España y Rusia     
 
   11/01/1970.  Páginas: 1. Párrafos: 18. 

11-1-70

ESPAÑA Y RUSIA

El ministro español de Asuntos Exteriores ha conversado con autoridades rusas en una estancia, breve en

Moscú, según hace público Emilio Hornero y recogemos en otro lugar. Este tema de las relaciones

hispano - rusas es viejo en YA. Reiteradas veces hemos hablado de él. Como demostración, reproducimos

hoy el siguiente comentario editorial que publicamos el día 5 de mayo de 1966. Cobra hoy actualidad y

reiteramos nuestra opinión en la misma línea. Sus argumentos los corrobora el transcurso del tiempo.

Declaramos entonces así:

Los anunciados viajes a Moscú del general De Gaulle y del ministro Fanfani; la visita que hizo en su día

al Kremlin el "premier" británico, Mr. Wilson, y hasta la propia visita del ministro Gromyko a Su Santi-

dad Pablo VI, son sucesos que invitan a reflexionar sobre si ha llegado la hora de que España modifique

su actitud respecto de Rusia.

Ignorantes de lo que haya de cierto en supuestas negociaciones de las que habla desde hace tiempo la

prensa extranjera y plenamente confiados en que el Generalísimo Franco y su Gobierno llevarán las cosas

con tino y las resolverán con acierto, nos creemos, sin embargo, autorizados a reflexionar en voz alta, por

nuestra propia cuenta y para nuestros lectores, acerca de una cuestión que interesa mucho al país y no

poco al mundo.

Se podría plantear el asunto de este modo: aun dando por más que justificada la conducta de España para

con la U. R. S. S. durante los pasados lustros, ¿habría ahora razones para cambiarla, en el caso en que

Rusia se mostrara dispuesta a extender a España la política de coexistencia pacífica que brinda al resto del

mundo?

Apenas será necesario despejar la cuestión previa de si es libre nuestra nación para decidir en esta materia

o si debe contar con los demás países. Porque ninguno de éstos tiene el menor derecho a inmiscuirse en

nuestra decisión ni título ninguno para ser consultado. Nuestra actitud de ruptura no sólo con la U. R. S.

S., sino con todo el mundo comunista, la adoptó España por su propia cuenta. Y lo hizo por razones

morales e ideológicas y aun a costa de no pocos daños y de muchos perjuicios, singularmente de orden

económico.

Pocos, si alguno, de los Gobiernos extranjeros entendieron el gesto, y casi ninguno no agradeció los

sacrificios. Más, durante todo un largo período, que no olvidamos fácilmente los españoles, por parte de

los poderosos del Occidente se intentó sacrificar a nuestra Patria en holocausto a Rusia, en aras de una

política que se llamó de apaciguamiento. Y luego, también durante largos años, otros países se lucraron a

costa nuestra de la falta de relaciones comerciales directas de España con los países de ese medio mundo

comunista.

Somos, pues, libres los españoles, enteramente libres, para decidir, según nuestros principios y a tenor de

nuestras conveniencias, sobre éste como sobre los demás asuntos de nuestra política, así interior como ex-

terior.

"Según nuestros principios", acabamos de escribir; porque está claro que un país idealista como España y

un régimen como el nuestro, que pone a la cabeza de su escala de valores los de orden espiritual,

problemas como éstos no los decide mirando sólo a sus conveniencias.

Por eso, aunque serían respetables, no son razones de interés material o económico las que disponen

nuestro ánimo a favor de las relaciones diplomáticas con Rusia. Ni el lícito incremento de nuestro

comercio, ni siquiera la recuperación de las reservas bancarias de oro depositadas en la Caja de Metales

Preciosos del Comisariado de Finanzas de la U. R. S. S., que nos deberían ser devueltas, ya se entiende,

tan pronto como mediara el recíproco reconocimiento de los Gobiernos, sin necesidad de plantear la

cuestión ante los organismos de la justicia internacional.

Son razones de alta política internacional las que podrían movernos a cambiar el signo de nuestra actitud

diplomática respecto de Rusia. Tales: contribuir a que triunfe la causa de la paz en la tierra; poner de

nuestra parte cuanto nos sea posible para la convivencia entre los pueblos, y, en fin, ayudar a los países

oprimidos, si no a obtener la liberación, cuando menos a conseguir para su población el respeto de sus

convicciones y de las libertades personales.

Análogas razones—análogas, no las mismas—que aquellas que mueven a la Santa Sede a cambiar su

conducta respecto de los países comunistas podrían acuciarnos a nosotros a llevar nuestra política exterior

en esa nueva dirección.

Con ello no sólo no habríamos renunciado a nuestra ideología, sino que, justamente por ser consecuentes

con ella, enderezábamos nuestra conducta con arreglo a lo que piden las nuevas situaciones

internacionales, los tiempos nuevos.

Cabe preguntarse cómo recibiría la opinión pública española este cambio de actitud para con Rusia de

parte de nuestro Gobierno. Creemos que lo comprenderá perfectamente.

El mundo eclesiástico, tan importante en nuestro país, no habría de extrañarse, puesto que, a su tiempo,

recibió con respeto las audaces decisiones de Su Santidad Juan XXIII en orden a las relaciones de la

Santa Sede con los países del mundo comunista, y hoy acaba de aplaudir la visita del Kremlin al

Vaticano.

El sector militar, que tanto ha sufrido de la incomprensión extranjera, así sobre los motivos idealistas de

nuestra guerra como acerca de nuestro comportamiento en la última contienda internacional, no podrá

poner en duda que esa nueva política exterior, si llega a practicarse, no significa en modo alguno ninguna

rectificación ideológica de nuestro radical anticomunismo, sino tan sólo una rectificación de posiciones

requerida por las nuevas circunstancias.

En los medios universitarios e intelectuales, siempre despiertos para las novedades y enemigos de

anclarse en el inmovilismo, y en los círculos económicos realistas y ágiles no es de prever que se

produzcan reacciones contrarias al paso de que hablamos.

Y, en fin, entre el pueblo llano, no nos cabe duda que esa medida parecerá sagaz y hábil.

Queda por ponderar los riesgos y peligros que podrían seguirse de la presencia activa de una misión

diplomática de la U. R. S. S. y, en su caso, de otros países comunistas en la capital de España y de sus

Consulados en provincias. A ellos ha aludido Su Excelencia el Jefe del Estado en recientes declaraciones.

A esto se puede responder que, durante la negociación, se tomarían, es claro, las debidas cautelas para que

tales misiones sean verdaderas Embajadas y no células de agitación y propaganda. Y, también, que una

gran parte de la acción subversiva que hoy desarrolla el comunismo contra España, dentro y fuera del

país, podrá ser sofocada o reducida desde el momento que existan relaciones oficiales con los países

donde esa acción se forja o se realiza; pues cabe usar de medios diplomáticos para contrarrestarla, cosa

que hoy resulta imposible.

En resumen, creemos que hay razones morales y de otros órdenes para reanudar las relaciones

diplomáticas con la U. R. S. S.; pensamos que la opinión pública española recibiría, en su caso, esta

medida como justificada, y estimamos, en fin, que los peligros inherentes a la presencia en España de una

misión diplomática soviética se pueden conjurar debidamente.

 

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