida.

Recorremos la autopista de Barajas como un vértigo y llegamos a la plaza de Castelar. La muchedumbre

hierve de impaciencia. El gran arco de triunfo se levanta verde y gentil y enmarca, la claridad lívida del

atardecer, que pone un halo resplandeciente en torno al escudo madrileño iluminado. Aquí espera el

Ayuntamiento de Madrid. A la izquierda de la hermosa plaza está formada la guardia de honor a caballo.

Son caballos negros y blancos que piafan y se revuelven indómitos. Cruzan una y otra vez los

helicópteros. Los niños, los hombres ,las muje-res y los ancianos sonríen y gritan, levantan los brazos y

piden fotografías a los "cámaras" norteamericanos, que dicen a todos "hola", "hola", "hola"´. Todo es

hondamente entrañable en este magnífico momento. Sobre el arco, de triunfo está la gran efigie

de Ike, el buen amigo—buen madrileño también—, que lleva un clavel en el ojal.

A las seis y diecisiete minutos entran en la plaza los motoristas. "Les saluda un enorme grito. Muhos

niños han podido atravesar el compacto gentío y se han desparramado por los parterres. Llenos de gozo,

saludan a los informadores norteamericanos con un inglés mimético e improvisado. Da lo mismo.

Y llega Eisenhower, de pie en el coche abierto, a la derecha del Jefe del Estado. Es un puro delirio, un

grito unánime que, estalla y circunda la plaza, donde el Ayuntamiento de la capital la ofrece al presidente.

Los nombres de Franco e Eisenhower cruzan por el aire entrelazados como las banderas. Eisenhower

levanta sus brazos y mira a todos, torna a mirar los brazos que se adelantan y gira sobre sí mismo;

sonriente, infatigable y hermoso, como los héroes, y hay en su circular saludo algo que al espectador

español le resulta conocido, algo que comprende desde hace siglos y que le arranca la voz más propicia de

su sangre.

Se pone en marcha la comitiva.A las seis y un minuto pasa Eisenhower por Colón.A las seis y cinco

minutos, por Cibeles. Es ya de noche. Refulge la hermosa vía de Madrid con miles de luces, Una mujer,

muy joven, levanta en vilo a un niñito que lleva en su diestra una banderola norteamericana y lo adelanta

hacia el Presidente. Eisenhower mira a la mujer y al niño y abraza varias veces el aire, como si abrazara a

aquel minúsculo madrileño.Vemos muy cerca, quizá a ocho metros, el rostro del Caudillo. Brilla en sus

ojos el orgullo y la emoción que le produce el incalculable fervor de este Madrid—apasionado y justo—t-

que tantas veces, en el curso de su historia, ha luchado y ha muerto por la paz. Los gritos de "Ike" y de

Franco son una voz continua, estremecida y ronca que no cesa:

A las seis y cuarto pasamos frente al cine Capital. Hay un momento en que las aclamaciones ocultan el

ruido de los motores, que podemos adivinar rugientes y enfebrecidos por la lentitud. que le impone esta

verdadera marcha triunfal. Vemos ya el nombre vertical de "Ike" trazado con ventanas iluminadas sobre

una fachada de la Torre de Madrid.Vemos a centenares y centenares de personas encaramadas sobre las

marquesinas de los hoteles. Vemos a miles de personas emprender grandes y desaladas carreras para

contemplar el paso del Presidente y de Franco una vez, y otra, y otra. La, noche ha cerrado. Los

fogonazos de los fotógrafos descubren a ráfagas el rostro próximo de Eisenhower, cuyos ojos parecen

humedecidos. No ha habido, y esto lo sabemos porque nos lo han dicho quienes bien lo saben,no ha

habido en Oriente o en Occidente un recibimiento como éste. ¿Serían un millón, los que a Eisenhower

aclamaban, de Madrid y de fuera de_ Madrid? ¿Serian millón y medio? Los periodistas de América

decían que millón y medio... Las multitudes, como las olas del mar no están sujetos a leyes matemáticas...

Llegamos a la calle de la Princesa. Comienza a caer aguanieve. El frío es intenso. Eisenhower sonríe y

sonríe, y abre sus brazos. Franco corresponde a las infinitas aclamaciones del pueblo.. Comienzan a

repicar unas campanas. Son las de la iglesia del Buen Suceso. Cerca de un millón y medio de personas—y

acaso nos quedemos cortos—. desde Torrejón a, la plaza, de la Moncloa, han dado a Eisenhower la

bienvenida más hermosa que puede imaginarse. Cruzamos ante el .Ministerio del Aire, soberbiamente

iluminado. Llegamos al fin del trayecto. Poco después Eisenhower y Franco penetran en el Palacio de la

Moncloa.

Han sido dieciocho kilómetros. Son las siete y cuarto de la tarde.

 

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