La diplomacia con el este     
 
   14/01/1973.  Páginas: 1. Párrafos: 5. 

LA DIPLOMACIA CON EL ESTE

El establecimiento de relaciones plenas entre España y la República Democrática Alemana está llamado a

ser, sin duda alguna, uno de los hechos más relevantes en el historial diplomático del Régimen. Cabe

decir, en cierto modo, que la importancia de este Acuerdo entre el Gobierno español y el de Berlín

oriental es rnuy próxima a la que fue propia del primer Convenio de cooperación, en 1953, con los

Estados Unidos. Mientras entonces sé formalizaba la conclusión del precario diplomático en que se

encontraba España dentro del contexto occidental —situación que había seguido el bloqueo de la inme-

diata posguerra—, con este Acuerdo que se anuncia ahora pasará a formalizarse el comienzo de un

proceso de normalización diplomática plena con los países del bloque socialista europeo.

El paralelismo entre ambos hitos de nuestra política exterior aparece definido también en el orden de las

gradaciones mediante las cuales se arribó a uno y otro desenlace. Cuando se suscribieron los primeros

Acuerdos hispano-norteamericanos estaban ya en Madrid abiertas muchas de las Embajadas que habían

sido cerradas por sus países titulares como expresión del bloqueo. Y cuando ahora trasciende la decisión

de establecer relaciones diplomáticas plenas entre España y la República Democrática —a la que seguirán

con toda seguridad los intercambios de embajadores con otros países del Este—, resulta que previamente

se habían suscrito Acuerdos comerciales y consulares con la práctica totalidad de las naciones miembros

del Pacto de Varsovia.

La desideologización resultante de las circunstancias internacionales presentes hace posible para

cualquier país desarrollar su diplomacia en todas direcciones, con independencia de su posición en el

tablero político mundial Lo hace posible y necesario en tanto que ellas convienen no sólo a los intereses

concretos de cada nación, sino que también en la propia medida que enriquecen el tejido de las relaciones

entre los pueblos, refuerzan las bases de la coexistencia internacional misma. Hubiera sido, pues,

perjudicial para los intereses españoles que nuestro país quedara marginado voluntariamente de un

proceso de normalización diplomática —y, fundamentalmente, de interpenetración comercial y

económica- entre el Este y el Oeste, presidido por importantes avenencias ruso-americanas y llamado a

superar todos los alejamientos que no sean los puestos en medio de las dos Europas por diferentes y

antagónicos sistemas políticos. Con el anunciado Acuerdo Madrid-Pankow —principio de la

normalización diplomática plena entre España y los países del bloque oriental—-entra nuestra país por un

derrotero que le habrá de llevar al despliegue total de un abanico de relaciones que la guerra nuestra, la

contienda mundial y las secuelas ideológicas de ambas cerraron tan sensiblemente. La normalización de

las relaciones con las democracias occidentales fue cosa más fácil que este otro problema de engranar

nuestras Embajadas con los países de allende el «telón de acero».

Pero el poder hacer tal cosa viene dada por un conjunto de factores resumibles en lo siguiente: Fin de la

guerra fría, con la aproximación actual entre Estados Unidos y la U. R. S. S.; los sustanciales desarrollos

de la apertura de Alemania occidental al Este—con inhumación previa de la llamada doctrina Hallstein en

cuya virtud la República Federal Alemana rompía sus relaciones diplomáticas con los países que las

establecían con la República Democrática Alemana—; pero básicamente debe señalarse la común

disposición de los miembros de la O. T. A. N. para reconocer a la Alemania del Este una vez que ha sido

firmado el Tratado básico o, dicho de otro modo, una vez que se han cumplido las condiciones que los

países de la Alianza Atlántica exigían para ello. Y de otro punto —esencial—, España, que ha demostrado

un especial interés en la Conferencia Europea de Seguridad y Cooperación, observa un comportamiento

lógico al incorporarse a la apertura occidental de la R. D. A.

Ante el eventual reparo que pudiera hacerse al establecimiento de relaciones entre Madrid y Berlín

oriental, en el sentido de que España hizo una guerra victoriosa contra el comunismo, y que es comunista

el régimen de la Alemania del Este, conviene recordar cómo Grecia, que tuvo con el comunismo una

guerra no menos cruenta que la nuestra, se ha apresurado a negociar el intercambio de embajadores con el

nuevo Estado alemán. En conclusión, las relaciones internacionales se desideologizan, el mundo cambia y

ante el cambio los países deben buscar el sitio que conviene a sus intereses nacionales. Deben buscar y

buscan. Y pro-curan no quedar descolocados en la doble apertura a Oriente y a Occidente. No hay razón,

pues, para que España permaneciera al margen de este otro gran proceso europeo.

 

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